Archivos del mes: 20 diciembre 2013

Tiempo de hacer el crápula.

Nunca me ha gustado mi voz. Por eso prefiero escribir a locutar motociclismo o cantar el gordo (con lo bien que me quedan las coletas y la falda escocesa). Es algo, no obstante, que te viene de fábrica y es más difícil de cambiar que las manías en el retrete.

Recordé esta aversión el otro día. Iba corriendo y me crucé con el mítico camarero del bar Nati de Las Matas. Este personaje, a medio camino entre el Liam Gallagher de Oasis y Nosferatu, tiene de siempre un timbre de voz que no solo ha minado su capacidad de imponer el pago de una cuenta sino que le ha convertido en un ser introvertido y encorvado. Ha hecho de él un manso tirador de cervezas.

Lo contrario a lo que le pasa a Pablo. Su afonía mantenida durante dos semanas ha desembocado en un tono oscuro y rasgado más cerca de Vito Corleone que de sus silbidos primerizos a lo Ballerina. El pasado lunes, después de recogerle en casa y saludar a su hermano en la cama, nos bajamos al Cocodrilo y, mientras refrescábamos en la lobreguez de un garito a media tarde las últimas semanas y perfilábamos el futuro inmediato, me decía: “Canijo, son tiempos de hacer el crápula. De vivir con los ojos cerrados. De que te llamen cabrón, hijoputa o malnacido y tú pienses ¿y qué?”. Lo masticaba con tanta seguridad y aplicándole una mirada tan torba que cuando me giré me pareció verle así, a lo little Cesar del Hampa Dorada:

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Solo le faltó añadir “capisci”. No lo hizo. A cambio, se pidió un café con leche. Y siguió con su retahíla de opciones vitales que se nos están yendo de las manos.  Mi única respuesta fue contarle que lo que de verdad nos estaba haciendo perder el tiempo eran esas quedadas infernales en puntos de la ciudad como Moratalaz. Le dije que en el último viaje me tocó hacer un trasbordo de metro tan largo que dudé si la vez siguiente me saldría más rentable sortear la distancia buceando por las alcantarillas que en transporte público.

Me reservé relatarle la charla multilingüe que tuvo lugar en el vagón. Una mujer hablaba en rumano por el móvil, otras dos debatían en árabe y un señor que cargaba un loro lo hacía en algún dialecto africano. Por un momento pensé en preguntar por el nombre de la calle a la que iba en inglés. Fue fascinante. Tan esperpéntico y absurdo que se parecía a la vida, como escribiría Luis Alberto de Cuenca.

Cuando llegué al destino, la luminosidad de los asientos se había convertido en una mañana harto bonita. ¿A que no apetece meterse en casa?

Las Rozas de Madrid-20131219-00013

No tuve más remedio que acabarme lo último que tenía entre manos. Era Todo lo que una tarde murió con las bicicletas, de Llucía Ramis. Al empezarlo tuve mis reservas. Sobre todo por ese prólogo un tanto baboso de Carlos Llop, que no sabes si va a elogiar el libro o a contarte cómo se folló a la autora.

Después, mi imagen cambió. No sólo porque cada página que leía me recordaba aquellas palabras de Camba que dicen: “El adjetivo está de capa caída. Sí, señores. Está de capa caída el adjetivo, parásito del sustantivo, al que ahoga con su abrazo como la hiedra al árbol, y no seré yo, precisamente, quien pretenda infundirle nuevos bríos”. También porque vi en la escritura de Ramis una honestidad colosal, signifique lo que signifique esta expresión.

Me gustó ese retrato aséptico de la crisis de una mujer de treinta y cinco años soltera, sin hijos y sin trabajo. Sin moralinas. Sin excesivo drama ni sentido del humor. Como la retransmisión de una obra de teatro de madrugada. Encima me recordó a esa Nada de Carmen Laforet trasladada al aislamiento balear. Y me introdujo a una chica que aparece en todas las fotos sonriente, como una buena compañera de cafetería o rollo de botellón nocturno.

Esa inmersión en la lectura, los consejos de Pablo y mi animadversión a una hereditaria voz nasal hicieron que continuara con un inexplicable silencio hacia mis padres. Y que me planteara en serio una forma de cambiar este odio personal. Me ahorraría, sin ir más lejos, escribir estas gilipolleces o decirle que no a una mujer que me propusiese en un camerino salir a cantar. Como la del otro día:

Chorus Girl

Eso, a ver qué tal.

A veces apetece soltar un estruendoso “menuda mierda de año”. Sobre todo en diciembre. Cuando la gente aguarda con impaciencia estrenar agenda. Y cuando los saludos protocolarios con tenderos y conocidos empiezan con un “A ver qué tal el 2014”, introduciéndole a la cifra un artículo que le da una entidad inmerecida. Quizás es porque las últimas mañanas de sol de invierno dejan el suelo de la capital con una escarcha demasiado melancólica. O porque mis sucesivas caminatas por Huertas vayan acompañadas desde hace meses de un irremediable y pesado duelo. El caso es que viene bien liberarse de ese entusiasmo generalizado y cagarse hasta en el último de los renos.

De todo esto hablábamos mi hermano y yo hace ya unas semanas con Carles. Poniendo voces de presentador venezolano o de gangoso con problemas de deja vù, Carles lamentaba un 2013 desastroso y trasladaba las esperanzas al mes que viene y a sus nuevos proyectos. Uno de ellos es volver a Madrid con el espectáculo de los mejores gags de Monty Python, que vimos días después. Se le veía emocionado o nervioso, porque mientras mi hermano y yo íbamos menguando dentro de nuestras chaquetas de entretiempo, Carles seguía recio en mangas de camisa ante el invierno de la capital:

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De aquel kebab de cafés decentes salimos con el estómago vacío de improperios y con una cita teatral donde mi hermano se rió de forma enfermiza. También con la saludable rutina de echar la vista atrás y refrescar los acontecimientos que marcan cada año, por penosos que sean.

Recordar, por ejemplo, aquella caminata con Jara, Antonio y Bianca en la que él esgrimía teorías calculadas sobre cada mecanismo del universo mientras arremetía contra los dogmas. Después de cada doctrina contra el modelo de enseñanza, la educación de los niños o las religiones modernas decía “y con respeto, que Bianca es creyente”.

Así lo hacía, cubierto de pies a cabeza en plena ventisca de nieve:

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O el último puente del año, que decidimos tirar a Tavernes y hacer una concentración con la gente de Valencia. Estuvieron todos: Ximo, Lelo, Cobra, Xavi y hasta Álex, que se negaba a sonreír para no reconocer que volvía a ser un “pato aparato” como en el instituto o en aquellos veranos postpúberes donde nuestra única baza de galanteo era la camaradería o, en último extremo, la novedad.

Hicimos dos comidas casi seguidas. En la segunda no sabíamos si teníamos que pedir jarras o chupitos y acabamos en un bar irlandés que tenía más pasatiempos que las oficinas de Google. Mientras casi todos se encargaban de dar por finalizada una partida de dardos infinita, Sergio se repostaba en una mesa de la terraza y diagnosticaba a cada uno de los presentes: “Porque, Marta, yo sé que tú…”, reflexionaba con voz misteriosa. O “Alberto, tú eres una persona que…”, mientras custodiaba su pinta con ambas manos.

De aquel aterrizaje pasamos a dos días de cierta tranquilidad. En Tavernes se redujo el grupo y nuestras actividades pasaron de lo lúdico a lo competitivo. En las primeras doce horas, Juanas ya me había ganado a tres juegos de mesa, un par de apuestas y a unos penaltis con regate en la playa. La recompensa venía después en forma de paella. Y la fotografiamos, como manda la tradición, justo cuando íbamos a comérnosla:

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A lo mejor no hace falta cagarse tanto en el 2013, pensaba el otro día en la sala de un dentista que te da la mano con fuerza nada más recibirte y te enseña sus conclusiones en una pantalla del ordenador, de igual a igual. Lo único que no hace bien, desde mi punto de vista, es preguntarte cosas de tu vida privada mientras te coloca una goma correctora que le vendría grande incluso a Ronaldinho. “¿Has estado fuera?” “¿y qué tal va el oficio?”, interroga mientras toquetea entre tus muelas, siendo consciente de que lo único con lo que puedes corresponder es con gruñidos.

Bufidos como los que llevan escuchando mis padres unos cuantos días. “Me duelen los oídos de charlar contigo”, dijo la otra noche mi madre después de que pasara una semana por casa como un adolescente empavado. “Seguro que en la calle no te callas”, añadió después.

Cierto que mis palabras se habían reducido a indicaciones pasajeras (“me voy”, “todavía no lo sé”) y que mi mente estaba ocupada en pensamientos yermos. Los mismos que me han llevado a maldecir este año sin motivo y que encuentran su corolario en esta intrincada alegoría de mi madre: “Todos tienen defectos menos nosotros, que tenemos muchos”.