Archivos del mes: 8 octubre 2019

Kulebra.

Estaba animado. Quizás un pelín achispado. No era para menos: llevábamos meses sin vernos, acababa de pasar cinco horas en el coche para meternos en un concierto juntos y teníamos la noche por delante. Pero ni siquiera esas coordenadas reblandecen a Haritz. Le pregunté por su vida, por la vida de su familia y por la de la compañera de piso. Al cuarto interrogante se giró y me dijo: “Pero, ¿qué te importa?”, cerrando más posibilidades de charla.

Al día siguiente, todo iba más o menos en la misma dirección. Tomamos café en silencio, ayudamos a una mudanza de caserío y pusimos el fuego para la comida. Haritz empezó a profanar la ortodoxia de la paella llenando un wok de setas, zanahoria o pimiento. En un momento dado -después de una ruta boscosa para comprar género- dudó si echarle pescado. Volcó unos calamares y dijo: “La merluza la dejamos para la cena”. Siguió removiendo la marmita hasta que quedó un arroz que vomitaba conchas y verduras. El arreón final le dejó una capa de socarrat que raspábamos como buscadores de diamantes. Da fe del sabor esta foto:Su negativa a responder mis preguntas no impidió que nos pusiéramos al día. Justifiqué mi interés citando esas frases de Manuel Vilas en Ordesa que dicen: Me gusta mucho que los amigos me cuenten la vida de sus padres. De repente, soy todo oídos. Puedo verlos. Puedo ver a esos padres, luchando por sus hijos. Esa lucha es la cosa más hermosa del mundo. Dios, qué hermosa es.

Por mi parte, le puse al tanto rápido. Volvía de un fin de semana en Villa Real donde resonó de nuevo el grito “una cassalleta y mon anem” en partidas de mus y noches de farra. Es interesante ver que, un cuarto de siglo después de aquellas timbas en la arena de Tavernes, actualizamos devenires, pero seguimos igual. Como en aquella instantánea borrosa de Madrid, semanas antes:Nos merecíamos un reencuentro. Andrés y yo ya habíamos visitado a Juanas y Mer después del verano. Habían tenido a la niña y nos pasamos una tarde en la piscina, acunando a ese bebé nacido con la precisión de ingeniero: herencia familiar.

Nueve meses antes yo me había enterado del acontecimiento de forma súbita, sin ceremonias. Estábamos calentando para la San Silvestre y dijo Juanas: “Voy a correr lento que me duele el tobillo”. Mer apuntó: “Yo también”. “¿Tienes también molestias?”, repuse. “No, es que estoy embarazada”, soltó a secas. Sin protocolo. Y privándome de ese latigazo de emoción que te recorre cuando te sabes tío de nuevo.

Lo paladeé después. Según veía la tripa crecer y según se acercaba el parto, que nos pillaría de viaje. Habíamos planificado un verano de casi dos meses por carreteras griegas. La ruta prometía: iríamos 40 días de ruina en ruina, derritiendo el paladar historiador de Jara. Aparte, veríamos vestigios artísticos en Italia y hasta en Tarragona. Un lujazo. La playa, claro, no era una opción. A pesar de tener el Mediterráneo a nuestra vereda casi cada día. A ella, en el mar le gusta quedarse a la sombra, leyendo y estudiando las próximas visitas que formen parte de un libro de texto. En ellas pasea bajo el sol sin calor ni sudor y va nombrando estoas, ágoras y columnas jónicas con un gozo de labrador montañés.

Cuando ya llevábamos jornadas enteras de ruinas, incluso empalmando una época con otra y reconstruyendo mosaicos, dijo: “Para el final del viaje dejamos esta zona, que tiene 75 iglesias bizantinas”. Me salvaron los picnics en mesas desmontables de camping y nuestro paso por algunas playas como las del Levante español, aunque con el nivel dominguero elevado a un grado superior: dejar TODO en la arena para el día siguiente, como pudimos comprobar:Había más momentos de paz. Una de esas burbujas, por ejemplo, fue tener piscina en Meteora. Allí, el socorrista ejercía su oficio con elegancia: ajeno al trajín de turistas, se escondía en una sombra y no paraba de echarse un cigarro tras otro. Por si había alguna emergencia. Ya estábamos con Javi, que se había sumado en Atenas. Jara le había preparado un mapa subrayado, con bisectrices calculando distancias y la lista de monasterios que visitar, según la calificación de sus frescos. En un desmarque, alegué subir andando al atardecer y me perdí la caída del sol desde las alturas de esas rocas que jalonan el paisaje. Jara me recordó mi cagada al día siguiente, cuando hice esta foto:Habíamos recorrido Corfú y el Peloponeso y teníamos el norte en perspectiva. En la isla, una mujer bajaba cada día una persiana metálica que sonaba a resuello de asno. Y los bares tenían happy hour durante 16 horas, en un perfecto oxímoron. De lo demás, nos maravillaron todos sus lugares arqueológicos, que nos recordaron, con unos cuantos siglos más de antigüedad, a los que vimos en Argelia. Allí cumplíamos el mismo plan de cafetines y coche sin rumbo, pero evitábamos los techos como este de Orán: La inercia me llevó a seguir de turismo por Madrid con mis  padres. Tomando café en una tasca de Tirso de Molina con las sillas candadas a la pared y con la sacarina pegada a la mesa. Paseábamos por la zona cuando mi padre nos metió en el edificio a donde llegó hace décadas con un morral desde Salamanca. Como si fuera un monumento, hicimos fotos posando en el patio y en los buzones:Luego se fueron en tren y me quedé pensando, en el camino de vuelta a Vallecas, por lo que le iba a preguntar a Haritz. Lo que no sabía era cómo resumir mis historias sin perder su leve atención. Al final, trastabillado por contarle todo con presteza, hicimos tos de las palabras rotas, como dice el escritor Medardo Fraile.

Nos despedimos pocas horas después de esa noche de concierto y ese mediodía de paella. Al día siguiente me tenía que levantar temprano. Era lunes y llamé a Alvin antes de desayunar. Me dijo: ¿Has madrugado o es que vas pedo?”, mostrando su gran conocimiento de mi persona. Al rato, mientras colocaba las cosas del verano, recibí un mensaje de Haritz. Ponía: “¿Ke haces, kulebra?”