Sabroso.

Lo peor no eran los apagones, las interminables esperas para cualquier nimiedad o ese sudor ubicuo que brotaba hasta sentado bajo un ventilador, a la sombra. Lo peor era saber que al volver no tendría la posibilidad de contárselo a mi tío. Que no tendría que prepararme un argumentario más o menos sólido para defender un sistema caduco. Y que no escucharía su sentencia favorita, totalmente cierta a pesar de no tener poso empírico: «A mí me dicen que cada año que pasa, Cuba es un año más vieja».

Lo peor, en definitiva, era saber que cualquier anécdota se quedaría sin su escucha o que incluso mis cambios de parecer sobre este régimen incomprensible, quizás por la edad y por las circunstancias actuales, hubieran diluido nuestra opinión contrapuesta sobre la isla. Pero no hay una solución a ese vacío, así que solo queda disfrutar la experiencia y fantasear sobre cómo le habría narrado a mi tío los días en La Habana y esas escenas cotidianas que convierten al país en un germen infinito de historias. Ya lo dice Carles: el surrealismo existe gracias a que en Cuba existe el realismo.

Porque, a pesar del desánimo que cunde ahora, siempre hay un chascarrillo que devuelve la magia. Por ejemplo, en el autobús del aeropuerto al centro -que ya lucía atiborrado desde la primera parada, a las seis de la mañana, a pesar de salir de un descampado-, el conductor animaba a apelotonarse atrás. «El fondo está vacío», gritaba a una multitud que colocaba torsos y cráneos entre brazos y cuellos ajenos. «Lo único vacío aquí son nuestros bolsillos», le replicó un pasajero, ante la risa y aprobación general.

Ocurría lo mismo poco después, cuando el sol adormecía las calles y una especie de galería parecía cerrada. Al preguntar si podía pasar, la señora de la recepción me respondía: «Claro que puedes. Y también puedes invitarme a un paseo y que nos tomemos un helado, que hace mucho tiempo que no salgo», levantando una carcajada de sus compañeras y despertando del letargo a quienes deambulaban por sus estancias. Porque Cuba, independientemente de sus periodos más o menos críticos, inventa un lenguaje, una realidad, para soportarlos. Como cuando alguien alega que «le ronca el mango» tener que hacer algo o que en la isla no vale ir con hambre europeo. Allí, comentó un chófer que paraba en cada mercado de abastos, hay que tener «estómago de temporada»: es decir, que tienes que prepararte para que el acompañante del arroz sea aguacate, repollo o guayaba según el mes. No hay menús alternativos. Yo, en estas semanas, me quedé sin zapotes.

No pasaba nada. Llegaba de Colombia, que ofrecía en sus puestos callejeros y en sus conversaciones un festín de sabores. Allí había estado con Neto, que nada más recogerme en Bogotá y viendo las multitudes que corrían de noche por La Candelaria, me dijo: «Es que aquí, desde la pandemia, la gente se ha engomado con la trotada». Disimulé para que pensara que lo entendía y pedí un café, palabra que daba por similar a la que utilizamos nosotros y que servía para seguir visitando la zona, pertrechada debido a la próxima proclamación presidencial, que tenía lugar en unos días.

Fue esa vida sabrosa que habían prometido Gustavo Petro y Francia Márquez la que nos dejó sin atravesar la plaza Bolívar y tomando derivadas por el barrio empedrado. La promesa de una vida dejando atrás el sufrimiento y disfrutando del entorno nos llevó, de hecho, a la calle del Perreo, donde Neto posó con un espíritu más punk y donde íbamos a comprar un libro que se acababa de agotar. «Reponemos constante», dijo apenado el tendero. El libro era El desbarrancadero, de Fernando Vallejo. En él, escribe que Colombia es el único sitio donde se ha catalogado la maldad de quienes han sido poseídos por un demonio interno. «Solo aquí hemos sido capaz de nombrarlo: la hijueputez».

Esa definición es la que me vino a la cabeza viajando a Cali. En el trayecto nocturno, el aire acondicionado rozaba la temperatura glaciar. Y yendo a uno de los lugares más calurosos del Cauca, extrañaba esa obstinación en hacernos pasar frío durante las horas de sueño. No valían nuestros ruegos ni quejas: el chófer mantuvo firme su postura las nueve horas, incluso después de que un pasajero gritara: «¡Esto es un nevero, y nosotros no somos carne!». Para hacerse una idea, basta esta imagen:

Mi plan era caminar por la ciudad de la salsa para rememorar las noches de rumba pasadas y tirar al sur. Lo que vi, realmente, era un panorama distinto a la construcción mental que me había hecho con los años. Mi recuerdo no tenía nada en común con aquel trazado de avenidas imposibles, de bares con cover donde se formaban parejas a cada nuevo compás y de pintadas en las que, por las protestas recientes, se leían alegatos como «lo que hierve no se tapa» o el escueto «las cosas no están bien». Me asaltó lo que acababa de leer en la última novela de Jabois, Miss Marte: «Pensé en que uno se hace mayor cuando las cosas que no sabe son más que las que sabe, y que a veces la felicidad, o la supervivencia, consiste en un pacto tácito acerca de la conveniencia de la mentira, entendiendo mentira como la verdad que no interesa a nadie porque seríamos peores con ella».

Tenía que abandonar las nostalgias y llegar a Quito antes de que lo hiciera Jara, que cuando aterrizó aún seguía sin entender la divisa nacional. «Voy con dólares», avisaba. «Perfecto, porque en Ecuador es la moneda oficial», contestaba yo. «Pero si no cambio me va a salir a precio guiri», insistía ella, convencida de la necesidad de sacar pesos o bolívares. Lo comprendió nada más pisar la capital y después, en los diferentes puntos del territorio donde nos cobraban con billetes norteamericanos, más caros que el euro. Las tarifas habían subido lo que creíamos asequible y teníamos que recortar en gastos. Tampoco fue muy diferente: vimos volcanes o cráteres a pie, dormimos en una cabaña compartida de costa y recorrimos algunas montañas en bici. Incluso rebuscamos ediciones de viejo en una librería de Cuenca donde Jara se zambullía por sus pasillos como en casa, quizás porque se parecía bastante a su mesa de trabajo:

Donde realmente notamos ese aullido del bolsillo fue en Galápagos. El archipiélago, destino para una élite económica, vendía su protección a precio escandinavo. Cada vez que nos movíamos salía una tasa, un peaje o un boleto nuevo que abonar, ante nuestra cara de pasmo. Yo recurría a salmos tibetanos para olvidar el estipendio. Jara lo relativizaba disfrutando de los animales que encontrábamos por el camino, como estos leones de mar amodorrados en la entrada de una playa:

La escapada terminó con un boquete en la cuenta corriente, pero con la satisfacción de haber nadado entre tortugas gigantes o de compartir toalla con iguanas perezosas. Aún faltaba otro regreso veloz a la vida sabrosa de Colombia y a la sorprendente realidad cubana. En este trecho me crucé con una anciana de Popayán que me ayudó a llegar hasta una residencia artística llamándome «sardino». Conversé en un parque de San Agustín con un señor que observaba a la concurrencia durante horas desde un banco y que, ante mi legítima duda sobre a qué se dedicaba, espetó: «¿Dedicarme de qué, de trabajar? ¡Ah, no, yo no trabajo: no creo en esas huevadas». Jugué a «bolirana» -una versión profesional, con luces, música y trago, del clásico juego de la rana- con Neto y su pandilla hasta que se cansaron de agacharse a por las bolas después de mis lanzamientos erróneos. Y bebí mojitos con playas o valles de fondo junto a Julito antes de volver a Madrid, del que nos distanciaban unos 7.500 kilómetros:

Quedaban esas jornadas en La Habana sin poder relatárselas a mi tío. Días en los que se repetían las guaguas abarrotadas, los almuerzos estacionales y una rutina marcada por los apagones de electricidad. Alguna tarde conseguí probar el gimnasio de enfrente de casa. Tenía ganas de ejercitarme y me daba confianza el dueño, que se pasaba las horas en la puerta, fumando un cigarrillo detrás de otro y organizando timbas de dominó hasta altas horas de la madrugada. Algunas veces, al movimiento mecánico de las pesas se le unía el olor de frijoles o el humo de un puro; en ambos casos estabas invitado a probar, haciendo un descanso para comer o dar unas caladas:

Hasta que llegó el momento de esquivar un ciclón y subir a bordo. Antes, me pasé por la casa del padrino de mi primo para darle una medicina traída de España. En el salón, tomé un refresco con la camiseta empapada de sudor, charlamos de la coyuntura del país y calculamos el tiempo que hacía desde que nos habíamos visto. Ignacio caviló unos segundos y dio una fecha que acompañó con una referencia esencial: «Cuando todavía estaba mi amigo Palomo», suspiró. A mí se me enrojecieron los ojos y se me volvieron gelatinosos, como un besugo de supermercado, y estuve unos segundos sin poder emitir ninguna palabra, con ese tembleque del labio que precede al llanto.

Cuando salí, en medio del pasillo de un bus donde los bebés se pasaban como fardos en el Estrecho hasta que alcanzaban un asiento, dejé de lado las ocurrencias cubanas y me enchufé en el oído a Mayte Martín, perfecta para esos instantes de quebranto. Cantaba esto, que funcionaba como una despedida amarga por no poder compartir con mi tío estos meses de sabrosura:

Por la mar chica del puerto,

andan buscando los buzos

la llave de mis recuerdos.

Se le ha borrado a la arena

la huella del pie descalzo,

pero le queda la pena

y eso no puede borrarlo.

Por la mar chica del puerto,

el agua, que era antes clara,

se está cansando de serlo.

A la sombra de una barca

me quiero tumbar un día

y echarme todo a la espalda

y soñar con la alegría.

Por la mar chica del puerto,

el agua se pone triste

con mi naufragio por dentro.

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