Comparsas.

Cuando volvimos de Ucrania, Javi le dijo a Jara: con menudo par de capullos he estado viajando. Se refería a Arce y a mí. Este verano, aterrizando de Georgia, le repitió la misma frase. Era buena señal: significaba que nos lo habíamos pasado de vicio. Nuestra ruta por repúblicas exsoviéticas remontaba el tercer año gracias a un país de montañas y platos cargados de pan. Ayudaron también los partidos del mundial que veíamos en cada pueblo y al todoterreno con el que parábamos en cualquier arcén donde había posibilidad de baño.

Antes de llegar a Barajas, pasamos unos días en los que los proyectos periodísticos se iban al pozo, pero en los que todo daba lugar a una anécdota. Desde el mismo hostal de Tiflis, donde un tremendo olor a genitales invadía el salón, hasta la vuelta por una cordillera que, lejos de procurarnos una buena travesía, se quedó en tres tardes de bar y un amortiguador roto. No hubo tregua: cada trayecto, cada comida o cada cena eran motivos de risa. Respondíamos a un plan no escrito pero que, al final, se basaba en el horario de la Copa del Mundo: por las mañanas veíamos los lugares que Javi había marcado y por la tarde apurábamos la carretera hasta encallar en una plaza donde pusieran el encuentro de turno.

Vimos las eliminatorias de Uruguay, Argentina, Brasil, Croacia y hasta España. A este último le despedimos en un chiringuito de un parque perdido entre balnearios. Cada vez que había una ocasión peligrosa -y fueron pocas- algún cliente le pedía al chico de la barra la consumición de rigor para que tuviera que alejarse de la pantalla. Parecía casualidad, pero hubo un momento en que se daban codazos para ver quién era el próximo que le jodía el partido. Usaron la técnica hasta para espantar al único ligue posible que tenía el pobre camarero en toda la provincia.

Nosotros seguimos a lo nuestro, aunque la selección hubiera perdido. Leíamos en los ríos, comíamos moras a puñados, pagábamos multas de tráfico y organizábamos cosas que nunca funcionaban. Eran jornadas maravillosas. Incluso parábamos en el arcén de caminos secundarios a contemplar el atardecer. Para que supiera la nación entera que éramos gente intensa y con sensibilidad a la belleza, como se observa en esta foto, de preciosa estética:

También desenterramos esa sensibilidad en la despedida de Julio. Una celebración dividida en dos con un solo hilo conductor: la farra. Por la mañana paramos en un parque multiaventura de Madrid y nos tocó hacer ejercicio. Por la tarde nos fuimos Juanas, Jorge, Julio, su primo y yo a nuestra clásica ruta salmantina. Tuvimos problemas por no cumplir el código de vestimenta que exigían los bares: el novio iba con un atuendo fálico que, al parecer, no se adecuaba al decoro que exigían sus políticas. Después de merodear por varias terrazas, accedimos a un sótano con chupitos y garrafón. Todo perfecto. Habíamos sido rechazados en la puerta de al lado y el primo de Julio dejó claro su parecer: “Si no nos dejan entrar disfrazados de polla, ese no es mi bar”. Aquí, la prueba gráfica:

Poco antes de esta celebración había estado en un rincón de Alemania, caminando entre castillos bávaros y escapándome a Heidelberg. Allí me recibieron Marta y José, que se encargaron de pasearme por la ciudad, cebarme a comida y bebida o tratar de hacer planes en bici con una niña recién nacida y las calles llenas de mercadillos, atracciones esenciales para los lugareños. En las fotos se ve cómo hacían lo que podían por entretenerme:

Quedaba el plato fuerte. Agosto se echaba encima y teníamos por delante una ruta por las Azores. Íbamos Jara, su padre y yo. Un mes en el que vimos enseguida cómo y por qué cualquier descripción de las islas comprendía ‘verde’ entre sus palabras. Lo que no ponía era que la rutina se asemeja a la de España, con señores jugando al dominó en una sobremesa interminable:

La nuestra era sencilla: chapuzones en la playa cada dos horas y rutas de senderismo entre medias. Nos movimos de una a otra en barcos silenciosos a pesar de los niños, acostumbrados quizás a la calma portuguesa. Gracias a los trayectos, cambiábamos libros como cromos. Algunos tenían un sello de Jara, que me dejó bien claro lo que significaba: “Si lo tiene, es mío”, soltaba sin importarle que hubiera revuelto durante horas en una librería de lance para conseguirlo o que lo hubiera pedido a propósito para que llegara en un sobre a mi nombre. En uno de estos últimos –Conversaciones entre amigos, primera novela de Sally Rooney- ponía esto: “Cerré los ojos. Las cosas y las personas se movían a mí alrededor, ocupando posiciones en oscuras jerarquías, participando en sistemas de los que yo no sabía y nunca sabría nada. Una compleja red de objetos y conceptos. Tienes que vivir ciertas cosas para poder entenderlas. No siempre puedes quedarte en la perspectiva analítica”.

Me acordé (no solo por el título) de todas las pandillas que iba alternando, de la suerte que tenía por ignorar cualquier análisis científico y dedicarme al pragmatismo puro rodeado de gente. A ese que consiste en mirar de cara los gatos -incluso si son salvajes- y en quedarse dormido en el suelo, como le pasaba a Jara mientras avanzaban las semanas:

 

Pensaba en esas pandillas de amigos que me estaban acompañando desde hacía tiempo y en la diferencia a la hora de comunicarse en tu lengua materna con alguien de fuera. Que es lo que me pasó en Cascais cuando vi a Pipinha y Cinha. Con sus cuatro niñas tenía que ir más al grano, porque pensaban que hablaba un mal portugués y se burlaban de mi pronunciación. Más o menos lo que afirma Pablo Gutiérrez en su último libro, Cabezas cortadas: “Hablar en un idioma impropio es una forma de guardar silencio y también una forma de liberación, como si la ignorancia nos obligara a eliminar lo que sobra y a decir lo que sirve”.

Algo que no nos pasa en España. Aquí había pasado unos días con Pablo en Ibiza. Probamos sus playas entre charlas interminables y dormíamos en el coche tras una cena de gastronomía local: arroz y salchichas al camping gas. Por la tarde nos sentábamos con la nevera y dábamos la impresión de seres contemplativos. El único momento en que dejamos algún rato de reír fue en Atlantis, una playa que nos había recomendado Javi y que nos dejó mudos. Era más o menos así:

Hallazgo que tenía más sentido después de varios días buscando playas. Incluso en Gran Canaria, donde confirmamos que a Xavi siempre se le ha dado mejor elegir bares. Cumplía unos meses en la isla y nos reunimos en su casa los de la pandilla. No era Colombia, pero tampoco lo echábamos de menos. Una tarde nos fotografiamos poco después de echar unas palas y digerir la barbacoa de la noche anterior:

Quedaba poco para el verano y evocamos aquellos en los que nos habíamos conocido. Sumábamos más de 20 juntos y teníamos carrete de sobra para chascarrillos e historietas de adolescencia. En un momento dado, nos recordamos liderando un grupo mixto entre partidos de voley y bailes de discoteca. En realidad, esa impresión era falsa: toda nuestra vida habíamos sido títeres de los demás, persiguiendo mujeres imposibles que en algún guiño creímos nuestras. Xavi rompió una lanza en nuestra contra y dijo: “¿Sabéis cómo llamo yo a lo que éramos? Comparsas”.

Basta con fijarse en los álbumes antiguos para darse cuenta de que era así: cumplíamos el mero papel de acompañantes. Lo comprobé mirando fotos en Las Matas, justo después de que mi madre nos dijera a mi hermano y a mí que jamás dejaría su futuro en nuestras manos: “Tengo pocas cosas claras en mi vida, pero una de ellas es que no querría que me cuidarais vosotros ni aunque no me valiera por mí misma”. Las primeras instantáneas que recuperé estaban fechadas en 2001, año bisagra entre nuestro nacimiento y la edad actual. A tenor de las caras, es fácil darle la razón a Xavi:

No teníamos ni idea de qué iba la vaina, es cierto. Ni siquiera cuando nos vimos hace unos días en Tavernes y lo volvimos a hablar. Allí se unió Lelo, que coincidía en esa imagen distorsionada que teníamos de nosotros mismos: “Tiene razón Xavi: éramos perritos falderos”, zanjó. Para mí, no obstante, ser la comparsa se alzaba como moneda de cambio para no suspender ninguna asignatura del curso.

Sin pensar que, aunque hubiera sacrificado un verano en Madrid, tampoco habría sido tan grave. En esta ciudad -al contrario que en Georgia- los planes nunca fallan. Como dice Antonio Gómez Rufo en Madrid bajos fondos, “la gente se traslada de un sitio a otro, constantemente, de aquí para allá, o se queda en las calles, de tertulia, improvisando una charla o disfrutando de una conversación. Terrazas , soportales, corralas, esquinas… Dentro y fuera, a la intemperie o al abrigo de la calle, los madrileños viven la noche como si el día siguiente no existiera”. Y sigue: “Queda poco para volver a empezar. El día comienza de nuevo y empieza el vértigo hasta que caiga la noche y Madrid despierte sus sentidos, hasta que sea llegado el momento en que, a flor de piel, se vuelva a vivir una fascinación que no parece tener fin. ¿Quién piensa en el fin? En Madrid no queda sitio para la tristeza”.

Tampoco ha quedado hueco para la tristeza en ninguno de los sitios que he pisado estos meses. Es más, ha sido tal desparrame que, en un momento dado, Lelo dijo: “Dos días más juntos y no salimos vivos”. Tenía razón. Y no me hubiera importado lo más mínimo, siempre que se repitieran tantos viajes, ya sea de comparsa o de capullo.

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Cafés.

Me había prometido no tomar café más tarde de las cinco. Como muchos otros juramentos, tampoco cumplí este. Ni siquiera acordado conmigo mismo. Entre las siete y las nueve, hora en que salía el tren, ya me había terminado dos tazas con posos y un té de bolsa. Cualquier egipcio que se acercaba me ofrecía un vaso humeante. Débil como soy y propenso a invitaciones callejeras, acepté todo tipo de estimulantes. Al poco me vi en un vagón nocturno con las pulsaciones acompasadas a su torpe traqueteo y con las pupilas de la misma intensidad que los fluorescentes. Esa luz que permitía a vendedores, pidepelas y demás pelaje urbano trajinar en el pasillo como por cualquier avenida durante las diez horas de trayecto.

Llevaba cuatro días en El Cairo y ya había echado unas tímidas raíces de la mejor forma que se me ocurría: cortándome el pelo y cerrando los locales que venden alcohol. Al peluquero que me adoptó como cliente le temblaba el peine cada vez que me lo pasaba por el lateral y se le quedaba trabada la maquina en cuanto la acercaba a la oreja. Algo que arreglaba de forma poco ortodoxa: lubricando la cuchilla con un escupitajo cascarilla. Así la desatascaba y permitía su roce con mi cráneo, cada vez más parecido al de los curiosos que se agolpaban en la puerta: muy corto por los lados, mullido en la superficie. Terminó la tarea entre toques oblicuos de tijera y un afeitado a navaja que no excluyó su rociado de perfume y un buen pegote de loción. Colocó todo en la barandilla y sacó pecho, siendo recompensado con un precio a elección y esta foto:

Aún quedaban un par de jornadas hasta el fatídico viaje nocturno, donde la fiesta del té continuó en la cafetería. Uno de los amigos que se acercaron en el andén me sacó del asiento y me llevó hasta la barra para que pidiera más infusiones con mucho azúcar. Daba igual el sabor. Pretendía que alcanzase Luxor en vela y con los dientes del mismo tono ocre que sus compañeros de pitillos. Como es normal, no pegué ojo. Y me pasé varias horas deseando estar como este otro paisano que vi después, esta vez en un tren de día:Sobreviví a los viajes entre ciudades más o menos entero, a pesar de que cada uno tenía sus normas. Por ejemplo: en aquel que conectaba de Luxor a Asuán, las puertas de entrada ejercían de ventilador, abiertas de par en par y sirviendo de apoyo para fumadores ensimismados. A un paso de las vías. Las ventanas se mantenían subidas no solo por necesidad, sino por su estado natural: incrustadas entre cristales pegajosos desde las obras de la primera presa del Nilo. No existían categorías de convoy ni huecos reservados: en un departamento de cuatro asientos se podían llegar a congregar hasta ocho personas y las bandejas para las maletas servían como un colchón viscoelástico para niños y deseosos de una cabezadita. Enfrente de mí, una pandilla engullía pipas e intercalaba cigarros en silencio, escrutando cada uno de mis movimientos y ofreciendo de su almuerzo cada vez que cruzábamos  la mirada. Cuando les tocó bajarse, separaron con el pie la duna de cáscaras que habían formado y se despidieron entre caladas.

La siguiente ciudad, Asuán, me recibió a una hora inmisericorde que cambió cuando bajó el sol frente al río. Todo mudó al ámbar y hasta las viejas fachadas de la cornisa parecían una obra de arte. Ya de noche, le pude contar a Jara mis últimas visitas a templos, galerías, ruinas y museos. Una rutina que comprendía varias horas al día y varias revisiones a la guía para tratar de recordar las dichosas dinastías y sus protagonistas. “¿Cuántas tumbas has visto?”, inquiría. “Seguro que has pasado a tres y te has dejado las otras 59”, acusaba. Cuando le conté que vaya barbaridad la tumba de Tutankamón, exclamó: “¿Tutamkamón? ¡Una mierda comparado con Akenatón!”.

Dejé los exámenes de civilización egipcia en Abu Simbel, última parada faraónica del viaje. Allí se percibían las esculturas entre una turba de turistas. También se coló lo que imaginaba como un extra de Mad Max y resultó ser una periodista china de vacaciones. Cualquiera lo diría:Continuó el camino con una separación del cauce más común de las rutas por el país. Desviarte de esta columna vertebral que es el Nilo entraña ciertos riesgos: se pierden las posibilidades de ser atosigado por los patrones de las barcas y aboca al autobús o, en su instancia, a las furgonetas. Esa misma noche estaba en una estación perdida, en una ciudad perdida, intentándome entender con varios parroquianos que miraban el fútbol alrededor de un puesto de cafés. Tentado a no tomar ninguno, me rendí -como en el primer tren- y aposté por la receta opuesta: en cuestión de minutos estaba pasando vasos de mano en mano. De repente, el chófer me dijo que el coche a Horghada saldría en diez minutos.

No se equivocó del todo: salió, dio varios paseos por los alrededores y regresó a por más clientes. Una hora más tarde estaba en el mismo puesto, con los mismos amiguetes esperando una segunda ronda de cafés. Esto provocó que la noche se adueñara de ese rincón ilocalizable y que saliéramos en silencio de madrugada, botando con cada bache y guiándonos por unas fatigadas luces delanteras. Como las tres horas que habían calculado se presumían cuatro o cinco, decidí compartir mi música del móvil y amenizar la ruta. La reacción inmediata fue de júbilo. Cada pasajero le explicaba al de al lado que estábamos escuchando música española y a mí me animaban a seguir poniendo más temas cada vez que se acababa una canción. La falta de prejuicios y de idioma para entender las letras ejercía de verdadero medidor del gusto popular. Conclusiones sacadas con parte del repertorio: Kiko Veneno y Estopa, bien; Rosendo y Barricada, mal.

Iba, a pesar de mis promesas vanas, con otros tantos cafés encima y la responsabilidad de entretener a la concurrencia. En medio del trayecto paramos en pleno desierto. A los lados de la calzada, las brasas de los pitillos recortaban el negro infinito. Las estrellas refulgían y yo pensé que aquel era un buen momento para desmembrarme, dejarme sin blanca y esperar a que me comieran los camellos.

Nada de eso ocurrió y llegué sin problemas al Benidorm del Mar Rojo. Un par de días después pasaría por Alejandría y abandonaría este tremendo país con los cantos del almuédano al atardecer y un tren similar al primero. Esta vez con la determinación de pasar el rato en la cafetería, atiborrándome a cafeína para las horas de espera en el aeropuerto. En la línea de embarque pensé en aquellos encuentros iniciáticos de barra y traqueteo de raíles y llegué a la conclusión de que a lo mejor había exagerado un poco. Total, como dice Sabino Méndez en su Corre, Rocker, es en los propios recuerdos donde uno se siente más cómodo. Sean o no verídicos. Extiende esta afirmación David Carr en La noche de la pistola: “Los recuerdos suelen estar basados en lo que sucedió, pero se reconstruyen cada vez que se evocan, de tal forma que los hechos que recordamos con más frecuencia son los menos exactos. A la mente nos viene el recuerdo, no el hecho. Y la memoria utiliza elementos de la ficción -los detalles físicos, el arco argumental, los personajes y las consecuencias- para ayudar a explicarnos a nosotros mismos y a los demás”.

Me pasará de nuevo en el próximo viaje. Con más cafés y más promesas incumplidas.

Patria.

Verdad de perogrullo: la patria es la infancia. Quiero añadir: la patria es la familia y las calles por donde caminas junto a ella. Entendiendo por familia a toda una comunidad de padres, hermanos, tíos, primos y amigos. Al menos, ese es mi caso. Lo noto cada vez que piso Las Matas y me doy cuenta de que no me independizaría ni de un vecino adicto a las raves, pero sí lucharía por no perder ese parque en el que aprendí a montar en bici, esa cancha donde sufrí el primer culé o ese tramo entre bares donde alguno de mis compañeros nocturnos se colgó de mi hombro y dijo alguna palabra de amor, inteligible o no.

La patria es la infancia para mi padre, que cada vez que se vuelca en anécdotas del hambre nos traslada a la Avenida de la Estación de Salamanca. O para mi madre, que siempre dice “La Plaza” al recordar a mi abuela y todos pensamos en los adoquines y la fuente de Las Rozas. También representa para ella esa imagen de dos niños pulposos que jugaban en el salón de arriba mientras mi padre nos hacía esquemas de las asignaturas y ella se fajaba entre fogones o kilos de ropa sucia. Habernos tenido en tales circunstancias hace que cada vez que le digo que estoy engordando responda como solo una madre puede hacer: “No, estás fenomenal. Y si estuvieras engordando, mejor: más guapo”.

Algo así me dijo el otro día en la cocina, mientras preparábamos -esto es: ella hacía todo, nosotros mirábamos- la cena. Navidades es buena época para plantearse lo que es la patria. Te juntas con aquellos que piensan diferente y comes o te pasas la tarde dándote sardinetas o calmantes mientras ves un partido de fútbol. Como si siguieras en el instituto. Eso no hay procès que lo mejore.

Es lo que hicimos hace un par de semanas. Lo ilustran estas fotos. Una es de hace más tiempo, pero aporta dos cosas muy claras: cómo un juego congrega a cualquiera y cómo mi primo, ingeniero de altas esferas, se desabrocha el polo, saca pecho y se troncha si gana algún punto:  No hace lo mismo en esta otra ocasión, más reciente, en la que ni su técnica de terrateniente contumaz le llevó a la victoria:De muchas de estas cosas no solo me di cuenta en navidades. También me pasó hace no tanto, en Colombia. Volvía a Santa Marta después de cuatro días de ruta y, a pesar de las redes y la hiperconexión universal, me enteré con 48 horas de retraso de los atentados en Barcelona. Vi todo de golpe y me pasé una tarde hablando con mi hermano y Jara para que me explicaran cronológicamente qué había pasado. Abrí noticias y galerías de imágenes y, de repente, me puse a llorar. Sonaba bachata de un garaje, llovía a cántaros en una de esas tormentas tropicales que inundan las calles y yo me imaginé el sufrimiento de la ciudad y de los familiares como si fueran míos. No me había pasado antes con miles de noticias similares refridas a otros lugares del globo: nuestra empatía, ya dice Muñoz Molina, es limitada.

Otro motivo para pensar en la patria es cumplir años. Lo hice hace poco y noté cómo era un buen momento para pensar qué significaba ese término. Para Jara, que los cumplió tres días antes que yo, está claro: la patria es una mesa llena de libros imbricados como tejas, supurando por los bordes, como la del estudio de Vallecas:Sin darle más vueltas al concepto y con varios meses de estancia en Madrid para macerarlo, sólo quedaba escaparse al hayedo de Tejera Negra, antes de que empezara el frío. Se había demorado el otoño un mes y escogimos el domingo que mejor se veían los colores:Igualito que Roma, donde da igual la época en la que vayas. Siempre te acompaña esa frase de La gran belleza: “En Roma no puedes destacar sobre los demás más de una semana. Luego te llevan de vuelta a la zona de los mediocres”. Allí buscamos la azotea de la película cada noche. Mirábamos hacia el cielo frente al Coliseo y solo nos encontramos estampas como esta:Otra de las cosas que se dice en la película es que “de vez en cuando, un amigo tiene el deber de hacerle sentir al otro como cuando era niño”. Así que entre navidades, cumpleaños, reflexiones sobre patrias y algún que otro reportaje, nos fuimos Pablo y yo a Cuenca. Cada poco tiempo poníamos ‘Mi vida entre las hormigas’ y gritábamos: “No me dan miedo los caprichos de la suerte / la certeza de la muerte / o lo que pueda perder. / Siempre zumbado, como fatal avispero, / demostrando al mundo entero que la vida acaba mal”.

Lo cantábamos de día y de noche, en carreteras vacías y en bares donde pinchaban Ilegales para una prole de defenestrados. Nuestras conversaciones giraban sobre viajes, países y proyectos. Las charlas entre casas colgadas y cuestas empedradas daban lugar a la nostalgia. Algo que Pablo zanjaba de manera sencilla. Decía: “Canijo, ¿tú te sabes eso de que “lo que no te mata te hace más fuerte”? Pues es mentira: lo que no te mata te hace más malo”.

Turismo.

“Mil pesos por muerto”. Es lo que me dijo la librera de Bogotá a la que le pregunté por ’35 muertos’, de Sergio Álvarez. Solté los billetes sin dudarlo: no dejo de recomendar esta obra maestra, que explica la personalidad de un país como Colombia en frases aparentemente nimias: “Me hice comunista después de un orgasmo”, dice en uno de los pasajes, o “pensé en toda la gente que había pasado por mi vida y me di cuenta de que todos ellos estaban muertos, desaparecidos o, simplemente intentando olvidar el sino de haber nacido en una tierra donde la muerte y el caos montaron una ruleta macabra”.

Andaba con Neto, que me había acogido en su piso como a un compañero de larga estancia: entre Sol y él montaron un cuarto con colchón, mesita de noche y lampara. Cada mañana, además, nos sentábamos con un café y nos pasábamos dos horas de charla antes de decidir dónde dar una vuelta. Llegó incluso a hacer una ‘torta de papas’ (es decir, tortilla de patatas) que llevaba entre medias salchichas. Toma ya. Y por la noche nos lavábamos juntos los dientes antes de darnos las buenas noches y leer en paralelo. Un día fuimos a ver humedales a las afueras. Otro caminamos por una loma en un barrio donde siempre estabas subiendo cuestas. Hasta me hinchó una bici para que pedaleáramos por el jardín botánico. La tarde aquella del centro, sin embargo, nos anclamos tres horas en la calle de los segundazos y buscamos autores y sus obras con una lista en la mano. Más o menos así:

Estábamos en Bogotá, esa ciudad “cambiante y móvil” en la que solo La Candelaria permanece estática, según Juan Gabriel Vázquez. Y tocaba salir de noche. Neto estaba con pruebas médicas y no podía beber alcohol, así que nos fuimos a un par de boliches a tomar “aromáticos”, unos tés que, según donde lo pidieras, llevaban más fruta que agua. Vimos a un grupo de mexicanos salseros, nos quedamos en silencio dentro de los locales de tertulia e incluso entramos en su facultad antes de una explicación cronológica de la historia de la Universidad Nacional. Fueron días perfectos en los que me acordé de esas líneas de Lawrence Osborne en El turista desnudo: “Adoro las ciudades. Tiendo a ser turista urbano. Sintiéndose en casa y forastero a la vez, el viajero se abre camino entre la basura y los escombros para encontrar un poco de paz”.

Lo pensé hasta que llegaron Juanas, Cobra, Andrés, Mer y los demás asistentes a la boda de Xavi. Entonces matamos Bogotá entre tragos de tequila y tiramos hacia Girardot con la idea de seguir inmolándonos. Lo hicimos: en dos noches tuvimos dos fiestas en casa en las que los colombianos ponían la música, bailaban y reían mientras nosotros servíamos las copas. El día de la boda duró las 24 horas acordadas y el avión de vuelta se convirtió, por tanto, en un tormento. Como tiendo a hacer un ejercicio de nostalgia en cada aeropuerto, y como tenemos ahora redes sociales, álbumes y tarjetas de memoria para ver todo con la palma de nuestras manos, derramé alguna lágrima por el tiempo pasado y bostecé algún que otro lamento por no estar ya pisando Madrid.

Entre los recuerdos: imágenes en bañador, rutas perdidas cerca del Caribe y miles de instantes buenos y malos. Como dice Osborne, “viajar nunca es fácil, los contratiempos y el aburrimiento, los enlaces perdidos y las horas vacías son el precio que hay que pagar ara dejar nuestra vida real y entrar en una ficticia”. Llevaba en la ficción un par de meses y tocaba volver a la realidad. A hacer turismo en terreno conocido. Y a rememorar las sonrisas y ojos cerrados que solo pueden retocarse en la ficción:

Porque la realidad pasa por encerrarse frente a una pantalla y ver el mundo desde fuera. No envolverse de él, que es lo que buscamos cuando salimos de turismo, a pesar de emplear más horas pidiendo claves de wifi que tomando aromáticos con un lugareño. La realidad significa plantarse frente a la pantalla y visitar a algunos colegas para darse cuenta de que ni lo que contaba Julio Ramón Ribeyro existe ya en este mundo aséptico. Así describía el escritor peruano el oficio: “Dicha agencia, diré de paso, era no solo una fábrica de noticias sino el emporio de tabaquismo. Por estadísticas sabía que la profesión más adicta al tabaco era la del periodista. Y lo verifiqué, pues las salas de redacción, a cualquier hora del día o de la noche, eran espaciosos antros donde decenas de hombres tecleaban desesperadamente en sus máquinas de escribir, chupando sin descanso puros, pipas y pitillos de todas las marcas, en medio de una espesa bruma nicotínica, al punto que me pregunté si estaban reunidos allí para redactar las noticias o más bien para fumar”.

Pitillos aparte, cualquier septiembre suele ser el fin de un universo paralelo en el que, contradiciendo a Woody Allen, sí que te puedes tomar un filete en condiciones. O mejor, un sanwuche choriroyal:

 

Gueto.

La mejor librería de Medellín está en el aeropuerto. Sin orden alfabético ni separación por temas, los libros se apilan en pequeños bloques con números que las dos dependientas conocen al dedillo. Cuando fallas en tu petición, ellas responden al unísono: “A ese señor no lo tenemos”. Cuando das en el clavo, ambas debaten hasta ofrecerte una explicación de cada una de sus obras. En un minuto comparan a Caicedo con Vallejo y, ante cualquier caso, concluyen con un silogismo infranqueable: “A algunos les gusta y a otros no”. Pasé casi media hora viendo cómo se turnaban para subirse a una mesa, remover ejemplares y bajarme con cuidado el más indicado. Piqué solo con dos, pero si llegan a ofrecerme algo de botánica o pesca, los pillo sin dudarlo.

Quizás sea mi debilidad por lo colombiano o –lo más seguro- mi capacidad para ser convencido de lo que sea, incluso partiendo de una posición opuesta. Sobre todo si el contrincante lubrica las palabras con el jabón lingüístico de estas latitudes. Entonces no tengo remedio. Se hace más brusco cuando uno anda de viaje, huérfano de apoyos contextuales y vulnerable al juego más zafio del lugareño contra el turista.

Va siendo así, por lo menos, en estos últimos meses.  Desde aquel fin de semana en Tavernes que dio un pistoletazo de salida al verano. Fuimos seis y terminamos ocho. Entre la playa -con sus campeonatos de palas, de coger olas en la orilla o de pedir la sepia más cruda- y el concierto en homenaje a los noventa, las 48 horas de escapada se estiraron hasta parecer que regresábamos un martes.   Nada lo hacía presagiar, viendo lo comedidos que empezamos:

Desde aquella fecha, el carrusel del tiempo jugó en contra. Un junio tórrido encadenó dos días dando vueltas por el Mar Menor y un vuelo perdido a Polonia. En la primera parada nos atendió Cerezo, que –digno de su hospitalidad- recibió a tres tipos hambrientos de madrugada, reservó unas ascuas para los pinchos de carne y acumuló medio tanque de hielos para que las copas estuvieran bien frías. Cada jornada acababa entre risas, chistes repetidos y la promesa de un baño que se forjó milagroso.

Volvimos a Madrid y mi familia merecía una comida. En el escaso rato entre terminales pudimos cumplirla y mi madre me dijo: “Y ahora otra vez fuera. Eso es lo que te gusta, ¿verdad?”, sin saber si lo decía como el tutor que anima a su discípulo o con el retintín del progenitor fatigado.

Efectivamente: al rato estaba durmiendo en un sillón de casa de Javi y Leyre, esperando una alarma que nunca sonó y corriendo a un low cost dirección Varsovia, una de las capitales más insulsas de Europa. Allí recogimos a Arcenillas y enfilamos al norte. Dos días sin bajarnos del coche derivaron en una visita urgente a Auschwitz. En un momento dado, llevaba el volante y, tratando de cambiar de marcha, subir la música, poner los limpiaparabrisas y dar al intermitente, se me caló. Javi, a mi lado, me miró y dijo: “Qué buena metáfora de tu vida”.

Triste y obligada parada en ruta, Auschwitz se estiró en una noche con tienda de campaña y varias horas entre barracones. No volvimos a lucir sonrisa hasta la siguiente parada, Cracovia, donde Solène apareció de repente, por pura casualidad, por detrás de nuestro banco. Engullíamos salchichas y acabamos de bar en bar, amaneciendo en un país en el que a las tres de la mañana el sol cenital cegaba a los transeúntes. Así estaban ellos dos en Bikernau, para hacerse una idea:

Como era de esperar, nuestro regreso, que era directo a boda, fue una agonía. Jara, Leyre y Comes, que lo intuían, pasaron del plan inicial y organizaron una alternativa. Consistía en alcanzar una barraca del interior valenciano desde el aeropuerto. En taxi. Y sin cobertura. Juraría que el chófer no había catado semejante carrera ni en los días de la ruta del bakalao. La farra justificó tal dispendio. Cachondeo sin pausa que finalizó con una paella al aire libre y un día libre antes del siguiente destino, Lima:

Siguiendo esa máxima de Salcedo Ramos, que dice que “buscamos en las ciudades visitadas el mismo gueto al que pertenecemos en nuestros lugares de origen”, nos metimos en un apartamento de Barranco. Bares, artesanos y cuadras coloniales que, a pesar de  haberlas visitado con anterioridad, nos sorprendieron. Tanto es así, que cuando subimos hacia Huaraz, nuevo para Jara, sólo recordaba esta estampa tan habitual:

Caminamos a una laguna, reservamos para cada una de las ruinas precolombinas que encontrábamos al paso y confirmamos esa concepción ya asumida de que Perú tiene unos habitantes tan amables y generosos que ponen en evidencia al miserable interior de cada uno de nosotros. La guinda llegó con un par de sesiones de cine en Tarapoto y Pucallpa. En esta última ciudad, y ya con Arcenillas dispuesto a reportajear hasta sobre el secreto del cilantro, declinamos el trayecto en barco que habíamos previsto. La razón: un buque atestado que debía esperar a cargar toneladas de cemento en sacos y cinco días en hamaca, sin pisar suelo. Y eso que en las fotos no sale tan mal, a pesar de mostrar la tremenda accesibilidad del puerto:

En Medellín –selva, ríos y avión aparte- volvimos a esas anteojeras de gueto que enfocan nuestras visitas. Hicimos de una ciudad ilimitada nuestro pequeño barrio. Ensalzamos eso de que “viajar es aprender para luego olvidar”, que también sostiene Salcedo Ramos (se nota que salió rentable la compra en la librería), y repetimos uno de los rincones que –este sí- aún quedaba en mi memoria: el parque Botero. A mediodía la gente ya andaba por allí como si nada, ignorando las esculturas del artista local y haciendo gala de esa gracia ‘paisa’ que luego convierte en secos al resto de compatriotas:

Y ahora, en Santa Marta, el viaje toma un rumbo inesperado. Uno de eso reveses que sirve para poner escala a los problemas cotidianos ha desencadenado días próximos de reflexión. Nada mejor para ello que recurrir de nuevo (última vez, lo juro) al periodista barranquillero: “A mi edad miro lo que ya perdí como señal de lo vivido. No corro pero llego lejísimos caminando, no bailo el fandango con velocidad pero termino la canción. Amo las palabras que todavía no he dicho, los besos que me faltan, los mimos que la vida aún me debe, y un par de ojos en los que apenas empiezo a mirarme”. Vale para pensar en esos rincones repetidos, en esos sobrinos que no esperan, en esa familia que merece comidas, cenas y ningún disgusto más, en los amigos que quieren bailar o inventar boleros contigo y en los viajes que se ejecutan para sentirte como en casa. Porque, haciendo caso a Montero Glez en su Pistola y cuchillo, “me parece a mí que siempre se recuerda en beneficio propio. Es tanto el empeño que uno pone en el asunto que uno llega a reunir lo que nunca sucedió”.

San Patricio.

La primera vez que celebré San Patricio fue en Belfast, rodeado de hoolingans norirlandeses que ondeaban a nuestro lado una bandera de Scarface. Nos dedicamos, como oriundos, a beber durante doce horas a la intemperie. Con temperaturas del marzo en Belfast y latas templadas. En algún momento nos metimos en un pub.

Doce años después, coincidiendo con el mismo festejo, nos reunimos parte de la comitiva y repetimos la jugada. Esta vez no hubo ni bar: sólo una mesa en una casa de Madrid con cuencos de encurtidos. Marta, principal promotora y responsable de la compra, primó la vinagreta al salado y nos sirvió dos kilos de pepinillos. Parecía condición inapelable acabárselos antes de irse a dormir.

Casi todos cumplimos. Menos Haritz, que cuando ya llevábamos ocho horas en el sillón y habían decidido por pucherazo no llevarme a bailar, se quedó dormido. Mientras, seguían cayendo pitillos, botellines y canciones horteras. Lo mismo que a los veinte, vaya.

El plan era soportar todo el fin de semana a un ritmo que nos dejó tres horas de sueño por jornada y varios kilómetros de caminata. Después de esa revisión de San Patricio fuimos por el centro, esta vez con un sol y una vegetación diferente a la de la capital del Ulster. Todo apuntaba, como muestra la foto (que parece sacada en Maspalomas y no en la plaza de Oriente) a montar acampada en cada terraza que veíamos vacía:

Hasta que hubo que acercarse a sacar a Thor, el perro de Juanillo que teníamos Jara y yo a nuestro cargo. Entonces decidimos que, a falta de sillas de latón, escalaríamos una de las tetas del Parque de las Tetas y veríamos el atardecer. Eran, como describe Esther García Llovet en Cómo dejar de escribir, “enormes silos, islas del Mar de China vallecano”. Hartiz, convaleciente a pesar de su ventaja de sueño, pidió zumo de tomate para aumentar más nuestras rarezas: no solo nos faltaban los litros sino que, a tenor de lo que gastaba la concurrencia, también nos faltaban los porros. De camino, por una de las cuestas, Marta Zaragoza dijo: “Pensaba que venía a Madrid a beber, no a hacer trekking” y se tumbó la primera.

Aceptamos sus deseos, y de vuelta al centro la aposentamos en la plaza del 2 de Mayo con una copa de vino. La cosa pasó a mayores en el Grial, que devolvió el color a Haritz gracias a un gintónic a precio de Ritz. En su regreso al mundo etílico nos contó cómo muchos colegas de su cuadrilla salen por la noche “pitudos” o, en palabras de Don Omar, “sueltos como Gabete”. Una circunstancia extraña en esas latitudes y con una solución fácil tratándose de un vasco: “Siempre les digo que se hagan una o dos pajas antes”, resolvió. El adjetivo se convirtió en un recurso fácil, y lo adaptamos al femenino cada vez que alguna Marta se reconocía ‘pituda’. Se convirtió en un recurso tan fácil que lo utilizamos incluso para pedir copas: “Ve tú, que estás pituda”, exclamábamos, hasta que Marta dijo: “Es un concepto fundamental, porque ¿no os pasáis días obsesionados con el sexo?” y marcó un silencio que precedió a la cuenta.

Ya de vuelta, en casa, seguimos con las botellas y los bailes. Haritz pudo aguantar algo más. Seguramente por culpa de Marta Zaragoza, que lo cogía así:

No fue  el final: aún hubo un desayuno multitudinario con la familia de Marta y una mañana en el rastro. Cuando volví a casa habíamos pasado de San Patricio a San José y tocaba felicitar a los padres. El mío lo agradeció silbando, como siempre, pero me pasó el teléfono a mi madre, reina de todos los santos le toquen o no. Quería saber qué tal el fin de semana. “Eso, tu sigue haciendo lo que hace 12 años, pero que sepas que todo llega. Ya te acordarás de mis palabras”, me amenazó, dejando unos puntos suspensivos en la conversación que me hicieron presagiar un futuro opaco.

Distinto, al menos, a los primeros días de primavera adelantada que habíamos vivido en Dénia. Cogimos Alvin y yo el coche y nos fuimos a casa de Pablo, que en plena recta final de oposiciones no tenía más planes que salir a hacer wind-surf, bucear o comprar navajas en oferta del Mercadona y preparar una parrilla. Quizás una imagen sirva de resumen:

Dos días de playa con grititos de Alvin cada vez que tocaba la humedad de la orilla, de Álex tomando Gatorade en lugar de alcohol y de un viaje de seis horas pasando por Valencia y Ventas anticiparon la Semana Santa, una repetición de baños, paseos y terrazas.

Esta vez en Mallorca. La primera a la que llegué, y donde esperé a que Luis aparcara, estaba enfrente de un mercado. Había atravesado el casco histórico y todas las aceras estaban cubiertas por sillas y mesas en línea. La gente leía el periódico o miraba el móvil como si estuviera en un chaflán parisino (y, por el importe de la carta, podría serlo).

Esperé a Jara tirado en una playa. Con dos mochilas y arena en los dobladillos del vaquero. Llegó en coche, me recogió y empezamos unas vacaciones que merecen un relato aparte. Las pintas de cerveza verde quedaban lejos. Incluso nuestro San Patricio reciente parecía algo lejano. Pensándolo tengo tendencia a romper a llorar “como sólo lo hacen los niños que todavía tosen cuando encienden un cigarrillo”, que diría Álvaro Colomer en su Aunque caminen por el valle de la muerte. Pronto se me pasa, “dejando atrás el holograma de su belleza” -acuñando palabras de García Llovet- y coincidiendo en que “eso es la belleza, lo que se piensa otra vez”.

Retorno.

El día que se iba de Belfast, mi hermano dejó preparada Pongamos que hablo de Madrid para que saltase según entrara en el cuarto. Lo hizo en un loro sin teclas que necesitaba una maraña de cables para reproducir cedés. Se había fijado en la rutina de descalzarme y darle a la luz nada más subía al cuarto y quería darme la sorpresa de escuchar a Sabina en la distancia. Funcionó. Entré, pulsé el interruptor y de repente estaba en aquel metro con olor a podrido que tanto se añora cuando uno no lo soporta a diario. Era la primera vez que vivía en el extranjero, y al acabar mi estancia no tenía claro el sitio al que volver. Pensé en quedarme más, en seguir por las islas británicas, en Sudamérica -destino que llegó poco después- o hasta en mudarme a Francia: imaginad mi inconsciencia.

Tiene sentido todo este prólogo porque estando hace poco en el mismo escenario, Belfast, Cerezo se mezcló un ron con hielo y dijo: “Lo importante es tener un sitio al que regresar”. Él había estado tres años en Senegal, explicó, pero podrían haber sido cinco o quince, porque jamás había negado de su rincón donde yacer. En Murcia, ni más ni menos. Vino a decir, vaya, que no hay distancias si mantienes un amarre donde aún tengas gente y recuerdos. Sobre todo esto último, porque todo, a la larga, es nostalgia. Y Madrid, en ese sentido (como en casi todo) va sobrada. No hay esquina por la que pases que no creas haber vomitado, no hay baldosa a la que no le endoses una anécdota. Incluso si a veces se te hace incómodo sortear arbustos de bolsas de Zara en Gran Vía o esquivar batucadas en Lavapiés. De eso va precisamente la narración del de Úbeda: invivible, pero insustituible.

Puede que la canción tuviera que ver a la hora de darme cuenta de que aquí está el inicio y el fin. No importa la distancia ni el tiempo de ausencia. Al volver seguirás sabiendo en qué vagón meterte para salir directo a tus escaleras mecánicas. Seguirás, por otra parte, sintiéndote un poco turista. Porque esta ciudad tiene ese punto altanero de quien recela de sus huéspedes antes de ofrecerles sus entrañas. Porque, como escribía el otro día Jorge F. Hernández en su columna, “cómo mola que Madrid te mire fijamente de frente, como si te reconociera. A veces y quizá sólo de vez en cuando, porque hay días en los que resulta intimidante: se te queda mirando como si llevaras una mancha de callos en la pechera o huellas de un nefando catarro en las fauces y avanzas sin saber a ciencia cierta qué te ve la gente (…) Podrás perderte en París, deambular en Madrid o buscarte a ti mismo en un Berlín que ya no existe, pero nadie te mirará a los ojos fijamente como sólo lo logra Madrid. Con una sonrisa de párpados lánguidos, que a veces parece el guiño de una confirmación”.

A mí, el guiño de confirmación de todo esto -de la canción sonando en un cuarto norirlandés, del ron con Cerezo, de las ganas de un trayecto subterráneo- me llegó en el Caribe. En una calle periférica de Punta Cana con unos bares sin nada que envidiar a los de las calles de la periferia donde armamos trincheras con botellines: dscf3756-2

Aunque, en realidad, la mirada de Madrid ya se había posado en Haití. La tarde de Nochevieja nos quedamos en una terraza, leyendo y esperando a que Puerto Príncipe despertara de su eterno letargo, y me encontré con estas palabras de Wendy Guerra en su Domingo de revolución: “Una ciudad no es un nombre, no es la idea de la utopía que otros han podido conquistar. Una ciudad, para mí, es una dirección exacta a donde ir, un cuerpo al que abrazar, una cena que compartir, un vino que destapar y un paisaje que devorar con ojos que traduzcan la realidad que pisa el cuerpo”.

La gracia no es que extrañara Madrid un día tan oportuno, a miles de kilómetros y con esas frases de mediatarde. La coincidencia es que comiéramos, después de hora y media, un arroz tan inexpresivo como al que se refiere continuamente la autora cubana en sus páginas. Si fuera poco, nuestra dieta -más propia de La Habana que de un paraíso tropical- duró hasta el día siguiente. Sólo interrumpida por doce chucherías para suplir las uvas.

No hubo más sobresaltos en el viaje por este país y República Dominicana. Por eso Madrid seguía presente. Las furgonetas en las que nos transportábamos no emitían a Sabina sino una bachata almibarada que los ocupantes soportaban con una gallardía encomiable. En uno de los viajes por la isla llegamos a ver incluso cómo una mujer a la que el altavoz le servía de almohada profería ronquidos sin inmutarse. Las jornadas siempre tenían reservadas un poco de sobresalto, un rato de pereza y algo llamativo para no olvidar dónde estábamos, como esta pintada:
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Pero, bueno, la verdad es que, después de tanto tiempo y unos cuantos lugares más que echarse a la mochila, este texto quería centrarse en el regreso. Desde donde sea. Fantaseas con un aterrizaje excitante, con unos días de estar rodeado con las personas que te faltaron y, al final, lo único que tienes son ganas de volver: a ese sitio que dejaste, a esa ciudad, como Madrid, que te espera, a ese nombre que ronda subrayado en tus mapas desde aquellos años en los que no sabías cuál era tu Ítaca. Volver como una meta en sí misma en presente continuo: estar volviendo siempre de algún sitio.

A veces, aquí me desquito de esa pena al pasar por el desvío a la calle San Pol de Mar. Nunca he entrado, por miedo: cada vez que veo el cartel (a unos pasos de donde ha trabajado mi madre más de 30 años) me sumerge en un oasis, en una urbanización a pie de playa. Y temo joder las expectativas y encontrarme una fila de casas pegadas al Manzanares. De esta inconsistencia me redimo pensando que dentro de unos años, cuando estén lejos, mis sobrinos tendrán un sitio donde volver. No sé si será el mismo que el mío, ese donde las niñas ya no quieren ser princesas, pero seguro que, para ellos, tiene esa mirada especial. Quizás también tenga una canción que le dedique unos versos, aunque la escuchen en un dispositivo táctil y no jugándose una descarga entre una broza de cables e interruptores. Nada les quitará, me apuesto el cuello, la primera vez que se asomaron a la vida y dijeron eso de “cuando la ciudad pinte sus labios de neón, subirás en mi caballo de cartón. Me podrán robar tus días. Tus noches, no”. Dentro de mí, esa imagen es muy parecida a esta de Iulián Adrián Zambrean. Pongamos que hablo de esto: 1401128979_743047_1402070912_noticia_normal

Amor y compasión.

John me cogió por banda en la cocina y me dijo: “¿Te has enterado de la última noticia en Antrim?”, como si fuera un reportero local que cubriera las cuitas de su barrio de Belfast. “Quieren gastarse 5.000 libras en una silla para la iglesia”, añadió enfadado. De esa forma empezamos un debate que duró tres horas y media, dos lavadoras de jerseys de lana gorda y una persecución por las plantas del piso tendiendo vaqueros en la repisa de las escaleras.

En cierto momento, John reflexionó: “Las 5.000 libras es lo de menos. Lo importante es que hemos perdido la esencia. El ser humano debe guiarse por el amor y la compasión”. Yo le respondí que parecía el nuevo Papa, y me dijo que ni loco, pero que creía firmemente que “no tenemos que basarnos en lo que valemos por el dinero que tenemos sino por lo que dejemos cuando nos vayamos”. Porque “todo el mundo muere”, aseveró, dándome 40 años más de vida mientras untaba mantequilla en una tostada a la que había añadido tres piezas de cheddar.

Esa conversación de madrugada cerró los días de viaje por Irlanda. Prometí que me despediría en el desayuno, pero después de un abrazo a las dos de la madrugada di por correcto retrasar el despertador. En las jornadas anteriores apenas habíamos hablado. Una gripe lo tuvo en cama las ocho horas de ocio que le permite el taller. Eso nos hizo pasar mucho más tiempo con Stephen, que después de combinar güisqui con pintas nos contó sobre algún lugar en el mundo donde hacen probar la homosexualidad. No sé si lo sacó como apunte antropológico o como excusa de su pasado para Nancy. El caso es que luego reían así en la puerta del nuevo Tools:s0633083-3 Me quedé pensando un rato en las palabras de los dos. Y llegué a la conclusión de que seguramente ese estado espiritual, de inmersión reflexiva, es el que alcanzas cuando te pasas la infancia, la adolescencia y las tres siguientes juventudes en un país donde lo más divertido es contemplar esto, lo que vimos durante dos días de viaje hasta que llegamos a la clásica Calzada de los Gigantes:dscf3214-2Antes ya lo había visto en el trayecto desde Dublín. Pero no tenía esa sensación porque acababa de pasar 12 horas con Tati entre asfalto y bares. Y lo más cercano al silencio fue una visita al baño. Pasamos el día entero sin parar de hablar, como si nos contásemos la fiesta del fin de semana anterior. No fue suficiente, pero quitó algo del mono de vernos que arrastrábamos. Recordamos algunas de las noches vividas y le dimos la razón a lo que cuenta Carbonell en sus memorias, La hora de la tarántula: “La moderación y yo no hemos intimado lo suficiente. Si me invitan a una cena o a una fiesta sé que voy a coger un leve puntito. Siempre pienso que para no beber, mejor no voy (…) Las resacas quedan compensadas cuando por la noche has conocido a un alma gemela, a una persona con la que vas a compartir tu vida”.

También me devolvió la conversación que extrañaba desde las jornadas en Camerún. Podría sacar muchas impresiones basadas en detalles de viajero o en las costumbres africanas, pero eso ya lo hacen los escritores. Me quedo con descubrir un pedacito de un país y con haber caminado sin mucha atención ni entusiasmo por caminos como este, cuya energía fliparía a cualquier jipi:s0403055-2A mí, el karma solo se me apareció la mañana en la que murió Rita Barberá. Estaba leyendo Sed de champán, de Montero Glez, y según leía la noticia, me encontré -lo juro- con estas líneas: “Al final, la vida, esa vieja puta, va y pone a cada uno en su sitio. Y si de eso no se encarga la vida, no hay que preocuparse, compadre, pues ya se encargará la muerte”.

En ambos viajes, en cualquier caso, pensé lo mismo: que nunca se está cómodo en los pasillos de entrada a un avión. Son unos gusanos que niegan cualquier visión con el mundo exterior y te invocan a una puerta sin referencias. Cargas la mochila mal puesta, llevas papeles hasta en los dientes y siempre hace o frío o calor, pero tu ropa nunca es la adecuada. Por eso me encantan. No para vivir en ellos (aunque un saco y un par de revistas me procurarían tranquilamente dos o tres días en su suelo) pero sí para transitarlos casa poco tiempo. Luego, al entrar en la nave, la cosa cambia. Los asientos se suelen llenar de mantas arrugadas, como perros sin vida, y me molesta la gente que se deja puesto el cinturón todo el recorrido, como si en caso de accidente y explosión el mayor problema fuera un pellizco cervical (yo siempre intento que, en caso de requerir hospital, me internen por un coma etílico y no por una apendicitis, tan manida e imprevisible). Lo único que lo justifica es rebañar los platos del catering como si fuera un kebab de borrachera.

Las palabras de John del principio me refrescaron las ganas que tenía de ver cuanto antes a mis sobrinos. Hablé con mi madre para preguntarle por el recién nacido y me dijo, con ese redondea caprichoso que suele utilizar para nuestras edades: “Duerme muy bien. Espero que siga así y no le dé la lata a los padres como me la dabas tú. De bebé y ahora, a los 33 años, que ya te vale”. Un latigazo que me devolvió a los valores que debían mover el mundo: amor y compasión. “¿Y si te encuentras a alguien que no crea en eso?”, le pregunté a John, en un mar de dudas. “Que les jodan”, soltó sin pensar. “No merecen ni que les hables”.

Puntos cardinales.

Sólo he robado un libro en toda mi vida. Fue en un centro comercial de Tuxla Gutiérrez, en Chiapas, y tenía justificación: no llevaba presupuesto para literatura y se trataba de Los detectives salvajes. En unos días iba a emprender viaje hacia el norte y quería que Bolaño me acompañara en el desierto de Sonora. No sé para qué: en los autobuses interminables desde Guadalajara hasta Tijuana sólo me dediqué a dormitar y tuve que cargarlo hasta Tailandia, donde lo acabé en una playa que no tenía nada que ver con los escenarios de aquel “realismo visceral”.

Viene esto a cuento por dos motivos. Uno, porque el otro día un alumno le dijo a Jara que la FNAC y él “se llevaban muy bien” cuando les habló de hacerse con una lectura. Y otra, porque más o menos lo que me pasó en ese viaje es lo que me ha pasado estas semanas de recorrer en autobuses y coches los cuatro puntos cardinales de la península.

Primero, el norte, con la trimestral visita a Haritz y la foto clásica de su nuevo jardín, que a pesar de ser octubre lucía primaveral y tenía una diana de tiro al arco. Una opción jugosa que terminó siendo una penitencia: para cinco minutos de juego dedicamos dos horas de rebuscar las flechas entre la maleza:s0200044-2

Todo se salvó con un paseo y una visita a Durango en fiestas, donde la verbena corría como si fuera una playa de Cádiz. De allí, la eterna parranda se trasladó a Fuentes de León, un pueblo de Badajoz, por un trabajo repentino. Horas de AutoRes que esperaba no tener que recordar me hicieron pensar en lo que tenía entre manos, que no era un Bolaño (ni siquiera comprado en su nueva editorial), sino La España vacía, de Sergio del Molino. Por la ventana iba percibiendo aquello que dice: “Viajar por la España vacía es viajar por apellidos de gente conocida. Un desvío en la autopista, una señal en una carretera secundaria, cualquier indicación conduce a pueblos pequeños que son apellidos de familiar que salieron una vez de allí y no volvieron más. En una Europa homogénea y muy poblada, la España vacía es una experiencia inigualable. Paisajes extremos y desnudos, desiertos, montañas áridas, pueblos imposibles y la pregunta constante: quién vive aquí y por qué. Cómo han soportado, siglo tras siglo, el aislamiento, el sol, el polvo, la desidia, las sequías e incluso el hambre”.

Esta imagen puede representar la sensación: dscf0163-2Un valle, un cine municipal y dos personas sentadas al atardecer. Mañanas de pan, huevos y periódico; noches de mesa camilla y concurso en la televisión. Así es, al menos, como entiendo la vida que será.

Nada que ver con la valenciana, de torso desnudo, almuerzos populares y la desfachatez de quedar a más de 15 minutos andando. Para cerrar el círculo, allí estuve con Álex, que me dejó su sillón y dijo eso de “no me vas a hacer recoger el cuarto, ¿no?”, con Lelo tomando Fanta y cacahuetes en un bar de Malilla y con Carles en Lliria. También se unió mi hermano y nos fuimos a la Malvarrosa a ver El Cabanyal y dar fe de que no se quieren quedar ni los okupas: dscf0217-2

Al terminar la ruta volví a Madrid. Llovía y la Castellana parecía la gran avenida de una ciudad anónima. Tenía que moverme agachado, evitando las hendiduras del asfalto y metiéndome por calles secundarias donde no salpicaran los coches. De un sitio a otro acabé en Huertas. No solía mirar el número 60 desde hace años, desde que falta mi tío, pero un impulso me apremió a empujar la puerta. Subí a la segunda planta, donde viven mi prima y mi tía, y llamé al timbre. No hubo ruido de baldosas ni olor a coliflor. Pensé en esas embajadas que son las casas con ausencias, según Sabina, y un velo de alquitrán se me posó en la mirada.

Corrí a la Librería Latinoamericana, unos metros más arriba, y busqué Los detectives salvajes, en los compactos de Anagrama. Los habían guillotinado y no pude ni pensar en robarlo. A cambio, hojeé de nuevo a Salcedo Ramos,  que dice esto: “Esa indefensión del hombre frente a los guiños del azar es, quizá, lo más aterrador. Estás vivo, haces planes y hasta tienes vanidades, le subes el volumen a la música, pero de repente, cuando vas en lo mejor del baile, una mano invisible te señala y entonces, de un solo golpe, la fiesta se te acaba”.

Presunción de inocencia.

Empecemos rápido y sin asperezas: los últimos tres meses han sido un tobogán. El final de curso se juntó con un viaje a Ucrania tan seguido que no sé decir ahora si me llevé bañador o estuche en la mochila. Llegué a Kiev solo, después de dos horas de sueño y en medio de una mañana pegajosa, de resaca de un festival, que había convertido el hostal en un barracón de zombis. No pude descansar. Antes de que me diera cuenta estaba hablando con gente, sentado en la plaza del Maidán y pensando si volvería una tercera vez a esta ciudad. La pisaba tras dos años de una estancia corta y me seguían sorprendiendo varias cosas: el trabajo sobredimensionado de los locales, que emplean hasta a seis personas aunque no entre ni el nieto de Bulgákov; los rollos de papel sin cartón en medio, que dan una sensación de esfínter mustio, de pecho sin pezón; y las estaciones de metro, que no solo funcionan mejor que cualquier medio de transporte occidental sino que cumplen una de las máximas del ser humano: la presunción de inocencia. Sí: los tornos no están cerrados y se abren cuando introduces el billete (que, en este caso, es un ‘token’, como los que hacían funcionar los coches de choque), sino que pasa lo contrario. Están abiertos, dando a entender que vas a pagar, y solo se cierran si te intentas colar.

Y creo que, aún siendo una minucia, explica bastante bien el carácter ucranio: con ellos no hay frases jabonosas ni exordios aduladores. Se da por hecho la ayuda siempre que no les falles. Casi igual que ocurre en las cuadrillas del País Vasco. Y lo mismo me vi en el primer bar donde acabé con un viejo conocido: se llamaba el Coyote Ugly, como la película, y -después de prometerme que no me llevaba a un burdel- en él las camareras servían chupitos y botellas de un whisky asesino en tablas de madera. Todo iba bien hasta que alguien se atrevía a ponerles la mano encima. Entonces no se cortaban en soltar un latigazo con la mano que les salía desde el hombro. Sonreían, guiñaban los ojos y preparaban cada media hora una coreografía chistosa, otorgando a la clientela la presunción de inocencia, hasta que alguien se saltaba las normas.

No volví. Al segundo día llegó Javi y, en horas, Arcenillas. Entonces Kiev fue un torbellino de actividades que siempre acababan en las mesas-palé de un bar de blues. Cualquier cosa la celebrábamos en la misma esquina, un jardín revitalizado tras las protestas a pocos pasos de la catedral de Santa Ana. Incluso un corte de pelo tal que así era motivo de ovación:img_4952Hasta que agarramos un coche y nos fuimos de la capital. Mi idea era pisar Odesa, ítaca personal desde la secuencia del Acorazado Potemkin. Al llegar allí nos vimos abrasados por un sol inclemente sobre calles desiertas. La avenida paralela al puerto, que conducía hasta las famosas escaleras, estaba más vacía que el paseo de Tavernes en diciembre. Cuando torcimos en la esquina indicada no había más que obras. Por eso, Arcenillas miraba con nostalgia canina, poniendo el cerebro en blanco y negro:img_5076Sus quejas pasaron a bronca. “Mira que yo también sigo escenarios de películas”, gritó, “pero traerme a un descampado en obras y con un escenario que no deja ver el horizonte me parece demasiado”. Para arreglarlo fuimos a la playa. Como buen balneario eslavo, las tumbonas y los altavoces inundaban la arena. Apenas pudimos darnos un chapuzón antes de cenar un kebab. Cinco días más en coche nos llevaron por Transnistria, que merece un capítulo aparte, y Moldavia. Atravesamos el país conducidos por Javi, que cuando tenía un rato libre miraba por la ventana y pensaba sobre cómo sería la vida en ciudades como Chisinau o Balty. La respuesta no estaba en el viento, sino en los balcones de enfrente:img_5149-2

Todo fue improvisado. Tanto, que llegamos al aeropuerto de Lviv de milagro. Sin sanciones en el coche y con un horizonte que, en mi caso, incluía otros tres vuelos hasta Borneo. En la parte Malasia de la isla nos movimos Jara y yo mecidos por los autobuses del país. De vez en cuando encontrábamos un lugar donde dormir, donde pasear por la selva y donde conocer a alguna persona con ganas de explicarnos qué cojones eran esas algas que estábamos comiendo.

Un par de semanas después dimos el salto a Indonesia. Salto, por decir algo. Porque en realidad el cambio de isla se produjo en un barco de dos días don una habitación de catre doble sin puerta. Pusimos -como nuestros vecinos- un colchón en el marco y nos encerramos a ver películas y leer como hikikomoris japoneses, sin contacto con el exterior y nutriéndonos de lonchas de tranchetes. Cortinas echadas y tecnología desplegada, así aguantamos, en pijama y con faltriquera, las 48 horas:img_9327

De Sulawesi, paraíso toraja donde encalamos, a Java. Allí nos encontraríamos a Ewan y caminaríamos horas y horas entre arrozales y ruinas. No se puede decir que se estaba mal, viendo las imágenes que trajimos: fullsizerender-10

Por la noche encontramos un local a medida. Un garito a dos pasos del hostal donde gastar las noches escuchando en bucle el repertorio de los Beatles. Ese era, de hecho, el nombre del bar. Por lo menos, no pasaban vídeos de artistas contoneándose y no tuvimos que decir lo que escribe Carlos Zanón en su Yo fui Johnny Thunders: “En el punk les habríamos molido a palos. En el punk les hubiéramos atravesado los ojos con imperdibles. En el punk también había quien se compraba la cazadora en El Corte Inglés, joder, recuérdalo todo”. img_5904Al volver, dos meses después y con este incesante ronroneo urbano de Madrid, llegó la factura del viaje. Como respuesta, pensé -o, para qué mentir, leí- dos ideas que no sabría expresar si no es porque ya lo había hecho Umbral: “La gente vive con su reptil, con su cloaca, y eso les sale a sus ojos y a la cara. La culpa, el mal, esa herencia literaria y atemorizada que traemos de los siempres. La vida es demasiado buena o demasiado mala. La vida hay que pagarla. No hemos aprendido de la gratuidad de la vida. Cuando aprendamos que la vida es gratuita le perderemos el miedo al sexo”.

Y, para acabar, otra reflexión que se repite cada jornada de presunciones de inocencia y caídas en cuesta por el tumulto de la capital: “Por lo demás, días enlocados, páginas donde ha dejado su huella dactilar el tiempo o el polvo, abrigos que se caen solos de las perchas, como blandos suicidas, rincones donde viven periódicos atrasados y animales heridos, fiestas en las que arde un árbol inocente y ficheros de mil bocas, como dragones cuadriculados, devorando la perpetuidad del papel y la gomaespuma de la costumbre”.