San Patricio.

La primera vez que celebré San Patricio fue en Belfast, rodeado de hoolingans norirlandeses que ondeaban a nuestro lado una bandera de Scarface. Nos dedicamos, como oriundos, a beber durante doce horas a la intemperie. Con temperaturas del marzo en Belfast y latas templadas. En algún momento nos metimos en un pub.

Doce años después, coincidiendo con el mismo festejo, nos reunimos parte de la comitiva y repetimos la jugada. Esta vez no hubo ni bar: sólo una mesa en una casa de Madrid con cuencos de encurtidos. Marta, principal promotora y responsable de la compra, primó la vinagreta al salado y nos sirvió dos kilos de pepinillos. Parecía condición inapelable acabárselos antes de irse a dormir.

Casi todos cumplimos. Menos Haritz, que cuando ya llevábamos ocho horas en el sillón y habían decidido por pucherazo no llevarme a bailar, se quedó dormido. Mientras, seguían cayendo pitillos, botellines y canciones horteras. Lo mismo que a los veinte, vaya.

El plan era soportar todo el fin de semana a un ritmo que nos dejó tres horas de sueño por jornada y varios kilómetros de caminata. Después de esa revisión de San Patricio fuimos por el centro, esta vez con un sol y una vegetación diferente a la de la capital del Ulster. Todo apuntaba, como muestra la foto (que parece sacada en Maspalomas y no en la plaza de Oriente) a montar acampada en cada terraza que veíamos vacía:

Hasta que hubo que acercarse a sacar a Thor, el perro de Juanillo que teníamos Jara y yo a nuestro cargo. Entonces decidimos que, a falta de sillas de latón, escalaríamos una de las tetas del Parque de las Tetas y veríamos el atardecer. Eran, como describe Esther García Llovet en Cómo dejar de escribir, “enormes silos, islas del Mar de China vallecano”. Hartiz, convaleciente a pesar de su ventaja de sueño, pidió zumo de tomate para aumentar más nuestras rarezas: no solo nos faltaban los litros sino que, a tenor de lo que gastaba la concurrencia, también nos faltaban los porros. De camino, por una de las cuestas, Marta Zaragoza dijo: “Pensaba que venía a Madrid a beber, no a hacer trekking” y se tumbó la primera.

Aceptamos sus deseos, y de vuelta al centro la aposentamos en la plaza del 2 de Mayo con una copa de vino. La cosa pasó a mayores en el Grial, que devolvió el color a Haritz gracias a un gintónic a precio de Ritz. En su regreso al mundo etílico nos contó cómo muchos colegas de su cuadrilla salen por la noche “pitudos” o, en palabras de Don Omar, “sueltos como Gabete”. Una circunstancia extraña en esas latitudes y con una solución fácil tratándose de un vasco: “Siempre les digo que se hagan una o dos pajas antes”, resolvió. El adjetivo se convirtió en un recurso fácil, y lo adaptamos al femenino cada vez que alguna Marta se reconocía ‘pituda’. Se convirtió en un recurso tan fácil que lo utilizamos incluso para pedir copas: “Ve tú, que estás pituda”, exclamábamos, hasta que Marta dijo: “Es un concepto fundamental, porque ¿no os pasáis días obsesionados con el sexo?” y marcó un silencio que precedió a la cuenta.

Ya de vuelta, en casa, seguimos con las botellas y los bailes. Haritz pudo aguantar algo más. Seguramente por culpa de Marta Zaragoza, que lo cogía así:

No fue  el final: aún hubo un desayuno multitudinario con la familia de Marta y una mañana en el rastro. Cuando volví a casa habíamos pasado de San Patricio a San José y tocaba felicitar a los padres. El mío lo agradeció silbando, como siempre, pero me pasó el teléfono a mi madre, reina de todos los santos le toquen o no. Quería saber qué tal el fin de semana. “Eso, tu sigue haciendo lo que hace 12 años, pero que sepas que todo llega. Ya te acordarás de mis palabras”, me amenazó, dejando unos puntos suspensivos en la conversación que me hicieron presagiar un futuro opaco.

Distinto, al menos, a los primeros días de primavera adelantada que habíamos vivido en Dénia. Cogimos Alvin y yo el coche y nos fuimos a casa de Pablo, que en plena recta final de oposiciones no tenía más planes que salir a hacer wind-surf, bucear o comprar navajas en oferta del Mercadona y preparar una parrilla. Quizás una imagen sirva de resumen:

Dos días de playa con grititos de Alvin cada vez que tocaba la humedad de la orilla, de Álex tomando Gatorade en lugar de alcohol y de un viaje de seis horas pasando por Valencia y Ventas anticiparon la Semana Santa, una repetición de baños, paseos y terrazas.

Esta vez en Mallorca. La primera a la que llegué, y donde esperé a que Luis aparcara, estaba enfrente de un mercado. Había atravesado el casco histórico y todas las aceras estaban cubiertas por sillas y mesas en línea. La gente leía el periódico o miraba el móvil como si estuviera en un chaflán parisino (y, por el importe de la carta, podría serlo).

Esperé a Jara tirado en una playa. Con dos mochilas y arena en los dobladillos del vaquero. Llegó en coche, me recogió y empezamos unas vacaciones que merecen un relato aparte. Las pintas de cerveza verde quedaban lejos. Incluso nuestro San Patricio reciente parecía algo lejano. Pensándolo tengo tendencia a romper a llorar “como sólo lo hacen los niños que todavía tosen cuando encienden un cigarrillo”, que diría Álvaro Colomer en su Aunque caminen por el valle de la muerte. Pronto se me pasa, “dejando atrás el holograma de su belleza” -acuñando palabras de García Llovet- y coincidiendo en que “eso es la belleza, lo que se piensa otra vez”.

Retorno.

El día que se iba de Belfast, mi hermano dejó preparada Pongamos que hablo de Madrid para que saltase según entrara en el cuarto. Lo hizo en un loro sin teclas que necesitaba una maraña de cables para reproducir cedés. Se había fijado en la rutina de descalzarme y darle a la luz nada más subía al cuarto y quería darme la sorpresa de escuchar a Sabina en la distancia. Funcionó. Entré, pulsé el interruptor y de repente estaba en aquel metro con olor a podrido que tanto se añora cuando uno no lo soporta a diario. Era la primera vez que vivía en el extranjero, y al acabar mi estancia no tenía claro el sitio al que volver. Pensé en quedarme más, en seguir por las islas británicas, en Sudamérica -destino que llegó poco después- o hasta en mudarme a Francia: imaginad mi inconsciencia.

Tiene sentido todo este prólogo porque estando hace poco en el mismo escenario, Belfast, Cerezo se mezcló un ron con hielo y dijo: “Lo importante es tener un sitio al que regresar”. Él había estado tres años en Senegal, explicó, pero podrían haber sido cinco o quince, porque jamás había negado de su rincón donde yacer. En Murcia, ni más ni menos. Vino a decir, vaya, que no hay distancias si mantienes un amarre donde aún tengas gente y recuerdos. Sobre todo esto último, porque todo, a la larga, es nostalgia. Y Madrid, en ese sentido (como en casi todo) va sobrada. No hay esquina por la que pases que no creas haber vomitado, no hay baldosa a la que no le endoses una anécdota. Incluso si a veces se te hace incómodo sortear arbustos de bolsas de Zara en Gran Vía o esquivar batucadas en Lavapiés. De eso va precisamente la narración del de Úbeda: invivible, pero insustituible.

Puede que la canción tuviera que ver a la hora de darme cuenta de que aquí está el inicio y el fin. No importa la distancia ni el tiempo de ausencia. Al volver seguirás sabiendo en qué vagón meterte para salir directo a tus escaleras mecánicas. Seguirás, por otra parte, sintiéndote un poco turista. Porque esta ciudad tiene ese punto altanero de quien recela de sus huéspedes antes de ofrecerles sus entrañas. Porque, como escribía el otro día Jorge F. Hernández en su columna, “cómo mola que Madrid te mire fijamente de frente, como si te reconociera. A veces y quizá sólo de vez en cuando, porque hay días en los que resulta intimidante: se te queda mirando como si llevaras una mancha de callos en la pechera o huellas de un nefando catarro en las fauces y avanzas sin saber a ciencia cierta qué te ve la gente (…) Podrás perderte en París, deambular en Madrid o buscarte a ti mismo en un Berlín que ya no existe, pero nadie te mirará a los ojos fijamente como sólo lo logra Madrid. Con una sonrisa de párpados lánguidos, que a veces parece el guiño de una confirmación”.

A mí, el guiño de confirmación de todo esto -de la canción sonando en un cuarto norirlandés, del ron con Cerezo, de las ganas de un trayecto subterráneo- me llegó en el Caribe. En una calle periférica de Punta Cana con unos bares sin nada que envidiar a los de las calles de la periferia donde armamos trincheras con botellines: dscf3756-2

Aunque, en realidad, la mirada de Madrid ya se había posado en Haití. La tarde de Nochevieja nos quedamos en una terraza, leyendo y esperando a que Puerto Príncipe despertara de su eterno letargo, y me encontré con estas palabras de Wendy Guerra en su Domingo de revolución: “Una ciudad no es un nombre, no es la idea de la utopía que otros han podido conquistar. Una ciudad, para mí, es una dirección exacta a donde ir, un cuerpo al que abrazar, una cena que compartir, un vino que destapar y un paisaje que devorar con ojos que traduzcan la realidad que pisa el cuerpo”.

La gracia no es que extrañara Madrid un día tan oportuno, a miles de kilómetros y con esas frases de mediatarde. La coincidencia es que comiéramos, después de hora y media, un arroz tan inexpresivo como al que se refiere continuamente la autora cubana en sus páginas. Si fuera poco, nuestra dieta -más propia de La Habana que de un paraíso tropical- duró hasta el día siguiente. Sólo interrumpida por doce chucherías para suplir las uvas.

No hubo más sobresaltos en el viaje por este país y República Dominicana. Por eso Madrid seguía presente. Las furgonetas en las que nos transportábamos no emitían a Sabina sino una bachata almibarada que los ocupantes soportaban con una gallardía encomiable. En uno de los viajes por la isla llegamos a ver incluso cómo una mujer a la que el altavoz le servía de almohada profería ronquidos sin inmutarse. Las jornadas siempre tenían reservadas un poco de sobresalto, un rato de pereza y algo llamativo para no olvidar dónde estábamos, como esta pintada:
dscf3762-2

Pero, bueno, la verdad es que, después de tanto tiempo y unos cuantos lugares más que echarse a la mochila, este texto quería centrarse en el regreso. Desde donde sea. Fantaseas con un aterrizaje excitante, con unos días de estar rodeado con las personas que te faltaron y, al final, lo único que tienes son ganas de volver: a ese sitio que dejaste, a esa ciudad, como Madrid, que te espera, a ese nombre que ronda subrayado en tus mapas desde aquellos años en los que no sabías cuál era tu Ítaca. Volver como una meta en sí misma en presente continuo: estar volviendo siempre de algún sitio.

A veces, aquí me desquito de esa pena al pasar por el desvío a la calle San Pol de Mar. Nunca he entrado, por miedo: cada vez que veo el cartel (a unos pasos de donde ha trabajado mi madre más de 30 años) me sumerge en un oasis, en una urbanización a pie de playa. Y temo joder las expectativas y encontrarme una fila de casas pegadas al Manzanares. De esta inconsistencia me redimo pensando que dentro de unos años, cuando estén lejos, mis sobrinos tendrán un sitio donde volver. No sé si será el mismo que el mío, ese donde las niñas ya no quieren ser princesas, pero seguro que, para ellos, tiene esa mirada especial. Quizás también tenga una canción que le dedique unos versos, aunque la escuchen en un dispositivo táctil y no jugándose una descarga entre una broza de cables e interruptores. Nada les quitará, me apuesto el cuello, la primera vez que se asomaron a la vida y dijeron eso de “cuando la ciudad pinte sus labios de neón, subirás en mi caballo de cartón. Me podrán robar tus días. Tus noches, no”. Dentro de mí, esa imagen es muy parecida a esta de Iulián Adrián Zambrean. Pongamos que hablo de esto: 1401128979_743047_1402070912_noticia_normal

Amor y compasión.

John me cogió por banda en la cocina y me dijo: “¿Te has enterado de la última noticia en Antrim?”, como si fuera un reportero local que cubriera las cuitas de su barrio de Belfast. “Quieren gastarse 5.000 libras en una silla para la iglesia”, añadió enfadado. De esa forma empezamos un debate que duró tres horas y media, dos lavadoras de jerseys de lana gorda y una persecución por las plantas del piso tendiendo vaqueros en la repisa de las escaleras.

En cierto momento, John reflexionó: “Las 5.000 libras es lo de menos. Lo importante es que hemos perdido la esencia. El ser humano debe guiarse por el amor y la compasión”. Yo le respondí que parecía el nuevo Papa, y me dijo que ni loco, pero que creía firmemente que “no tenemos que basarnos en lo que valemos por el dinero que tenemos sino por lo que dejemos cuando nos vayamos”. Porque “todo el mundo muere”, aseveró, dándome 40 años más de vida mientras untaba mantequilla en una tostada a la que había añadido tres piezas de cheddar.

Esa conversación de madrugada cerró los días de viaje por Irlanda. Prometí que me despediría en el desayuno, pero después de un abrazo a las dos de la madrugada di por correcto retrasar el despertador. En las jornadas anteriores apenas habíamos hablado. Una gripe lo tuvo en cama las ocho horas de ocio que le permite el taller. Eso nos hizo pasar mucho más tiempo con Stephen, que después de combinar güisqui con pintas nos contó sobre algún lugar en el mundo donde hacen probar la homosexualidad. No sé si lo sacó como apunte antropológico o como excusa de su pasado para Nancy. El caso es que luego reían así en la puerta del nuevo Tools:s0633083-3 Me quedé pensando un rato en las palabras de los dos. Y llegué a la conclusión de que seguramente ese estado espiritual, de inmersión reflexiva, es el que alcanzas cuando te pasas la infancia, la adolescencia y las tres siguientes juventudes en un país donde lo más divertido es contemplar esto, lo que vimos durante dos días de viaje hasta que llegamos a la clásica Calzada de los Gigantes:dscf3214-2Antes ya lo había visto en el trayecto desde Dublín. Pero no tenía esa sensación porque acababa de pasar 12 horas con Tati entre asfalto y bares. Y lo más cercano al silencio fue una visita al baño. Pasamos el día entero sin parar de hablar, como si nos contásemos la fiesta del fin de semana anterior. No fue suficiente, pero quitó algo del mono de vernos que arrastrábamos. Recordamos algunas de las noches vividas y le dimos la razón a lo que cuenta Carbonell en sus memorias, La hora de la tarántula: “La moderación y yo no hemos intimado lo suficiente. Si me invitan a una cena o a una fiesta sé que voy a coger un leve puntito. Siempre pienso que para no beber, mejor no voy (…) Las resacas quedan compensadas cuando por la noche has conocido a un alma gemela, a una persona con la que vas a compartir tu vida”.

También me devolvió la conversación que extrañaba desde las jornadas en Camerún. Podría sacar muchas impresiones basadas en detalles de viajero o en las costumbres africanas, pero eso ya lo hacen los escritores. Me quedo con descubrir un pedacito de un país y con haber caminado sin mucha atención ni entusiasmo por caminos como este, cuya energía fliparía a cualquier jipi:s0403055-2A mí, el karma solo se me apareció la mañana en la que murió Rita Barberá. Estaba leyendo Sed de champán, de Montero Glez, y según leía la noticia, me encontré -lo juro- con estas líneas: “Al final, la vida, esa vieja puta, va y pone a cada uno en su sitio. Y si de eso no se encarga la vida, no hay que preocuparse, compadre, pues ya se encargará la muerte”.

En ambos viajes, en cualquier caso, pensé lo mismo: que nunca se está cómodo en los pasillos de entrada a un avión. Son unos gusanos que niegan cualquier visión con el mundo exterior y te invocan a una puerta sin referencias. Cargas la mochila mal puesta, llevas papeles hasta en los dientes y siempre hace o frío o calor, pero tu ropa nunca es la adecuada. Por eso me encantan. No para vivir en ellos (aunque un saco y un par de revistas me procurarían tranquilamente dos o tres días en su suelo) pero sí para transitarlos casa poco tiempo. Luego, al entrar en la nave, la cosa cambia. Los asientos se suelen llenar de mantas arrugadas, como perros sin vida, y me molesta la gente que se deja puesto el cinturón todo el recorrido, como si en caso de accidente y explosión el mayor problema fuera un pellizco cervical (yo siempre intento que, en caso de requerir hospital, me internen por un coma etílico y no por una apendicitis, tan manida e imprevisible). Lo único que lo justifica es rebañar los platos del catering como si fuera un kebab de borrachera.

Las palabras de John del principio me refrescaron las ganas que tenía de ver cuanto antes a mis sobrinos. Hablé con mi madre para preguntarle por el recién nacido y me dijo, con ese redondea caprichoso que suele utilizar para nuestras edades: “Duerme muy bien. Espero que siga así y no le dé la lata a los padres como me la dabas tú. De bebé y ahora, a los 33 años, que ya te vale”. Un latigazo que me devolvió a los valores que debían mover el mundo: amor y compasión. “¿Y si te encuentras a alguien que no crea en eso?”, le pregunté a John, en un mar de dudas. “Que les jodan”, soltó sin pensar. “No merecen ni que les hables”.

Puntos cardinales.

Sólo he robado un libro en toda mi vida. Fue en un centro comercial de Tuxla Gutiérrez, en Chiapas, y tenía justificación: no llevaba presupuesto para literatura y se trataba de Los detectives salvajes. En unos días iba a emprender viaje hacia el norte y quería que Bolaño me acompañara en el desierto de Sonora. No sé para qué: en los autobuses interminables desde Guadalajara hasta Tijuana sólo me dediqué a dormitar y tuve que cargarlo hasta Tailandia, donde lo acabé en una playa que no tenía nada que ver con los escenarios de aquel “realismo visceral”.

Viene esto a cuento por dos motivos. Uno, porque el otro día un alumno le dijo a Jara que la FNAC y él “se llevaban muy bien” cuando les habló de hacerse con una lectura. Y otra, porque más o menos lo que me pasó en ese viaje es lo que me ha pasado estas semanas de recorrer en autobuses y coches los cuatro puntos cardinales de la península.

Primero, el norte, con la trimestral visita a Haritz y la foto clásica de su nuevo jardín, que a pesar de ser octubre lucía primaveral y tenía una diana de tiro al arco. Una opción jugosa que terminó siendo una penitencia: para cinco minutos de juego dedicamos dos horas de rebuscar las flechas entre la maleza:s0200044-2

Todo se salvó con un paseo y una visita a Durango en fiestas, donde la verbena corría como si fuera una playa de Cádiz. De allí, la eterna parranda se trasladó a Fuentes de León, un pueblo de Badajoz, por un trabajo repentino. Horas de AutoRes que esperaba no tener que recordar me hicieron pensar en lo que tenía entre manos, que no era un Bolaño (ni siquiera comprado en su nueva editorial), sino La España vacía, de Sergio del Molino. Por la ventana iba percibiendo aquello que dice: “Viajar por la España vacía es viajar por apellidos de gente conocida. Un desvío en la autopista, una señal en una carretera secundaria, cualquier indicación conduce a pueblos pequeños que son apellidos de familiar que salieron una vez de allí y no volvieron más. En una Europa homogénea y muy poblada, la España vacía es una experiencia inigualable. Paisajes extremos y desnudos, desiertos, montañas áridas, pueblos imposibles y la pregunta constante: quién vive aquí y por qué. Cómo han soportado, siglo tras siglo, el aislamiento, el sol, el polvo, la desidia, las sequías e incluso el hambre”.

Esta imagen puede representar la sensación: dscf0163-2Un valle, un cine municipal y dos personas sentadas al atardecer. Mañanas de pan, huevos y periódico; noches de mesa camilla y concurso en la televisión. Así es, al menos, como entiendo la vida que será.

Nada que ver con la valenciana, de torso desnudo, almuerzos populares y la desfachatez de quedar a más de 15 minutos andando. Para cerrar el círculo, allí estuve con Álex, que me dejó su sillón y dijo eso de “no me vas a hacer recoger el cuarto, ¿no?”, con Lelo tomando Fanta y cacahuetes en un bar de Malilla y con Carles en Lliria. También se unió mi hermano y nos fuimos a la Malvarrosa a ver El Cabanyal y dar fe de que no se quieren quedar ni los okupas: dscf0217-2

Al terminar la ruta volví a Madrid. Llovía y la Castellana parecía la gran avenida de una ciudad anónima. Tenía que moverme agachado, evitando las hendiduras del asfalto y metiéndome por calles secundarias donde no salpicaran los coches. De un sitio a otro acabé en Huertas. No solía mirar el número 60 desde hace años, desde que falta mi tío, pero un impulso me apremió a empujar la puerta. Subí a la segunda planta, donde viven mi prima y mi tía, y llamé al timbre. No hubo ruido de baldosas ni olor a coliflor. Pensé en esas embajadas que son las casas con ausencias, según Sabina, y un velo de alquitrán se me posó en la mirada.

Corrí a la Librería Latinoamericana, unos metros más arriba, y busqué Los detectives salvajes, en los compactos de Anagrama. Los habían guillotinado y no pude ni pensar en robarlo. A cambio, hojeé de nuevo a Salcedo Ramos,  que dice esto: “Esa indefensión del hombre frente a los guiños del azar es, quizá, lo más aterrador. Estás vivo, haces planes y hasta tienes vanidades, le subes el volumen a la música, pero de repente, cuando vas en lo mejor del baile, una mano invisible te señala y entonces, de un solo golpe, la fiesta se te acaba”.

Presunción de inocencia.

Empecemos rápido y sin asperezas: los últimos tres meses han sido un tobogán. El final de curso se juntó con un viaje a Ucrania tan seguido que no sé decir ahora si me llevé bañador o estuche en la mochila. Llegué a Kiev solo, después de dos horas de sueño y en medio de una mañana pegajosa, de resaca de un festival, que había convertido el hostal en un barracón de zombis. No pude descansar. Antes de que me diera cuenta estaba hablando con gente, sentado en la plaza del Maidán y pensando si volvería una tercera vez a esta ciudad. La pisaba tras dos años de una estancia corta y me seguían sorprendiendo varias cosas: el trabajo sobredimensionado de los locales, que emplean hasta a seis personas aunque no entre ni el nieto de Bulgákov; los rollos de papel sin cartón en medio, que dan una sensación de esfínter mustio, de pecho sin pezón; y las estaciones de metro, que no solo funcionan mejor que cualquier medio de transporte occidental sino que cumplen una de las máximas del ser humano: la presunción de inocencia. Sí: los tornos no están cerrados y se abren cuando introduces el billete (que, en este caso, es un ‘token’, como los que hacían funcionar los coches de choque), sino que pasa lo contrario. Están abiertos, dando a entender que vas a pagar, y solo se cierran si te intentas colar.

Y creo que, aún siendo una minucia, explica bastante bien el carácter ucranio: con ellos no hay frases jabonosas ni exordios aduladores. Se da por hecho la ayuda siempre que no les falles. Casi igual que ocurre en las cuadrillas del País Vasco. Y lo mismo me vi en el primer bar donde acabé con un viejo conocido: se llamaba el Coyote Ugly, como la película, y -después de prometerme que no me llevaba a un burdel- en él las camareras servían chupitos y botellas de un whisky asesino en tablas de madera. Todo iba bien hasta que alguien se atrevía a ponerles la mano encima. Entonces no se cortaban en soltar un latigazo con la mano que les salía desde el hombro. Sonreían, guiñaban los ojos y preparaban cada media hora una coreografía chistosa, otorgando a la clientela la presunción de inocencia, hasta que alguien se saltaba las normas.

No volví. Al segundo día llegó Javi y, en horas, Arcenillas. Entonces Kiev fue un torbellino de actividades que siempre acababan en las mesas-palé de un bar de blues. Cualquier cosa la celebrábamos en la misma esquina, un jardín revitalizado tras las protestas a pocos pasos de la catedral de Santa Ana. Incluso un corte de pelo tal que así era motivo de ovación:img_4952Hasta que agarramos un coche y nos fuimos de la capital. Mi idea era pisar Odesa, ítaca personal desde la secuencia del Acorazado Potemkin. Al llegar allí nos vimos abrasados por un sol inclemente sobre calles desiertas. La avenida paralela al puerto, que conducía hasta las famosas escaleras, estaba más vacía que el paseo de Tavernes en diciembre. Cuando torcimos en la esquina indicada no había más que obras. Por eso, Arcenillas miraba con nostalgia canina, poniendo el cerebro en blanco y negro:img_5076Sus quejas pasaron a bronca. “Mira que yo también sigo escenarios de películas”, gritó, “pero traerme a un descampado en obras y con un escenario que no deja ver el horizonte me parece demasiado”. Para arreglarlo fuimos a la playa. Como buen balneario eslavo, las tumbonas y los altavoces inundaban la arena. Apenas pudimos darnos un chapuzón antes de cenar un kebab. Cinco días más en coche nos llevaron por Transnistria, que merece un capítulo aparte, y Moldavia. Atravesamos el país conducidos por Javi, que cuando tenía un rato libre miraba por la ventana y pensaba sobre cómo sería la vida en ciudades como Chisinau o Balty. La respuesta no estaba en el viento, sino en los balcones de enfrente:img_5149-2

Todo fue improvisado. Tanto, que llegamos al aeropuerto de Lviv de milagro. Sin sanciones en el coche y con un horizonte que, en mi caso, incluía otros tres vuelos hasta Borneo. En la parte Malasia de la isla nos movimos Jara y yo mecidos por los autobuses del país. De vez en cuando encontrábamos un lugar donde dormir, donde pasear por la selva y donde conocer a alguna persona con ganas de explicarnos qué cojones eran esas algas que estábamos comiendo.

Un par de semanas después dimos el salto a Indonesia. Salto, por decir algo. Porque en realidad el cambio de isla se produjo en un barco de dos días don una habitación de catre doble sin puerta. Pusimos -como nuestros vecinos- un colchón en el marco y nos encerramos a ver películas y leer como hikikomoris japoneses, sin contacto con el exterior y nutriéndonos de lonchas de tranchetes. Cortinas echadas y tecnología desplegada, así aguantamos, en pijama y con faltriquera, las 48 horas:img_9327

De Sulawesi, paraíso toraja donde encalamos, a Java. Allí nos encontraríamos a Ewan y caminaríamos horas y horas entre arrozales y ruinas. No se puede decir que se estaba mal, viendo las imágenes que trajimos: fullsizerender-10

Por la noche encontramos un local a medida. Un garito a dos pasos del hostal donde gastar las noches escuchando en bucle el repertorio de los Beatles. Ese era, de hecho, el nombre del bar. Por lo menos, no pasaban vídeos de artistas contoneándose y no tuvimos que decir lo que escribe Carlos Zanón en su Yo fui Johnny Thunders: “En el punk les habríamos molido a palos. En el punk les hubiéramos atravesado los ojos con imperdibles. En el punk también había quien se compraba la cazadora en El Corte Inglés, joder, recuérdalo todo”. img_5904Al volver, dos meses después y con este incesante ronroneo urbano de Madrid, llegó la factura del viaje. Como respuesta, pensé -o, para qué mentir, leí- dos ideas que no sabría expresar si no es porque ya lo había hecho Umbral: “La gente vive con su reptil, con su cloaca, y eso les sale a sus ojos y a la cara. La culpa, el mal, esa herencia literaria y atemorizada que traemos de los siempres. La vida es demasiado buena o demasiado mala. La vida hay que pagarla. No hemos aprendido de la gratuidad de la vida. Cuando aprendamos que la vida es gratuita le perderemos el miedo al sexo”.

Y, para acabar, otra reflexión que se repite cada jornada de presunciones de inocencia y caídas en cuesta por el tumulto de la capital: “Por lo demás, días enlocados, páginas donde ha dejado su huella dactilar el tiempo o el polvo, abrigos que se caen solos de las perchas, como blandos suicidas, rincones donde viven periódicos atrasados y animales heridos, fiestas en las que arde un árbol inocente y ficheros de mil bocas, como dragones cuadriculados, devorando la perpetuidad del papel y la gomaespuma de la costumbre”.

Agenda.

La verdad: no me gustaría tener que despedirme ahora de la vida. Quizás en noviembre, o en diciembre, o en algún otro mes que acabe en ‘embre’ y sea frío, oscuro, de kilos de ropa sobre las rodillas en los trayectos de metro. Pero no ahora, días de ventanas abiertas, toldo echado y fruta en el frigorífico. Y sé que, como canta Manuel Malou, “el tiempo lleva prisa pa’ borrarnos de la lista”. Pero también sé que, siguiendo el estribillo, “qué bonita es esta vida que, aunque no sea para siempre, si la vivo con mi gente es bonita hasta la muerte, con vino de manzanilla”.

Por eso, aunque inevitable en el futuro, no me querría marchar ahora. Cambiaré de opinión más adelante. O quizás no. Pero no después de un mes de salidas de fin de semana, sillas calientes en terrazas en sombra y un posible nuevo rumbo político que, si no hace un país mejor, lo habrá hecho más emocionante. No después de que piense afeitarme porque si lo hago es posible que Martín no me reconocozca, no diga ‘Tito’ cada vez que ve un póster de Alberto Garzón. En realidad, toda esta melaza en mi cabeza empezó hace semanas. En una escapada a Extremadura con Juanillo y Arcenillas. Desde que subimos al coche recordamos aquella sensación de parvulario que consistía en no poder detener la risa ni aunque intentaras una pensar en algo serio o te estuvieran echando la bronca.

Arrancamos en Alcobendas después de una compra gourmet: pavo en bruto, calimoch y bocabits. Tal festín merecía un retrato:FullSizeRender (1)

Ya en la salida por la A1 hasta la primera parada, en un pueblo donde los pinchos los ponían en plato de duralex, fuimos rememorando los últimos días de trabajo mientras Arcenillas nos mostraba sus últimas fotos, no procedentes de la trágica situación centroamericana de violencia sino de su alcoba entre botellas de champán y tangas dorados. Nada más ver a Maite, de madrugada, la obligamos a salir de una casa de piedra que lindaba con el Ayuntamiento y con el nido de cigüeñas del campanario para que nos enseñara cualquiera de esos bares de pueblo donde los cubatas valen 3 euros. Lo hizo. Y repetimos la tarde siguiente, antes de una fiesta en el campo conmemorando la luna llena.

Allí hablamos de tofú, cuscús y del top ten de la comida vegana. Nos repartimos vasos de ron mientras la gente se aturdía con té de canela y clavo. Nuestra ventaja a la hora de pasarlo bien y descubrirnos a nosotros mismos era acojonante, claro. No tuvimos ni que esperar a que la luna liberase su energía para meternos en la cama y pasarnos unos minutos previos de la misma risa cohibida que me entra cuando veo a alguien quedándose dormido en un contexto embarazoso.

Al fin de semana siguiente, cambiamos a Arcenillas por Pablo y subimos al País Vasco. Haritz nos esperaba en una casa de catálogo nórdico con una tabla de quesos y el chisteo continuo de quien está acostumbrado a un nivel decibelios propio de las montañas. Lo tumbamos a las tres horas con una verborrea que un vasco no sueña ni en una vida centenaria.

Aun así, conseguí que a la mañana siguiente se ablandara e hiciera gestos como estos:FullSizeRenderTotal, ya sumamos casi doce años de hacer el tonto y no estamos para pudores. Sobre todo viendo cómo empezamos:OLYMPUS DIGITAL CAMERACierto: en Belfast teníamos más pelo. Yo por inclinaciones estéticas no muy favorecedoras (pero, qué coño, propias de tiempos salvajes) y él por obligación genética.

La alegría se le truncó cuando salimos por Bilbao y vio que, ante la pasividad de sus mujeres, Juanillo empezaba a pisar, pedir permiso para ir al baño o preguntar por curiosidades locales a las chicas de los tugurios más disolutos. “No me miran ni cayéndome encima”, dijo de madrugada, cansado de la incomprensión hacia el carácter carabanchelero. De regreso, con un Haritz cada vez más mudo, pensé en unas frases de Antonio Lucas y se las recité, a ver si se le pasaba: “La amistad es la más imprecisa de las verdades. La más exacta de las religiones. Y se apoya en una rigurosa sospecha: saber que uno se prolonga mejor en el otro. (…) La amistad consiste en ir envejeciendo a la vista de los colegas y que se nos note. En saber hacer el ridículo en el momento justo, sin ser reprendido. En escuchar una risa cuando peor está el día. En saber que un compadre es el patrón oro de hombre”, le conté. Pablo se emocionó, Juanillo pasó y Haritz apenas musitó un ‘bai’ de respuesta: síntoma indiscutible de que estaba conmovido.

Entre medias de estas excursiones y de tener la agenda con otras tantas que se quedan para más adelante, se coló una entrevista a Paul Collins Beat, a quien tengo como icono de mis carreras de media tarde y que resultó ser un señor formal: para haber teloneado a los Ramones no escupía ni ponía pegas a los mandatos del fotógrafo, como se puede ver:FullSizeRender (2)Por todo esto y por muchas cosas más preferiría seguir aquí, la verdad. Aunque quién sabe. Como dice Beigbeder, “todo es provisional: el amor, el arte, el planeta tierra, nosotros, yo. La muerte es algo tan ineludible que pilla a todo el mundo por sorpresa. ¿Cómo saber si este día no es el último? Creemos tener tiempo. Y luego, de repente, nos ahogamos. Fin del tiempo reglamentario. La muerte es la única cita que no está anotada en la agenda”.

Microlocal.

Hace unas semanas le dije a Pablo que saliéramos por Vallecas y me dijo: “Paso, que allí son muy feas”. Su comentario me pareció tan tajante que llegué a creer lo que alguna vez leí en boca de Enric González: si el periodismo sobrevivía en un futuro sería gracias a lo microlocal. Para conocer lo que pasa en la otra punta del mundo quizás nos basta con pasar con las yemas de los dedos una noticia en el móvil, pero para poner en el frigorífico la entrevista a nuestra tendera favorita necesitamos el papel. Ese razonamiento, llevado al terreno de la belleza femenina, es lo que me ha tenido tanto tiempo sin salir por el barrio acompañado de Pablo. A pesar de que desde la vuelta de Honduras y El Salvador -que fue hace unos meses ya, los mismos que llevo sin actualizar esto- a lo único que me he dedicado ha sido, prácticamente, a quedarme plantado entre cuatro calles cercanas. En alguna, por suerte, me he encontrado con pintadas positivas, como esta: FullSizeRender (7)

La verdad es que no sé si ha sido cosa de la ocupación excesiva o de las ganas de arañar más minutos al día. El caso es que mis viajes fuera de la ciudad o incluso mis trayectos a cualquier parte de ella también se han visto mermados a un par de escapadas. Una de ellas fue a Barcelona junto a mi hermano y mi padre. Salimos de madrugada y os juro que mi padre aguantó hasta las cuatro de la mañana del día siguiente sin ningún tipo de sustancia más que buena comida, paseos por la ciudad y una tarde en el Camp Nou con seis goles y una bufanda. Al día siguiente, de hecho, amaneció así de radiante:

FullSizeRender (6)

Allí estuvimos con Toni, gran ausencia de un viaje consecutivo a los Caños de Meca donde cada mañana me intentaba acordar de aquella frase que leí en la novela juvenil Firmin, de Sam Savage: “Se tiraba una noche fuera, tal vez dos, y luego volvía con una pinta horrible y se derrumbaba en la cama y pasaba un buen rato durmiendo. Y al despertarse volvía a ser el de siempre. Por decirlo en términos psicológicos, las borracheras son mucho más útiles de lo que la gente piensa”. Me imaginaba que era lo que le pasaba por la cabeza a Javi cada vez que salía de la tienda de campaña tras dos horas de sueño y le seguía hablando como si aún estuviéramos en el chiringuito de la noche anterior. A las 72 horas desde que habíamos salido de la Casa de Campo, cenando de cazuela y calentando agua en el camping gas para una tisana, di una cabezada y Javi exclamó: “¡Por fin se calla!”

Seguramente llevaba ese carrete por los días que habíamos pasado antes en El Atazar. Las lluvia nos confinó a la habitación y, entre películas y las tentaciones de Jara por empezarse El cártel, apenas pudimos ver el embalse. La ventana fue nuestra salvación:

FullSizeRender (8)Ha sido desde entonces, ya en Madrid, desde cuando no he pisado Vallecas de noche y mis viajes se han reducido a lugares céntricos donde comer con personajes como Juanillo o Arcenillas. Entre menús del día en tascas de Lavapiés y presentaciones futuras de libros, recordamos nuestras jornadas centroamericanas. A veces tengo la sensación de emular el relato de aquel ‘Un día más con vida’ de Kapuscinski,  cuando en realidad apenas dimos un paseo. Eso sí, los sobresaltos ante petardos de Navidad o las vueltas de noche por ciudades fantasmas eran más que reales. No quitan que volviese de nuevo. Incluso con un acompañante más, como el que posa junto al fotógrafo en esta imagen:

FullSizeRender (5)

Igual que espero volver a salir algún día por Vallecas con Pablo. Es más, espero que Álex, que se pasó por aquí hace unos días, le convenza con la descripción de lo que le pasó a él en un bar cercano, muy parecida a esta de ‘Pregúntale al polvo’, de John Fante: “Vi en el umbral a una mujer que me miraba con sonrisa extraña. No era alta, no era hermosa, pero se me antojó atractiva y madura. Y tenía unos ojos negros y nerviosos. Brillaban como suelen brillar los ojos de las mujeres que ingieren demasiado bourbon, con reflejos cristalinos e insolencia exagerada”. Así, quizás, regresemos al barrio. A lo microlocal. Al futuro. De mi profesión y de mi vida social.

Siete años nuevos.

Teniendo en cuenta que cumplo años el 31 de diciembre, se podría decir que cada año nuevo es más nuevo para mí, a pesar de que desde que tengo algo parecido a la memoria escribo erróneamente el año en que vivimos y la edad en la que estoy hasta finales de abril y que (sin coña) hace unos días no estaba muy seguro de qué cifra estrenaba. Como es así, para solucionar mi despiste en impresos y formularios tiro de agenda. Para recordar cuántos años tengo tiro de la gente que me rodea. En este caso, fue Arcenillas el que, estando en un banco malogrado de San Salvador, hizo cuentas y dijo: 32. Poco después me tocó pedirle la fecha de nacimiento a un ciudadano y fue de nuevo Arcenillas el que hizo la operación matemática que resolviera su edad.

El breve transcurso de 2015 a 2016 ha sido en este caso, no obstante, un letargo canino. En las horas que ha necesitado el calendario para desprenderse de la pared y convertirse en trofeo tengo la sensación de haber avanzado unos siete años. Solo en salud. Mi inteligencia sigue intacta.

Los factores de esta percepción son bien sencillos: en mi primera noche mis músculos de cuello y mandíbulas estaban tan cargados que a la mañana siguiente tenía un trozo de muela en la lengua (tampoco es coña); en las siguientes jornadas al polvo, rehogadas durante 18 horas  de café y cigarrillos, mi cuerpo se quedaba inerme, como una porcelana puesta al sol. Y con la ingesta diaria de un plato de frijoles como único sólido he pasado por fases de diarrea, estreñimiento y la sensación extraña de no saber si tienes órganos o guantes de enfermería. Tres motivos que pueden asociarse a una suerte de madurez física, que no mental.

Nuestros colegas autóctonos, Salvador y Mauricio, no parecían encontrarse en la misma situación. Eran capaces hasta de pedir nuevas lecturas de importación:  FullSizeRender (4)

Cuando todo esto parecía cosa del pasado, nos movimos hasta Tegucigalpa, donde me di cuenta que por más Caribe o Pacífico que hubiera en esta región, el único baño que podía catar era en algo parecido a esto:FullSizeRender (5)

Por eso seguimos en las mismas. Subimos hasta San Pedro Sula y recogimos a Miranda y Orlin, dos periodistas que parecían salidos de Nightcrawler, siempre con una cámara y un pie en el acelerador. Cuando todo se calmaba, desafiábamos al estómago en cualquier chino con platos compartidos para cuatro personas. Ahí seguían siendo compañeros de mesa o trabajo, pero también de fatigas, como muestran sus caras:
FullSizeRender (6)

Llegó la Nochevieja y creíamos que ni el trópico iba a mermar nuestra despedida de 2015. En el camino, sin embargo, a por una cocacola desde el hotel a la plaza principal -a dos cuadras-, vimos cómo adictos al pegamentos, ladradores humanos y puestos esquineros retorcían la mirada y recogían el dinero mirando a los dos lados. El resultado, claro, fue desolador: no solo pillamos lo primero que había sino que el hambre provocó una espera agónica hasta las 12 que concluyó con un refrito de Pedroche en Sol, unas uvas como manzanas y una charla posterior que acabó en veinte segundos tal que así, con un Arcenillas durmiendo a pierna suelta:FullSizeRender (3)Porque incluso él, que a veces parece el Tim Robbins de Un día perfecto, dice haber envejecido siete años y escucha a Sabina por las noches, tarareando sus melodías y recitando alguno de sus versos, como este:

Yo quiero morir de vida

Que me maten lentamente

las noches locas, la urgente

felicidad, la bebida,

el tabaco, la partida

de póquer y las ofertas

de tentaciones expertas

con lencería pecado.

Morir mientras soy amado,

vivir porque me despiertas.

Líneas reconfortantes para un fin de año de vestidos tacaños, hoteles de paso y cócteles de (solo) papaya.

Con jota.

Cuando nos cruzamos en el pasillo, ella me miró dibujando un “¿De qué?” mientras hacía un movimiento de hombros solo igualable por Sid Vicious. Gesto que se convirtió en una presentación entrecortada a dos pasos de un bafle. Me dijo “Soy Jara, con jota”, como si hubiera quien lo pusiera con ge o con hache. Yo contesté “Alberto, con be” en un ataque de originalidad impulsado por las latas en la cola de entrada. Al minuto le estaba sujetando la copa, saludando a su grupo colegas y prometiéndole que no iba de buscón, sino que mi amigo yacía en la acera intentado adivinar cómo volver a su casa. En menos de media hora conocía mi intolerancia al gluten, mi intento de profesión como periodista y mi acelerada manera de ocultar nerviosismo.

Nunca imaginé que en la siguiente llamada a Álex le contaría esta historia ni que él me respondiera, como era de esperar, “¿pero qué dices, nano?”. Poco a poco empezó a creerme. Quizás porque le contaba que la había vuelto a ver, que me había pasado tres días seguidos metido en su cuarto o que entre mi preparación de inglés se colaba cada media hora ese Wild Thing de los Troggs y no existía más que una destinataria única para aquel “you make my heart sings, you make everything groovy”.

Poco a poco, Álex se fue acostumbrando a este relato repetido. Mientras, yo descubría que el colacao se come a cucharadas, que la ropa se guarda en el suelo y que la mesita de noche puede servir como una balda más para la vajilla. Hasta ahora, dos años más tarde. Incluso en su cumpleaños -aparte de esos hallazgos- sigo sorprendiéndome cada vez que la veo leerse un libro como Cortocircuito, quedarse dormida en medio de una narración apasionante o decirle a cualquiera “Soy Jara, con jota” sin inmutarse ni henchir el tórax. No importa que esté en El Salvador o en la almohada contigua: siempre se me cruzará por la cabeza el lamento “because I wanna know for sure… I love you” seguido de imágenes como estas:

IMG_0523

IMG_0202

Aunque Álex no termine de creerse el cuento del bar y yo disimule. Quizás para no parecer aún más tonto y no tener que improvisar gracietas tan simples como la de aquella presentación en un pasillo con música.

Eso es.

Cuando visitamos a Paco en el hospital tenía la voz débil, llevaba un camisón de estraza que sujetaba a la altura de la pantorrilla cada vez que se movía y alternaba mecánicamente el apoyo del costillar en el colchón. Nada de estos alborotos propios de una dolencia impidió que, al vernos y ser preguntado por su estado, dijera su famoso “Eeeeso es” como respuesta. Lo hizo a un volumen inferior al habitual, pero con esa mezcla de confirmación estirada y duda que lleva empleando en cualquier circunstancia, ya sea conversación dentro de piscina congelada de Salamanca, entre medusas del Mediterráneo o frente a una caseta de la Feria del Libro de Madrid. Expresión tan ligada a su persona que cuando mi padre o algún familiar del entorno la utilizan, por contagio, a mí me parece estar viéndole él. Incluso llego a sentir el frío del agua de la piscina en los genitales.

Esa frescura la conservo desde hace tiempo, a pesar de que las bajas temperaturas llegaron cuatro días atrás. ¿Por qué, entonces? Pues, supongo, que por la cantidad de actividades que me han despistado de este espacio. Una de las primeras, nada más volver del verano en Italia que tan lejano queda, fue gastar un fin de semana entero con la pandilla de la playa. A mediados de octubre, fecha improbable, y vestidos con más ropa que un bañador de goma gastada. En estas 48 horas de hermandad tuvimos tiempo de hablar sobre la coyuntura catalana, decidir qué es más justo en términos fiscales para la población, recuperar los sueños perdidos en redes de voleiplaya y, sobre todo, de mojar la garganta con chupitos de cazalla entre juegos de mus. Tal era nuestra concentración que ni siquiera una cámara intrusa provocaba revuelo, como se aprecia en los labios apretados de Juanas o las miradas inquisitorias de Andrés, Tat y Xavi:

FullSizeRender (4)

Salimos vivos de ese retiro como salimos más adelante con vida de otro en la sierra de Madrid. Esta vez era en casa de los abuelos de Javi, amantes de la modernidad en los años cincuenta y ahora convertidos en estandartes del vintage. Nos nutrimos del pollo asado con patatas que vendía la única tienda abierta en fin de semana, de pacharán casero y de conversaciones que ondulaban entre el periodismo y el mundo de posibilidades que se nos abriría en una existencia sin alquileres. Al menos estaban Leyre, Javi, Paloma, Comes, Toni y Anna para posar en las fotos, lo que le daba más enjundia:
IMG_0589

Puestos a encadenar fines de semana -y por no estirar un clímax inexistente- hay que recordar dos más. El primero, aquel que pasamos por Tavernes en busca de una buena paella. Como mi jugada de optar por el Macario (local de solera en la costa del Azahar donde cada ronda debe esperar a que el dueño termine su partida al solitario entre exabruptos y manos grasientas) no prosperaba, llamamos a Álex, amigo franquicia en las cosas del comer. Nos llevó a El Salvador,  mítico restaurante a pocos kilómetros del apartamento que empezó hace unas décadas como algo proletario, de redolins de Blasco Ibáñez, y ahora compite con Can Roca. Así posaban tan contentos después de que fuera un servidor el que pasaba la tarjeta:

IMG_0298

Álex venía de entrenar para un medio maratón y quería reducir su sábado al arroz y el sillón. Lo mismo que hicimos nosotros después. Gracias a eso pude rescatar La transmigración de los cuerpos, de Yuri Herrera, y leer esto: “Él dejó que su lengua fiesteara como fiestea la lengua cuando no le piden verbo”. Tal afirmación, qué pena, me transportó al segundo (y último, de verdad) fin de semana citado. Esta vez en Málaga. En realidad, la llegada fue a Arriate, pueblo del interior en fiestas. Entre pinchos y canciones de Los Delincuentes que Néstor cantaba de medio lado, sacando guasa, terminamos en un bar cerrado con flamenco en vivo. De vez en cuando nos lanzábamos a palmear y seguir las letras como si hubiéramos nacido en la orilla derecha del Guadalquivir. Parecía que, de nuevo, teníamos a Antonio Lucas susurrándonos alguno de sus versos: “Los que nunca se detienen y siempre dan el rostro / y extraen de la tormenta, si tiene, miel difícil / ajenos al cobarde ‘qué dirán’ de algunas sangres. / Pero aún no ha saltado el frío de las ramas. / Aún lo oscuro anuncia un álgebra muy loca. / Aún vivimos de alquiler, de sueño en sueño, / y nunca estamos del todo en las palabras”.

La resaca de este globo de pitorreo nos sorprendió con un reportaje sobre caballos para El País, con el clásico ¿Que pagsa, trongco? de Néstor cada amanecer y con una visita a varios pueblos blancos. Entre ellos Frigiliana, donde Jara, Cristina y Néstor posaban así, como si estuviesen a punto de lanzar un nuevo casete de rumba-pop:

IMG_0490

Quizás son todas estas escapadas las que me tienen entre corrientes de aire frío, alejado de esta y otras plataformas de comunicación. Las que me hacen recordar la expresión del título como una letanía y pensar en todas las expresiones que atribuimos a cada persona cercana y que sólo les quedan bien a ellos, como un traje de alfayate, independientemente del volumen de voz o la intención con la que la usen. Por eso, cuando Paco ya estaba, por fin, en casa, intenté leerle por teléfono estas líneas de Yuri Herrera: “Nunca había tenido que esforzarse para tener con quien coger, y eso a él le daba un poco de lástima, así como le daban lástima los que no saben lo que se siente al ver una gran ciudad por primera vez porque han crecido en ella, o el que no recuerda lo que es sentirse guapo por primera vez, o por primera vez besar a alguien a quien pareciera imposible de besar; todos ellos no saben de milagros”. Para que pensara en la conclusión a la que llega el escritor mexicano y me dijera, como en decenas de escenarios desde que tengo memoria, “Eeeeso es”.