Presunción de inocencia.

Empecemos rápido y sin asperezas: los últimos tres meses han sido un tobogán. El final de curso se juntó con un viaje a Ucrania tan seguido que no sé decir ahora si me llevé bañador o estuche en la mochila. Llegué a Kiev solo, después de dos horas de sueño y en medio de una mañana pegajosa, de resaca de un festival, que había convertido el hostal en un barracón de zombis. No pude descansar. Antes de que me diera cuenta estaba hablando con gente, sentado en la plaza del Maidán y pensando si volvería una tercera vez a esta ciudad. La pisaba tras dos años de una estancia corta y me seguían sorprendiendo varias cosas: el trabajo sobredimensionado de los locales, que emplean hasta a seis personas aunque no entre ni el nieto de Bulgákov; los rollos de papel sin cartón en medio, que dan una sensación de esfínter mustio, de pecho sin pezón; y las estaciones de metro, que no solo funcionan mejor que cualquier medio de transporte occidental sino que cumplen una de las máximas del ser humano: la presunción de inocencia. Sí: los tornos no están cerrados y se abren cuando introduces el billete (que, en este caso, es un ‘token’, como los que hacían funcionar los coches de choque), sino que pasa lo contrario. Están abiertos, dando a entender que vas a pagar, y solo se cierran si te intentas colar.

Y creo que, aún siendo una minucia, explica bastante bien el carácter ucranio: con ellos no hay frases jabonosas ni exordios aduladores. Se da por hecho la ayuda siempre que no les falles. Casi igual que ocurre en las cuadrillas del País Vasco. Y lo mismo me vi en el primer bar donde acabé con un viejo conocido: se llamaba el Coyote Ugly, como la película, y -después de prometerme que no me llevaba a un burdel- en él las camareras servían chupitos y botellas de un whisky asesino en tablas de madera. Todo iba bien hasta que alguien se atrevía a ponerles la mano encima. Entonces no se cortaban en soltar un latigazo con la mano que les salía desde el hombro. Sonreían, guiñaban los ojos y preparaban cada media hora una coreografía chistosa, otorgando a la clientela la presunción de inocencia, hasta que alguien se saltaba las normas.

No volví. Al segundo día llegó Javi y, en horas, Arcenillas. Entonces Kiev fue un torbellino de actividades que siempre acababan en las mesas-palé de un bar de blues. Cualquier cosa la celebrábamos en la misma esquina, un jardín revitalizado tras las protestas a pocos pasos de la catedral de Santa Ana. Incluso un corte de pelo tal que así era motivo de ovación:img_4952Hasta que agarramos un coche y nos fuimos de la capital. Mi idea era pisar Odesa, ítaca personal desde la secuencia del Acorazado Potemkin. Al llegar allí nos vimos abrasados por un sol inclemente sobre calles desiertas. La avenida paralela al puerto, que conducía hasta las famosas escaleras, estaba más vacía que el paseo de Tavernes en diciembre. Cuando torcimos en la esquina indicada no había más que obras. Por eso, Arcenillas miraba con nostalgia canina, poniendo el cerebro en blanco y negro:img_5076Sus quejas pasaron a bronca. “Mira que yo también sigo escenarios de películas”, gritó, “pero traerme a un descampado en obras y con un escenario que no deja ver el horizonte me parece demasiado”. Para arreglarlo fuimos a la playa. Como buen balneario eslavo, las tumbonas y los altavoces inundaban la arena. Apenas pudimos darnos un chapuzón antes de cenar un kebab. Cinco días más en coche nos llevaron por Transnistria, que merece un capítulo aparte, y Moldavia. Atravesamos el país conducidos por Javi, que cuando tenía un rato libre miraba por la ventana y pensaba sobre cómo sería la vida en ciudades como Chisinau o Balty. La respuesta no estaba en el viento, sino en los balcones de enfrente:img_5149-2

Todo fue improvisado. Tanto, que llegamos al aeropuerto de Lviv de milagro. Sin sanciones en el coche y con un horizonte que, en mi caso, incluía otros tres vuelos hasta Borneo. En la parte Malasia de la isla nos movimos Jara y yo mecidos por los autobuses del país. De vez en cuando encontrábamos un lugar donde dormir, donde pasear por la selva y donde conocer a alguna persona con ganas de explicarnos qué cojones eran esas algas que estábamos comiendo.

Un par de semanas después dimos el salto a Indonesia. Salto, por decir algo. Porque en realidad el cambio de isla se produjo en un barco de dos días don una habitación de catre doble sin puerta. Pusimos -como nuestros vecinos- un colchón en el marco y nos encerramos a ver películas y leer como hikikomoris japoneses, sin contacto con el exterior y nutriéndonos de lonchas de tranchetes. Cortinas echadas y tecnología desplegada, así aguantamos, en pijama y con faltriquera, las 48 horas:img_9327

De Sulawesi, paraíso toraja donde encalamos, a Java. Allí nos encontraríamos a Ewan y caminaríamos horas y horas entre arrozales y ruinas. No se puede decir que se estaba mal, viendo las imágenes que trajimos: fullsizerender-10

Por la noche encontramos un local a medida. Un garito a dos pasos del hostal donde gastar las noches escuchando en bucle el repertorio de los Beatles. Ese era, de hecho, el nombre del bar. Por lo menos, no pasaban vídeos de artistas contoneándose y no tuvimos que decir lo que escribe Carlos Zanón en su Yo fui Johnny Thunders: “En el punk les habríamos molido a palos. En el punk les hubiéramos atravesado los ojos con imperdibles. En el punk también había quien se compraba la cazadora en El Corte Inglés, joder, recuérdalo todo”. img_5904Al volver, dos meses después y con este incesante ronroneo urbano de Madrid, llegó la factura del viaje. Como respuesta, pensé -o, para qué mentir, leí- dos ideas que no sabría expresar si no es porque ya lo había hecho Umbral: “La gente vive con su reptil, con su cloaca, y eso les sale a sus ojos y a la cara. La culpa, el mal, esa herencia literaria y atemorizada que traemos de los siempres. La vida es demasiado buena o demasiado mala. La vida hay que pagarla. No hemos aprendido de la gratuidad de la vida. Cuando aprendamos que la vida es gratuita le perderemos el miedo al sexo”.

Y, para acabar, otra reflexión que se repite cada jornada de presunciones de inocencia y caídas en cuesta por el tumulto de la capital: “Por lo demás, días enlocados, páginas donde ha dejado su huella dactilar el tiempo o el polvo, abrigos que se caen solos de las perchas, como blandos suicidas, rincones donde viven periódicos atrasados y animales heridos, fiestas en las que arde un árbol inocente y ficheros de mil bocas, como dragones cuadriculados, devorando la perpetuidad del papel y la gomaespuma de la costumbre”.

Agenda.

La verdad: no me gustaría tener que despedirme ahora de la vida. Quizás en noviembre, o en diciembre, o en algún otro mes que acabe en ‘embre’ y sea frío, oscuro, de kilos de ropa sobre las rodillas en los trayectos de metro. Pero no ahora, días de ventanas abiertas, toldo echado y fruta en el frigorífico. Y sé que, como canta Manuel Malou, “el tiempo lleva prisa pa’ borrarnos de la lista”. Pero también sé que, siguiendo el estribillo, “qué bonita es esta vida que, aunque no sea para siempre, si la vivo con mi gente es bonita hasta la muerte, con vino de manzanilla”.

Por eso, aunque inevitable en el futuro, no me querría marchar ahora. Cambiaré de opinión más adelante. O quizás no. Pero no después de un mes de salidas de fin de semana, sillas calientes en terrazas en sombra y un posible nuevo rumbo político que, si no hace un país mejor, lo habrá hecho más emocionante. No después de que piense afeitarme porque si lo hago es posible que Martín no me reconocozca, no diga ‘Tito’ cada vez que ve un póster de Alberto Garzón. En realidad, toda esta melaza en mi cabeza empezó hace semanas. En una escapada a Extremadura con Juanillo y Arcenillas. Desde que subimos al coche recordamos aquella sensación de parvulario que consistía en no poder detener la risa ni aunque intentaras una pensar en algo serio o te estuvieran echando la bronca.

Arrancamos en Alcobendas después de una compra gourmet: pavo en bruto, calimoch y bocabits. Tal festín merecía un retrato:FullSizeRender (1)

Ya en la salida por la A1 hasta la primera parada, en un pueblo donde los pinchos los ponían en plato de duralex, fuimos rememorando los últimos días de trabajo mientras Arcenillas nos mostraba sus últimas fotos, no procedentes de la trágica situación centroamericana de violencia sino de su alcoba entre botellas de champán y tangas dorados. Nada más ver a Maite, de madrugada, la obligamos a salir de una casa de piedra que lindaba con el Ayuntamiento y con el nido de cigüeñas del campanario para que nos enseñara cualquiera de esos bares de pueblo donde los cubatas valen 3 euros. Lo hizo. Y repetimos la tarde siguiente, antes de una fiesta en el campo conmemorando la luna llena.

Allí hablamos de tofú, cuscús y del top ten de la comida vegana. Nos repartimos vasos de ron mientras la gente se aturdía con té de canela y clavo. Nuestra ventaja a la hora de pasarlo bien y descubrirnos a nosotros mismos era acojonante, claro. No tuvimos ni que esperar a que la luna liberase su energía para meternos en la cama y pasarnos unos minutos previos de la misma risa cohibida que me entra cuando veo a alguien quedándose dormido en un contexto embarazoso.

Al fin de semana siguiente, cambiamos a Arcenillas por Pablo y subimos al País Vasco. Haritz nos esperaba en una casa de catálogo nórdico con una tabla de quesos y el chisteo continuo de quien está acostumbrado a un nivel decibelios propio de las montañas. Lo tumbamos a las tres horas con una verborrea que un vasco no sueña ni en una vida centenaria.

Aun así, conseguí que a la mañana siguiente se ablandara e hiciera gestos como estos:FullSizeRenderTotal, ya sumamos casi doce años de hacer el tonto y no estamos para pudores. Sobre todo viendo cómo empezamos:OLYMPUS DIGITAL CAMERACierto: en Belfast teníamos más pelo. Yo por inclinaciones estéticas no muy favorecedoras (pero, qué coño, propias de tiempos salvajes) y él por obligación genética.

La alegría se le truncó cuando salimos por Bilbao y vio que, ante la pasividad de sus mujeres, Juanillo empezaba a pisar, pedir permiso para ir al baño o preguntar por curiosidades locales a las chicas de los tugurios más disolutos. “No me miran ni cayéndome encima”, dijo de madrugada, cansado de la incomprensión hacia el carácter carabanchelero. De regreso, con un Haritz cada vez más mudo, pensé en unas frases de Antonio Lucas y se las recité, a ver si se le pasaba: “La amistad es la más imprecisa de las verdades. La más exacta de las religiones. Y se apoya en una rigurosa sospecha: saber que uno se prolonga mejor en el otro. (…) La amistad consiste en ir envejeciendo a la vista de los colegas y que se nos note. En saber hacer el ridículo en el momento justo, sin ser reprendido. En escuchar una risa cuando peor está el día. En saber que un compadre es el patrón oro de hombre”, le conté. Pablo se emocionó, Juanillo pasó y Haritz apenas musitó un ‘bai’ de respuesta: síntoma indiscutible de que estaba conmovido.

Entre medias de estas excursiones y de tener la agenda con otras tantas que se quedan para más adelante, se coló una entrevista a Paul Collins Beat, a quien tengo como icono de mis carreras de media tarde y que resultó ser un señor formal: para haber teloneado a los Ramones no escupía ni ponía pegas a los mandatos del fotógrafo, como se puede ver:FullSizeRender (2)Por todo esto y por muchas cosas más preferiría seguir aquí, la verdad. Aunque quién sabe. Como dice Beigbeder, “todo es provisional: el amor, el arte, el planeta tierra, nosotros, yo. La muerte es algo tan ineludible que pilla a todo el mundo por sorpresa. ¿Cómo saber si este día no es el último? Creemos tener tiempo. Y luego, de repente, nos ahogamos. Fin del tiempo reglamentario. La muerte es la única cita que no está anotada en la agenda”.

Microlocal.

Hace unas semanas le dije a Pablo que saliéramos por Vallecas y me dijo: “Paso, que allí son muy feas”. Su comentario me pareció tan tajante que llegué a creer lo que alguna vez leí en boca de Enric González: si el periodismo sobrevivía en un futuro sería gracias a lo microlocal. Para conocer lo que pasa en la otra punta del mundo quizás nos basta con pasar con las yemas de los dedos una noticia en el móvil, pero para poner en el frigorífico la entrevista a nuestra tendera favorita necesitamos el papel. Ese razonamiento, llevado al terreno de la belleza femenina, es lo que me ha tenido tanto tiempo sin salir por el barrio acompañado de Pablo. A pesar de que desde la vuelta de Honduras y El Salvador -que fue hace unos meses ya, los mismos que llevo sin actualizar esto- a lo único que me he dedicado ha sido, prácticamente, a quedarme plantado entre cuatro calles cercanas. En alguna, por suerte, me he encontrado con pintadas positivas, como esta: FullSizeRender (7)

La verdad es que no sé si ha sido cosa de la ocupación excesiva o de las ganas de arañar más minutos al día. El caso es que mis viajes fuera de la ciudad o incluso mis trayectos a cualquier parte de ella también se han visto mermados a un par de escapadas. Una de ellas fue a Barcelona junto a mi hermano y mi padre. Salimos de madrugada y os juro que mi padre aguantó hasta las cuatro de la mañana del día siguiente sin ningún tipo de sustancia más que buena comida, paseos por la ciudad y una tarde en el Camp Nou con seis goles y una bufanda. Al día siguiente, de hecho, amaneció así de radiante:

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Allí estuvimos con Toni, gran ausencia de un viaje consecutivo a los Caños de Meca donde cada mañana me intentaba acordar de aquella frase que leí en la novela juvenil Firmin, de Sam Savage: “Se tiraba una noche fuera, tal vez dos, y luego volvía con una pinta horrible y se derrumbaba en la cama y pasaba un buen rato durmiendo. Y al despertarse volvía a ser el de siempre. Por decirlo en términos psicológicos, las borracheras son mucho más útiles de lo que la gente piensa”. Me imaginaba que era lo que le pasaba por la cabeza a Javi cada vez que salía de la tienda de campaña tras dos horas de sueño y le seguía hablando como si aún estuviéramos en el chiringuito de la noche anterior. A las 72 horas desde que habíamos salido de la Casa de Campo, cenando de cazuela y calentando agua en el camping gas para una tisana, di una cabezada y Javi exclamó: “¡Por fin se calla!”

Seguramente llevaba ese carrete por los días que habíamos pasado antes en El Atazar. Las lluvia nos confinó a la habitación y, entre películas y las tentaciones de Jara por empezarse El cártel, apenas pudimos ver el embalse. La ventana fue nuestra salvación:

FullSizeRender (8)Ha sido desde entonces, ya en Madrid, desde cuando no he pisado Vallecas de noche y mis viajes se han reducido a lugares céntricos donde comer con personajes como Juanillo o Arcenillas. Entre menús del día en tascas de Lavapiés y presentaciones futuras de libros, recordamos nuestras jornadas centroamericanas. A veces tengo la sensación de emular el relato de aquel ‘Un día más con vida’ de Kapuscinski,  cuando en realidad apenas dimos un paseo. Eso sí, los sobresaltos ante petardos de Navidad o las vueltas de noche por ciudades fantasmas eran más que reales. No quitan que volviese de nuevo. Incluso con un acompañante más, como el que posa junto al fotógrafo en esta imagen:

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Igual que espero volver a salir algún día por Vallecas con Pablo. Es más, espero que Álex, que se pasó por aquí hace unos días, le convenza con la descripción de lo que le pasó a él en un bar cercano, muy parecida a esta de ‘Pregúntale al polvo’, de John Fante: “Vi en el umbral a una mujer que me miraba con sonrisa extraña. No era alta, no era hermosa, pero se me antojó atractiva y madura. Y tenía unos ojos negros y nerviosos. Brillaban como suelen brillar los ojos de las mujeres que ingieren demasiado bourbon, con reflejos cristalinos e insolencia exagerada”. Así, quizás, regresemos al barrio. A lo microlocal. Al futuro. De mi profesión y de mi vida social.

Siete años nuevos.

Teniendo en cuenta que cumplo años el 31 de diciembre, se podría decir que cada año nuevo es más nuevo para mí, a pesar de que desde que tengo algo parecido a la memoria escribo erróneamente el año en que vivimos y la edad en la que estoy hasta finales de abril y que (sin coña) hace unos días no estaba muy seguro de qué cifra estrenaba. Como es así, para solucionar mi despiste en impresos y formularios tiro de agenda. Para recordar cuántos años tengo tiro de la gente que me rodea. En este caso, fue Arcenillas el que, estando en un banco malogrado de San Salvador, hizo cuentas y dijo: 32. Poco después me tocó pedirle la fecha de nacimiento a un ciudadano y fue de nuevo Arcenillas el que hizo la operación matemática que resolviera su edad.

El breve transcurso de 2015 a 2016 ha sido en este caso, no obstante, un letargo canino. En las horas que ha necesitado el calendario para desprenderse de la pared y convertirse en trofeo tengo la sensación de haber avanzado unos siete años. Solo en salud. Mi inteligencia sigue intacta.

Los factores de esta percepción son bien sencillos: en mi primera noche mis músculos de cuello y mandíbulas estaban tan cargados que a la mañana siguiente tenía un trozo de muela en la lengua (tampoco es coña); en las siguientes jornadas al polvo, rehogadas durante 18 horas  de café y cigarrillos, mi cuerpo se quedaba inerme, como una porcelana puesta al sol. Y con la ingesta diaria de un plato de frijoles como único sólido he pasado por fases de diarrea, estreñimiento y la sensación extraña de no saber si tienes órganos o guantes de enfermería. Tres motivos que pueden asociarse a una suerte de madurez física, que no mental.

Nuestros colegas autóctonos, Salvador y Mauricio, no parecían encontrarse en la misma situación. Eran capaces hasta de pedir nuevas lecturas de importación:  FullSizeRender (4)

Cuando todo esto parecía cosa del pasado, nos movimos hasta Tegucigalpa, donde me di cuenta que por más Caribe o Pacífico que hubiera en esta región, el único baño que podía catar era en algo parecido a esto:FullSizeRender (5)

Por eso seguimos en las mismas. Subimos hasta San Pedro Sula y recogimos a Miranda y Orlin, dos periodistas que parecían salidos de Nightcrawler, siempre con una cámara y un pie en el acelerador. Cuando todo se calmaba, desafiábamos al estómago en cualquier chino con platos compartidos para cuatro personas. Ahí seguían siendo compañeros de mesa o trabajo, pero también de fatigas, como muestran sus caras:
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Llegó la Nochevieja y creíamos que ni el trópico iba a mermar nuestra despedida de 2015. En el camino, sin embargo, a por una cocacola desde el hotel a la plaza principal -a dos cuadras-, vimos cómo adictos al pegamentos, ladradores humanos y puestos esquineros retorcían la mirada y recogían el dinero mirando a los dos lados. El resultado, claro, fue desolador: no solo pillamos lo primero que había sino que el hambre provocó una espera agónica hasta las 12 que concluyó con un refrito de Pedroche en Sol, unas uvas como manzanas y una charla posterior que acabó en veinte segundos tal que así, con un Arcenillas durmiendo a pierna suelta:FullSizeRender (3)Porque incluso él, que a veces parece el Tim Robbins de Un día perfecto, dice haber envejecido siete años y escucha a Sabina por las noches, tarareando sus melodías y recitando alguno de sus versos, como este:

Yo quiero morir de vida

Que me maten lentamente

las noches locas, la urgente

felicidad, la bebida,

el tabaco, la partida

de póquer y las ofertas

de tentaciones expertas

con lencería pecado.

Morir mientras soy amado,

vivir porque me despiertas.

Líneas reconfortantes para un fin de año de vestidos tacaños, hoteles de paso y cócteles de (solo) papaya.

Con jota.

Cuando nos cruzamos en el pasillo, ella me miró dibujando un “¿De qué?” mientras hacía un movimiento de hombros solo igualable por Sid Vicious. Gesto que se convirtió en una presentación entrecortada a dos pasos de un bafle. Me dijo “Soy Jara, con jota”, como si hubiera quien lo pusiera con ge o con hache. Yo contesté “Alberto, con be” en un ataque de originalidad impulsado por las latas en la cola de entrada. Al minuto le estaba sujetando la copa, saludando a su grupo colegas y prometiéndole que no iba de buscón, sino que mi amigo yacía en la acera intentado adivinar cómo volver a su casa. En menos de media hora conocía mi intolerancia al gluten, mi intento de profesión como periodista y mi acelerada manera de ocultar nerviosismo.

Nunca imaginé que en la siguiente llamada a Álex le contaría esta historia ni que él me respondiera, como era de esperar, “¿pero qué dices, nano?”. Poco a poco empezó a creerme. Quizás porque le contaba que la había vuelto a ver, que me había pasado tres días seguidos metido en su cuarto o que entre mi preparación de inglés se colaba cada media hora ese Wild Thing de los Troggs y no existía más que una destinataria única para aquel “you make my heart sings, you make everything groovy”.

Poco a poco, Álex se fue acostumbrando a este relato repetido. Mientras, yo descubría que el colacao se come a cucharadas, que la ropa se guarda en el suelo y que la mesita de noche puede servir como una balda más para la vajilla. Hasta ahora, dos años más tarde. Incluso en su cumpleaños -aparte de esos hallazgos- sigo sorprendiéndome cada vez que la veo leerse un libro como Cortocircuito, quedarse dormida en medio de una narración apasionante o decirle a cualquiera “Soy Jara, con jota” sin inmutarse ni henchir el tórax. No importa que esté en El Salvador o en la almohada contigua: siempre se me cruzará por la cabeza el lamento “because I wanna know for sure… I love you” seguido de imágenes como estas:

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Aunque Álex no termine de creerse el cuento del bar y yo disimule. Quizás para no parecer aún más tonto y no tener que improvisar gracietas tan simples como la de aquella presentación en un pasillo con música.

Eso es.

Cuando visitamos a Paco en el hospital tenía la voz débil, llevaba un camisón de estraza que sujetaba a la altura de la pantorrilla cada vez que se movía y alternaba mecánicamente el apoyo del costillar en el colchón. Nada de estos alborotos propios de una dolencia impidió que, al vernos y ser preguntado por su estado, dijera su famoso “Eeeeso es” como respuesta. Lo hizo a un volumen inferior al habitual, pero con esa mezcla de confirmación estirada y duda que lleva empleando en cualquier circunstancia, ya sea conversación dentro de piscina congelada de Salamanca, entre medusas del Mediterráneo o frente a una caseta de la Feria del Libro de Madrid. Expresión tan ligada a su persona que cuando mi padre o algún familiar del entorno la utilizan, por contagio, a mí me parece estar viéndole él. Incluso llego a sentir el frío del agua de la piscina en los genitales.

Esa frescura la conservo desde hace tiempo, a pesar de que las bajas temperaturas llegaron cuatro días atrás. ¿Por qué, entonces? Pues, supongo, que por la cantidad de actividades que me han despistado de este espacio. Una de las primeras, nada más volver del verano en Italia que tan lejano queda, fue gastar un fin de semana entero con la pandilla de la playa. A mediados de octubre, fecha improbable, y vestidos con más ropa que un bañador de goma gastada. En estas 48 horas de hermandad tuvimos tiempo de hablar sobre la coyuntura catalana, decidir qué es más justo en términos fiscales para la población, recuperar los sueños perdidos en redes de voleiplaya y, sobre todo, de mojar la garganta con chupitos de cazalla entre juegos de mus. Tal era nuestra concentración que ni siquiera una cámara intrusa provocaba revuelo, como se aprecia en los labios apretados de Juanas o las miradas inquisitorias de Andrés, Tat y Xavi:

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Salimos vivos de ese retiro como salimos más adelante con vida de otro en la sierra de Madrid. Esta vez era en casa de los abuelos de Javi, amantes de la modernidad en los años cincuenta y ahora convertidos en estandartes del vintage. Nos nutrimos del pollo asado con patatas que vendía la única tienda abierta en fin de semana, de pacharán casero y de conversaciones que ondulaban entre el periodismo y el mundo de posibilidades que se nos abriría en una existencia sin alquileres. Al menos estaban Leyre, Javi, Paloma, Comes, Toni y Anna para posar en las fotos, lo que le daba más enjundia:
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Puestos a encadenar fines de semana -y por no estirar un clímax inexistente- hay que recordar dos más. El primero, aquel que pasamos por Tavernes en busca de una buena paella. Como mi jugada de optar por el Macario (local de solera en la costa del Azahar donde cada ronda debe esperar a que el dueño termine su partida al solitario entre exabruptos y manos grasientas) no prosperaba, llamamos a Álex, amigo franquicia en las cosas del comer. Nos llevó a El Salvador,  mítico restaurante a pocos kilómetros del apartamento que empezó hace unas décadas como algo proletario, de redolins de Blasco Ibáñez, y ahora compite con Can Roca. Así posaban tan contentos después de que fuera un servidor el que pasaba la tarjeta:

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Álex venía de entrenar para un medio maratón y quería reducir su sábado al arroz y el sillón. Lo mismo que hicimos nosotros después. Gracias a eso pude rescatar La transmigración de los cuerpos, de Yuri Herrera, y leer esto: “Él dejó que su lengua fiesteara como fiestea la lengua cuando no le piden verbo”. Tal afirmación, qué pena, me transportó al segundo (y último, de verdad) fin de semana citado. Esta vez en Málaga. En realidad, la llegada fue a Arriate, pueblo del interior en fiestas. Entre pinchos y canciones de Los Delincuentes que Néstor cantaba de medio lado, sacando guasa, terminamos en un bar cerrado con flamenco en vivo. De vez en cuando nos lanzábamos a palmear y seguir las letras como si hubiéramos nacido en la orilla derecha del Guadalquivir. Parecía que, de nuevo, teníamos a Antonio Lucas susurrándonos alguno de sus versos: “Los que nunca se detienen y siempre dan el rostro / y extraen de la tormenta, si tiene, miel difícil / ajenos al cobarde ‘qué dirán’ de algunas sangres. / Pero aún no ha saltado el frío de las ramas. / Aún lo oscuro anuncia un álgebra muy loca. / Aún vivimos de alquiler, de sueño en sueño, / y nunca estamos del todo en las palabras”.

La resaca de este globo de pitorreo nos sorprendió con un reportaje sobre caballos para El País, con el clásico ¿Que pagsa, trongco? de Néstor cada amanecer y con una visita a varios pueblos blancos. Entre ellos Frigiliana, donde Jara, Cristina y Néstor posaban así, como si estuviesen a punto de lanzar un nuevo casete de rumba-pop:

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Quizás son todas estas escapadas las que me tienen entre corrientes de aire frío, alejado de esta y otras plataformas de comunicación. Las que me hacen recordar la expresión del título como una letanía y pensar en todas las expresiones que atribuimos a cada persona cercana y que sólo les quedan bien a ellos, como un traje de alfayate, independientemente del volumen de voz o la intención con la que la usen. Por eso, cuando Paco ya estaba, por fin, en casa, intenté leerle por teléfono estas líneas de Yuri Herrera: “Nunca había tenido que esforzarse para tener con quien coger, y eso a él le daba un poco de lástima, así como le daban lástima los que no saben lo que se siente al ver una gran ciudad por primera vez porque han crecido en ella, o el que no recuerda lo que es sentirse guapo por primera vez, o por primera vez besar a alguien a quien pareciera imposible de besar; todos ellos no saben de milagros”. Para que pensara en la conclusión a la que llega el escritor mexicano y me dijera, como en decenas de escenarios desde que tengo memoria, “Eeeeso es”.

Piquetas.

El peluquero que me cortó el pelo en Nápoles era calvo. Algo que me tranquilizó una barbaridad. Casi tanto como cuando, a finales de los noventa, me atendió un cardiólogo con un ducados colgado del labio y me dijo que tenía arritmia entre toses y esputos. Me da seguridad: creo que si alguien es capaz de distanciarse de la teoría de su profesión, de no tomársela muy en serio y de no hacer proselitismo de su ombligo merece una confianza plena. Por eso dejé que, entre tijeretazos, me contara sus impresiones sobre Messi, Mourinho y la mitad de plantillas italianas sin inmutarme. Sentía que sus manos nunca iban a salirse de mis directrices, aunque se indignara hasta el aspaviento con las decisiones arbitrales del pasado mundial y apuraba la navaja en mi gaznate.

Me pilló en una de las últimas mañanas de las vacaciones. Quizás por eso estaba tan tranquilo. Desde que habíamos cruzado a la zona continental de nuestro destino ya sabía que el regreso era cuestión de kilómetros de carretera. Pero hasta allí había pasado muchas cosas. La más cercana, aquella llegada a Palermo en busca de bares y colchones que nos protegieran la espalda. En este sentido, fue Jara la que se dejó de poemas y puso las piquetas al viaje. Y no metafóricamente: la primera noche que pasamos en Cefalú, a la hora de dormir, se plantó y dijo: “En la playa va a dormir Perry. Yo me monto una cama como dios manda”. No hizo falta nada más. A partir de entonces, buscábamos cada tarde una parcela sin pendiente, a poder ser con dos troncos para la hamaca, y, domesticados, clavábamos la tienda con martillo. Poníamos hasta los vientos. Más o menos como en esta foto:

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Las piquetas también eran simbólicas. Cada mañana, antes de pisar la calle, el plano ya contaba con 15 puntos marcados a dos colores. Por un lado estaban los lugares obligatorios y por otro los complementarios. Entre los primeros no faltaban seis iglesias y un cementerio paleocristiano. Una juerga. En el segundo cabía la posibilidad de entrar en un bar o en un cine. Sólo la posibilidad. Antes teníamos que habernos empapado de mosaicos, frescos y muchos panfletos con números romanos. Por suerte, pudimos comer en un bar de pescadores y aceptar la invitación a cantar Julio Iglesias en un karaoke o pararnos en medio de un parque y sacar a un grupo de sicilianos jugando a las cartas:

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Cuando alcanzamos las playas del sur, con la tienda bien colocada, Pablo exigió dar una vuelta por los bares. “No puedo estar más tiempo acostándome temprano”, dijo, como si fuera un francés de alta alcurnia, antes de recitar a Andrés Caicedo: “Si he gozado la noche, si la he controlado y ya teniéndola rendida me la he bebido toda, pero alto. Yo no soy como los otros hombres, que se caen. A lo mucho terminaré todo desgreñado, lo que me ha dado aires de andar solito en el mundo, por las calles. Y antes de cerrar los ojos se lo juro que pienso: ‘Esto es vida’. Y duermo bien. Pero viene el día que me dice (yo creo que es el sol anormal de los últimos meses): ‘cambia de vida”.

“Los buenos propósitos es al otro día. No he cumplido ninguno. Soy un fanático de la noche. Soy un nochero”, concluyó.

Eso no impidió que la rutina se impusiera más adelante. Nada más llegar a Nápoles, nos metimos en el Museo Arqueológico y pasamos tres horas entre estatuas. Jara empeñaba veinte minutos en cada una. Aún dudo de si las miraba o hablaba con ellas. Dos opciones muy inquietantes, en cualquier caso:

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Pablo, sin embargo, seguía aturdido por el idioma y las costumbres. Se pasaba el día deseando hinchar la piragua y meterse en el agua e incluso fantaseó con cedernos el coche y quedarse a vivir en cualquier pueblo con viñedos. De vez en cuando mascullaba algo así, al estilo de Camba: “Cuando una mujer me habla italiano, a mí me parece como si yo no tuviera nada más que pedirle. Hay, decididamente, en la vocalización del italiano algo tan sensual, que, si yo tuviera hijas, no les permitiría que aprendiesen este idioma hasta después de casadas”.

Pero el tiempo se acabó. Jara empalmó dos catedrales con el aeropuerto y yo me fui a cortar el pelo. Caminé hasta el centro y esperé a que Pablo y Paloma, su madre, me recogieran en una terraza. El coche esperaba los kilómetros de vuelta por tres de las nacionalidades del Mediterráneo. Mientras los recorríamos, entre paradas de bocata en gasolineras y cambios de emisora, Pablo me dijo: “Canijo, no bebíamos tan poco desde aquella vez que tuviste arritmia. Estoy deseando llegar a Madrid y pillármela sin preocuparme de cómo dormiré”. Y me dejó en el portal.

Vallecas, que Juanillo tilda de ‘barrio toledano’, aún mostraba las hojas del otoño y el polen de la primavera, como si ni las estaciones ni los jardineros municipales pasaran por él. Septiembre se abalanzaba sobre nosotros y las actividades del verano daban paso a las de comienzo de curso. Por eso le propuse a Jara ver a Zurbarán en el Thyssen o a Basquiat en el Guggenheim antes de que las quitaran. Respondió: “Paso de exposiciones. Lo único que me apetece es disfrutar de los garitos de aquí y ver los estrenos del cine”.

Pisto.

Con Marta había mucho que rememorar. Desde el sino de cada uno de los miembros de aquella tropa norirlandesa hasta un vómito en mi cama que descubrí del todo varios días más tarde, cuando no era sólo la almohada sino también el suelo. Acompañado por una copa a medias de vodka. Pero no hubo tiempo para el pasado. La mayor parte del rato hablamos de nuestros próximos días mientras ella sacaba paquetes de Marlboro del estante reservado a la leche en la nevera.

Ese futuro nos llevaba a Pablo y a mí de Zaragoza a los Pirineos. Un festival en un pueblo del que desconocíamos su nombre (y aún desconocemos) parecía erigirse como el siguiente destino. Tocaba Calle 13 y el entorno cumplía las dos razones principales de nuestra ruta: tener sitio donde bañarnos y poder acampar sin problemas. Además, se cumplía más de un mes desde el último concierto y queríamos saber si podíamos repetir una noche parecida. Estuvimos viendo a Los Ilegales en el Matadero por la tarde. Con cuatro horas de petacas clandestinas en los bolsillos y un pollo frito en un bar ecuatoriano de la zona a nuestras espaldas, decidimos tirar al centro a pesar del cansancio. El deambuleo por las colas de los bares que cuestan dinero nos hizo conocer a una eslava de mediana edad que ofrecía copas en un bar sin entrada. Dentro, el espectáculo era digno de pagar como si fuera una planta de Madame Tussauds: marcos sin cuadros ni espejos, botellines hasta en el reposapies y una prole compuesta por una coja, un obeso con yintónic y una pareja de eunucos informáticos. Reflexionando sobre cómo revender las copas, apareció por la puerta Jorge, el cantante de Los Ilegales. Como una luz, y no por su calva, nos lanzamos a hablar con él. Dijo, como de costumbre, que era una buena noche para morir y que su formación de boleros y rancheras le estaría granjeando ahora tremendas ganancias, pero que la vuelta con Los Ilegales era lo que le apetecía. “¡Se tiene que hacer lo que te gusta, qué cojones!”, exclamó, acodado en la barra, más o menos con esta cara:

Supimos al instante que se había marcado un gran pisto, pero no le dijimos nada. Su rotundidad y, qué coño, nuestra admiración e hipocresía nos impidieron soltar lo que pensábamos. De allí fuimos a la Gran Vía, principio y final de la noche madrileña desde que la persecución a los decibelios ha hecho languidecer la parranda infinita de antaño.

Volví a casa como vuelve un aprendiz. Y esa sensación tuvimos al llegar a un festival de montaña donde centenares de veinteañeros colocaban sus quechua con habilidad de ilusionista. A nuestro lado se agolpaban tres furgonetas de Manresa que nos guiaron en la compra del calimocho y la zona adecuada para dormir sin trance en los oídos. Dentro del escenario, posible gracias a una negociación de reventa digna de Bernabeu en final de copa, el público bailaba reggaeton como en la pista del Floridita y algunos niños coreaban junto a sus padres “¡Nos gusta el desorden, rompemos las reglas, somos indisciplinados, todos los malcriados!” como si estuvieran en un concierto de Emilio Aragón.

Pasamos tres días más. Nuestra actividad principal consistía en desayunar un café aguado del camping gas y bajar al lago. Algo que hemos repetido en los días posteriores y que se ha ido profesionalizando en el camino a Barcelona, Cerdeña y Sicilia. Ahora, con un coche lleno de latas, tortitas de arroz y una piragua que hace de pasajero, paramos en el arcén y nos metemos a remar en cualquier charca. La ilustración es parecida a esto:

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En el agua se parece mucho más a esta, sacada semanas antes en El Atazar:

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Pero eso es otra gran historia. Dos barcos y ochenta playas más, estamos con Jara en Palermo. Deambulando por bares y conciertos, intentando rascar alguna nueva anécdota y confirmando aquello que decía Galdós en lo único que sé de Galdós: “cama de guijarros hace buenos madrugadores”. Para ejemplo, una tarde que, en medio de la plaza de un pueblo perdido, nos tumbamos a beber agua y terminamos durmiendo uno en un banco y otro en una esterilla deformada. Cuando nos despertamos entre moscas, Pablo se giró y dijo: “Canijo, esto es lo mejor del mundo”. Y llevaba razón: la juventud es un estado mental y no un dolor de espalda. Es seguir acumulando vómitos que recordar diez años después y no atrever a decirle a tu ídolo que se está marcando un pistazo. O eso creemos dos semanas después de arrancar este viaje. Lo dice mucho mejor Antonio Lucas en Los desengaños:

Ser joven es ver reinar el juego

y esperar la madrugada

camuflado de alegría

Ser joven es perder cuanto labramos

hundirse, estar salvado…

Es un tanteo atroz

Huyendo, huyendo siempre

traficando con quincalla en los tejados,

resumiendo en el amor nuestra agonía.

Droja en la bebida.

Hace un par de tardes nos juntamos Comes, Leyre y yo en una terraza de la plaza de la Luna. Habían pasado diez días desde que no nos veíamos y los tres habíamos cumplido durante esos diez días una abstinencia angelical. La abstinencia venía provocada por la última farra, que duraba como si en lugar de una noche por Madrid nos hubiéramos ido de nochevieja a una okupa de Berlín.

Aunque no estuvimos más de lo que soportaron los hielos en la cocacola, nos dio tiempo de recordar ciertos pasajes. “Querías chuparme los pezones”, le dijo Comes a Leyre, “y lo peor  es que estuve a punto de dejarte”. “No era normal”, resumió la aludida, “estoy segura de que nos pusieron droja en la bebida”. Esta tesis tenía su fundamento si la basábamos en que los dos que dimos sorbos a una copa de yintónic nos precipitamos al abismo etílico en cuestión de segundos.

Mi mayor recuerdo de aquello, de hecho, fue cuando, al despertar, Jara se plantó en el pasillo y me señaló el baño: “Menudo regalo has dejado”. Al ver mi obra de arte por las baldosas, intenté hacerme el digno y le recité lo que acababa de leer en Cuatro Amigos, de David Trueba: “Emborracharse en grupo es un proceso lento y concertado de pérdida de consciencia, basado en uno de los principios básicos de la amistad: habrá alguien que te lleve a casa. En el fondo es una forma de sentimentalismo, pensar que no serás abandonado en el lodazal de tu propio vómito. En los grupos de amigos se suele proceder por un orden riguroso de emborrachamiento”.

No sirvió de nada. Me miró sin mucha empatía  y dejó que me achicharrara con una bayeta mientras abrillantaba la taza.

La última vez que Jara había vivido una sensación parecida fue la noche electoral. Entonces, nos juntamos varios en casa de Toni y cada vez que aparecían los sondeos previos de Madrid, Jara gritaba “¡¡¡Yujuuuuu!!!” con una ilusión parecida a la del náufrago que avista tierra firme. Repitió este ritual el otro día, cuando se completó la investidura. Cada vez que Carmena aparecía en su papel de regidora de la ciudad, Jara se golpeaba el pecho y alzaba el dedo al cielo, celebrándolo como un gol de Amavisca. En el gimnasio hicieron lo mismo: dije que entrenábamos con nueva alcaldesa y un compañero hizo un gesto de victoria desde el ring como si hubiera ganado a Mayweather. Más o menos como el puertorriqueño Wilfredo Benítez en esta imagen:

VICTORIA BOXEO CARMENA

Estas reacciones coincidieron con la lectura del que quizás sea el mejor autor español de la última década. Al menos para mi nulo criterio. Hace tres semanas que no podía ni terminar ni dejar de leer Los libros repentinos, de Pablo Gutiérrez. Algo que puede sonar paradójico hasta que te encuentras con cosas así: “La vida de aquellos barones rampantes ya era un guerraypaz de decepciones y tributos debidos; y la de las baronesas, horribles anakareninas sin respiro” 0 “Interrumpieron su laborioso nadaquehacer, discutieron acerca de si las viejas estaban chochas o si había que prenderle fuego al ayuntamiento para responder al agravio, y en la discusión surgió ese espíritu patriótico del barrio humilde y el origen compartido, la minusvaloración, la altivez de cuanto ignoran, el orgullo de no haber salido de allí salvo para ver las procesiones de intramuros, toda esa filosofía del hip hop”.

Oraciones que te empujan continuamente a la relectura, claro.

Y con estas cosas es fácil olvidar en cuestión de horas Senegal, nuestro último destino y principal motivo de la última entrada en este blog. Es fácil incluso con la paciencia africana que hemos adquirido aquí gracias a la frecuencia de metros de la señora Botella. Tampoco ayuda vivir en “la mejor zona de Vallecas” -según la vecina de enfrente-, rodeados de productos exóticos como guayabas y zapotes, que (a pesar de costar como una trufa de Piamonte) te devuelven al trópico incluso con la boina del Pirulí. He llegado a la conclusión (un poco estúpida, sí) de que Vallecas tiene sus propias cadenas y que, dentro de esta jerarquía, los Don Fruta son como el Zara autóctono. O como el Mercadona en Valencia: hay uno en cada esquina.

Otro motivo de desvanecer inmediatamente los recuerdos de Senegal son las instantáneas diarias del piso. En casa, el espacio retrotrae a menudo a ciertas dependencias africanas. Será por el amor de Jara a la idiosincrasia del continente, o porque es historiadora del arte, pero cada cuarto es un homenaje a Dalí:

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DALI CAJONES 1

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DALI CAJONES 2

 

En cualquier caso, lo más surreal de todo desde que llegamos (y desde que esto se quedó en puntos suspensivos) sigue siendo aquella noche de farra de hace un par de fines de semana. Como aún nos golpea incluso después de tomar una lata en el centro, al llegar a casa le conté a Jara -exagerando- que todos los amigos sostenían que nos habían echado droja en la copa. “Quizás ahora que está Carmena va a ser lo habitual”, anadí mirando cómo Jara era incapaz de desviar la mirada de la pantalla, al lado de una piña y un sable, como aparece abajo. Supongo que lo dije por aquello de que ‘el que no esté colocado que se coloque’ y todo eso de hace unas décadas.

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Cambalache.

La extremada educación y cortesía de Pablo desde que ha vuelto de Sudamérica te convierte a su lado en poco menos que un miserable. Por ejemplo: si has comprado un par de cigarros a precio de Cohiba en un chino y llega un adolescente pidiendo uno, sus palabras serán, aproximadamente: “Tome, es suyo igual que mío, parcero”; si al rato se aproxima un pidepelas y suplica un euro para un chute, él le dará el doble añadiendo “Con mucho gusto, caballero”.

Esa es, al menos, la impresión que me han dado todas estas tardes de banco y pipas. Que no han sido pocas: desde que los días se estiran como amaneceres en la sabana, Pablo se acerca a la belleza vallecana del ladrillo visto nada más salir del colegio y aguarda hasta que se hace de noche, despidiéndose en un escenario tal que así:

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Aparte de una confluencia de ternura latina y caballerosidad inglesa, Pablo se pierde en discursos sobre el futuro y la existencia como si se acabara de atragantar con un libro de Jodorowsky. “He aprendido mucho de mi padre”, “Mira a mi madre, qué feliz está” o su preferida “Canijo, ¿cómo soportas la carga de una rutina aplastante? ¿Cómo haces para reprimir esa fuerza interior que nos dice ‘sal, conoce el mundo, descubre cómo son los coches en Holanda, con qué mano comen la pizza en Italia o a qué ráfagas responde el faro de Montevideo’?”.

Ese afán por descubrir nos llevó el otro día al concierto de Malevaje, grupo de tango castizo que ha pasado de reliquia de youtube a minoría de salas. Cada verso que entonaban era respondido por un “Esta letra define mi historia” de Pablo. Hasta que llegó el Cambalache de Enrique Santos y Gardel: Que el mundo fue y será una porquería / ya lo sé, / en el 506 / y en el 2000 también. /Que siempre ha habido chorros, /maquiavelos y estafaos, /contentos y amargaos / valores y dublés. Entonces resopló y dijo “qué cojones, que vuelva el sandungueo” y acabamos en el Cocodrilo. En este bar de Lucero nos hicimos fotos con gafas de sol como si fuéramos Jhonny Cifuentes y Burning nuestra banda, hablamos de cosas prosaicas y nos enteramos de que Álvaro, su hermano, aprendía idiomas gracias al porno: “Ya todo lo busco en inglés”, aseguró, “y hasta puedo mantener una conversación por chat en checo”.

Al rato nos volvimos a juntar unos cuantos y Pablo sacó un retrato con su nueva cámara en una discoteca de Lavapiés que, más que una escena nocturna, se parecía (como se puede comprobar abajo) a una pieza de cámara de la familia real danesa:

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Entre medias se cruzó un viaje improvisado a Senegal. Las ansias por descubrir también de Jara hicieron que de un día para otro empacáramos un petate con mosquitera y tanteáramos la posibilidad de sellar el pasaporte en el aeropuerto de Dakar. No hubo problemas y un mediodía indeterminado ya estábamos en un autobús colectivo viendo cómo los vendedores ambulantes se agolpaban en la puerta y los bebes trincaban de ubres estriadas como si de huesos de mango se trataran. Cada día había un momento -independientemente de la superficie o medio de transporte- en que Jara mascullaba algo así como “Me voy a dormir un pliqui, que me va a dar un jama” y se tiraba a descansar con los brazos en la nuca y la rodilla torcida, para que se notara que es de dentro de la M-30.

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De todos estos días me acordé ayer, cuando escuché decir en el gimnasio “Los puños solo tienen dos posiciones: atacar y defender”. Esa sentencia me trasladó a las lecturas del viaje y en especial a El combate, donde Norman Mailer escribe aquello de: “Archie Moore fue el primero en afirmar que no todos los golpes fuertes eran tan fuertes, que no todas las trampas merecían evitarse, que no todas las oportunidades tenían que aprovecharse, que no todos los agotamientos deberían considerarse definitivos, ni todas las cuerdas molestas para la espalda de uno, ni todos los rincones exentos de espacio para pelear, que ningún golpe que le derribara a uno era parecido a cualquier otro y que no se producía ninguna paradoja sin su correspondiente compensación de potencia”.

Me acordé de Senegal, del vecino de vestuario que explicaba cómo “la gente se cree que en Vallecas somos una manada de pobres, pero sales cualquier noche y todo está lleno”, de las tardes en el banco de enfrente del portal comiendo pipas e imaginando las señales del faro de Montevideo, de las siestas de Jara en una piragua africana, de los libros con el Gambia de fondo y de que, en suma, la refinada educación de Pablo no es más que una forma de protesta a este cambalache vital en el que “si uno vive en la impostura / y otro roba en su ambición / da lo mismo que sea cura, / colchonero, rey de bastos / caradura o polizón”.