Regates y consejos.

Corren malos días. Una pequeña fisura en el escroto debida a un sillín de bici demasiado erecto provoca que cada vez que me meto en el mar salga con el dedo pulgar sosteniendo la huevera a modo de apósito. A eso no le ayudan una uñas mordisqueadas en exceso que impiden incluso abrir la carcasa del móvil para sacar la batería. Ni que después de esperar un buen rato para darle una sorpresa, lo primero que te diga Xavi sea “Y tú, ¿por qué sólo escribes gilipolleces?”.

No es para menos. Después de tener mucho tiempo en la terraza, convencí a Juanas y Mer para que vinieran a ver un película. Ellos hicieron lo propio, y en lugar de colocar los pies sobre la mesa o aprovechar para arreglarse los juanetes, vinieron con gafas, vestidos y dispuestos a ocupar su butaca como si del Capitol se tratase:

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Después de esa lección de compostura nos bajamos a la playa. Allí reté a mi primo a unos regates, creyendo que sus ocho años de ingeniero y de proyectos mundiales habían mermado aquel estilo de gacela aviesa de antaño. No fue así. Cada embiste mío se encontraba con un muro infranqueable y todas las jugadas terminaban así, con su semblante sonriente a punto de meter otro gol y conmigo en el suelo, maldiciendo al eficaz alero de Las Matas:

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Entre sudores también llegué unos días más tarde a Madrid. Allí estuve con María Comes. Convertimos su casa de Chueca en una redacción de lance y tecleábamos cada uno en una habitación con una violencia que llegaba a ser ofensiva. De vez en cuando, uno se acercaba al ordenador del otro y, con una chusta de cigarro apagada, le decía: “Me quedan 200 palabras. Un sinónimo para escolopendra, ¡rápido!”

Al final, pudimos mandar todo a tiempo y ella se fue a entrevistar a Faemino y Cansado. En lugar de invitarme a ver la actuación, me mandó una foto con ellos cuando ya estaba en Las Matas. Y riéndose, la maldita:

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Me pasé dos días luchando contra la polipiel del sillón y los mosquitos del descampado. Si cerraba la ventana dormía al borde de salir ardiendo a lo bonzo. Si la abría, me levantaba a mitad de la noche gritando y magullado, como en una secuencia de aquellas películas de desastres y bichos que ponían en Tele 5 en los años noventa.

Al final pude volver a Valencia. Allí quedé con Álex. Estábamos tomando algo con las motos de fondo cuando le saludó la vecina que vuelve locos a todos los chavales del barrio. “Joder, Álex”, le dije, “Eso es…” y, antes de que entonara algún adjetivo, atajó: “Ilegal, Canijo, eso es ilegal”.

Acabamos rápido y subimos a dormir. A la mañana siguiente me acerqué por casa y me encontré con una vivienda en blanco y negro donde sólo había bragas colgadas en los manillares de las puertas y una cama desecha. Así:

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Llamé a Julio al borde del llanto y me dijo: “Tranquilo, Canijo, ahora lo que tienes que hacer es venirte a Madrid y que pasemos tiempo juntos, que para besitos ya tienes la almohada”. Y me acordé de aquel chiste que vi en el documental de tres horas de Woody Allen: “Mi mujer era muy inmadura. Un día estaba bañándome tranquilamente, entró en el baño y me hundió los barcos”.

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