Archivos del mes: 25 febrero 2014

Leche y cervezas.

La otra noche nos reunimos Ana, Isra y yo en torno a los fogones de la cocina. Era de madrugada y fumábamos encendiendo los cigarros con la llama de un hornillo pequeño, jugándonos las pestañas y el paladar con tal de no dar tres pasos hasta la habitación más cercana. Hablamos sobre animales de compañía y yo recordé la semana junto a dos perros y un gato que había tenido y que me había dejado fuera del sofá. No hay más que verlo:

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Esta estampa tan hogareña no evitó que Juanillo se sublevara y, después de mirar la despensa, dijera: “¿Con qué clase de compañeros estoy viviendo? ¡En esta casa siempre se acababa antes la cerveza que la leche!”

Y es que la semana no había dado para mucho litroneo: hacía unos días que acabábamos de volver de Teruel y ya estábamos organizando otra salida. Esta vez a Valencia. Allí nos esperaba Álex, que se desesperaba cada vez que perturbábamos su organizada vida y sacábamos a tender las toallas al balcón, como si estuviéramos en las 3.000 viviendas de Sevilla. “¿Ye, nano, te crees que esto es un apartamento de playa o qué? ¿No te das cuenta de que estás en El Faro de Patraix?”, repitió varias veces. Antes de que los nervios le consumieran, decidió que lo mejor era bajar a la plaza y hacernos olvidar el frío de Madrid:

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Fue una visita corta que acabó con una clase de iniciación de surf en la que mi mayor logro consistía en arrastrarme tumbado hasta la orilla, mecido por unas olas minúsculas. En mi primer alzamiento sobre la tabla soñé de súbito con océanos inmanejables y con estos versos de Blas de Otero que acababa de leer:

Sólo el ansia me vence. Pero avanzo

sin dudar, sobre abismos infinitos, 

con la mano tendida: si no alcanzo

con la mano, ¡ya alcanzaré con gritos!

Y sigo, siempre en pie, y, así, me lanzo

al mar, desde una fronda de apetitos

No duró mucho ese ímpetu que da el título. Al volver al metro de la capital me encontré con una señora cuyas arrugas se movían como las de la bruja de El Viaje de Chihiro. Cuando sonreía, los mofletes se le acumulaban como un acordeón en torno a los ojos. Luego se relajaba y todo caía de nuevo sobre su cuello.

Una visión que no les conté ni a mis padres, ni a Prado ni a mi hermano cuando nos juntamos en el Reina Sofía para ver los premios Ojo Crítico, que presentaba Noe. Fueron rápidos, y en menos de lo que mi padre había acabado con la primera bandeja de canapés ya estaba en otro lugar con Julio Camarero. Nos sentamos en una mesa de Lavapiés y estuvimos hablando sobre decrecimiento. Sin una fórmula maestra que resolviera el momento de pagar la cuenta, Julio soltó: “Todo es cuestión de esperar: cuanto más grande es el caos, más cerca está la solución” y se despidió llamando al ascensor del metro.

Yo, sin embargo, volví caminando. Llegué a casa y me encontré con esto:

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Supe entonces que la respuesta al desorden estaba al caer. Abrí el armario y me encontré con una caja llena de latas. Las llevé a la cocina y fui gastando una a una mientras prendía pitillos con los fogones. No me quemé las cejas, pero tuve contento a Juanillo hasta la siguiente compra.

Mandar cosas.

Ayer me subí al metro y noté cómo una chica tirando a mujer movía la boca como quien quiere hacer notar que piensa y se retorcía en el asiento de enfrente. Nada más sentarme pegó un brinco y se puso a mi lado, preguntándome en voz alta si sabía algún lugar de Puerta de Toledo de compra venta de segunda mano. Llevaba un juego de mesa de Star Wars en una bolsa de basura. Sin dejarme meter una sola sílaba, me contó que se lo había encontrado en la basura y que pensaba sacarse 30 euros.  “Es que como hay huelga, todo está a la vista”, justificó. “El otro día había un escritorio de niño con el plástico y todo”, siguió. “No me lo cogí porque no tengo sitio, pero me llevé un peluche gigante de Búsboni”. Cuando ya pensaba que habíamos entablado una especie de fugaz amistad, se giró y le contó lo mismo a la señora de al lado, con el añadido de “Se lo estaba diciendo ahora mismo a este chaval”, dejando ese vínculo secreto en una filfa cotidiana.

No era de extrañar. Esa misma mañana, coincidí con Juan en la cocina y me dijo “Madrugo para desayunar, porque hacerlo más tarde de las doce y media se me junta con la comida”. Luego, antes de volverse a la cama, me preguntó: “Bueno, qué, ¿ya has mandado cosas y has hablado con gente?”, resumiendo así un oficio difícil de explicar: a ojos de mis compañeros de piso, habituados a las comidas y cenas con puro y copa de sobremesa, el ansia por pillar el teléfono frente al ordenador y encerrarme en la habitación se confunde con algo parecido a hacer negocios turbios en la red.

Nada más sencillo como aprovechar la fibra óptica y sólo interrumpirla por alguna lectura, como cualquiera de las que me cayeron estas Navidades. Entre ellas estaba la que probablemente sea la mejor del año. Se trata de El arte de Volar, de Antonio Altarriba y Kim. En esta novela gráfica se hace un repaso por uno de los pliegues de nuestra historia reciente y aparece una de las frases que más gracia le hacen a Jara y que preconizó una república, una guerra y cuarenta años de penuria. Dice “¡Abajo los muros!” y es curioso porque es la viñeta utilizada para ilustrar la edición francesa:

l-art-de-voler_couvTodavía me da vueltas en la cabeza este trasunto español de Maus. Sobre todo en el metro, a pesar de seguir viendo los mismos carteles de centros de idiomas que hace doce años, cuando iba a la facultad y envidiaba a unos jóvenes sonrientes que hablaban inglés a la perfección y que ahora deben de tener una hipoteca que no entiende ni el director ruso de la sucursal.

Solo se me interrumpe el recuerdo del libro cuando salgo a la superficie y veo adolescentes acaramelados como los de la foto a los que, por suerte, se la pica todo lo relacionado con lenguas extranjeras, periodismo y horarios de compañeros de piso:

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Y, por mucho que me encuentre con seres extraños en los túneles de Madrid, que memorice alegatos tan sencillos como esclarecedores y que me retuerza ante la imagen sarasa del primer amor, no dejo de anotar frases de un libro que sé que le gustaría especialmente a Pablo y Toni: 35 Muertos, de Sergio Álvarez. Un recorrido por la historia colombiana del siglo XX que dice cosas como estas:

“En la calle la gente no habla mierda ni teoriza sobre empresas imposibles; está intentando conseguir plata, rumbear, trabarse, emborracharse, levantarse un polvo; mejor dicho: está intentando vivir. O, si la vida se complica, está intentando sobrevivir, intentando evitar que la maten. En la calle, uno aprende que debe cambiar su propio destino porque a este mundo no lo cambia nadie”.

Pero hasta las anécdotas del suburbano o el mecanismo repetitivo de mandar cosas y de subrayar párrafos se desvanecen cuando se acerca la noche y adopto la posición canina en la entrada, con una oreja levantada para escuchar el sonido del telefonillo.

La noche del otro día, sin ir más lejos, me despisté pensando en todas estas estupideces y cocinando con Juan. Justo sonó el timbre cuando salía Cynthia, mi compañera de piso. Nos giramos los dos y le dijimos:

“Si ves a una pelirroja de dos metros, déjala pasar y cierra antes de que se cuele cualquier otra”

Demasiado tarde: no le dio tiempo de reaccionar y los perros ya habían salido al pasillo a recibir a Jara.

“Coño, ¿esta es tu piba?”, soltó Cynthia, que, lejos de bloquear la puerta, la saludó con la ilusión de conocerse desde hace años y dejó a Juan roto, relegando el sueño hasta la hora de desayunar y dejándome a medio escribir, con una sorpresa entre manos que no puedo desvelar aún y que no tiene nada que ver con una mujerona como la que Juan se había imaginado. Algo así:

Pelirroja