El diván de Juanas.

Una charla con mi primo Juanas es lo más cercano a probar el diván de Freud. Tú hablas y él escucha sin interceder, soltando pequeños sonidos guturales al final de cada frase. De vez en cuando mira el móvil y se excusa con devolver un mensaje, pero yo creo que en realidad está tomando notas para actualizar un tratado sobre primates.

La semana pasada nos pasamos así varias noches. Yo iba a su casa en el momento anterior al lavado de dientes y me quedaba en la terraza hasta que él empezaba a bostezar. Entonces volvía a casa y rebuscaba en las cajas de libros para encontrarme con composiciones como esta, de Pablo Gutiérrez y su Rosas, restos de alas:

“El pequeño católico que habita dentro de mí no ha dejado de murmurar. El pequeño católico dice: Estás perdido. Y no quiero decir confuso ni desorientado, ni en un cruce ignoto de caminos, sino fulminado, yerto ya, inerte aun vivo aún”.

Lecturas que me llevan a recurrir a los fijos del desaliento. Tiro de La conquista de la felicidad, de Russell, por octava vez y pienso quién es el gilipollas como yo que cree que un libro le solucionará la vida. Luego, como de costumbre, me pongo El amante del amor y me imagino como el protagonista, reuniendo a decenas de mujeres en mi entierro y escribiendo desnudo en la bañera. Luego me centro y me doy cuenta de que lo único que cumplo es lo segundo, y ni siquiera tengo máquina de escribir.

Lo que sí tengo es una terraza que sólo se queda tranquila en la hora en que mi madre se pone la telenovela y me padre se tumba a leer el periódico, tal que así:

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Después sigo mi rutina de playa y pienso en aquellos años donde el mayor tesoro diario consistía en encontrarse una medusa en el mar, arrastrarla con una pala o una chancla hasta la orilla y allí marcar su tumba con una estaca. Como, imagino, los de la foto, que tienen el verano resuelto:

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Mientras camino o corro, tarareo con chulería a Los Enemigos, como si estuviera encima de un escenario y tuviera enfrente un público lleno de féminas. Me detengo especialmente en aquel verso que dice “No fui yo, alguien me la pegó. Si lo sé, ¡ay si lo llego a saber!, iba a estar yo aquí, ¿de qué?”, hinchando pecho y acelerando el paso.

Una actitud que me dura hasta que llego al bar. Ese espacio tan reducido y funcional me refleja de nuevo la esencia de un agosto que, como cualquier mes, no deja de ser mera rutina. Una compilación de ejercicios mecánicos, como cortar patatas y vaciar botellas:

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Entonces me imagino en cualquier restaurante del mundo que se asemeje a la descripción que hace Juan Abreu de uno de Zahara de los Atunes: “No es un gran hotel, pero es un lugar con mucho carácter y a dos pasos del mar como se dice y con un comedor decente para el desayuno y para alguna emergencia. Y, detalle sustancial, con unas muchachas detrás de la barra que son de esas que uno quiere que no estén detrás de la barra sino en nuestra cama a la hora que nos vamos a acostar. Muchachas oscuras de ojos glaucos y bocas de cerveza fría”.

Una apreciación que hace lamentar mi suerte y regresar, como cada noche, al diván de mi primo Juanas.

Una respuesta

  1. Creo que sí, Palomo, lo has conseguido. Con esta foto ya hemos visto más veces a tu padre durmiendo que a los nuestros.

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