Presa del paracetamol.

Que te encuentres mal no lo dictamina ni el médico, ni el herpes triple del labio superior ni el aumento de temperatura a golpe de comer tiza. Lo que realmente decide tu estado es que seas capaz de rechazar la comida del avión.

Sí, esas bandejitas extraterrestres que mantienen la comida ardiendo pero en las que el papel de plata está tibio. Y que siempre saben a plato de verdad sin tener ni idea de cómo las cocinarán, cómo las calentarán o qué harán con ellas después de que media tripulación se deje a medias el pan de centeno untado con mantequilla.

Eso es lo que me pasó a mí al regreso de las vacaciones: tenía tan mal cuerpo que rechacé esos manjares a las displicentes azafatas. A cambio, pedí tantos paracetamoles y firmé tantas autorizaciones para que me los dieran que llegué con el estómago del revés.

Al contrario que a la ida, que lucía una imagen saludable e interesante durante las primeras horas, hasta que ataqué a la ensalada de pollo y me tragué las películas de la pantalla central:

Ahora, días después de pasear entre riachuelos y culebras, se puede decir que la vuelta al curro ha sido menos sufrida que lo que parecía después de este baño en una de las cascadas del viaje:

Allí se nos puede ver a Pablo y a mí tratando de posar delante de una pareja de canadienses que parecían de Melmac, de tan rubios que eran. A Pablo le hacía tanta gracia que se reía como aullando, levantando sus fauces hacia el cielo. Yo, que no me quedaba atrás, me doblaba a la mitad sin tener en cuenta riscos ni desajustes intestinales.

Mientras, a Celia y a Patri no les hacía tanta gracia, aunque disfrutaban, tan pasotas, del baño:

Eso era en un trayecto corto entre estar así:

y estar así:

En la primera foto hacemos tiempo en un hostal con piscina. Eran nuestros primeros días de viaje y, aunque estuviéramos en Costa Rica, creíamos que no habíamos salido de una urbanización del norte de Madrid. Como no sabíamos muy bien qué hacer, cuando Celia nos avisó de que tiraba una foto posamos pensando. Un gesto que indica que para que pensemos tenemos que posar, es decir, que hacerlo aposta. En este caso, aparte, nos pilló con un trozo de piña en la mano. La segunda es el escándalo del mal fario. Me pasé seis horas orientando la cámara para sacar un dichoso tronco del parque Corcovado para que luego le corte media zapatilla a Celia. En fin.

Después de todo esto, con la fiebre aumentando imbatible y un show de tortugas que parecía una versión cutre de Lost, logré sacar esta instantánea que muestra a Pablo y a Celia dialogando con un café como si estuvieran en un programa matinal de televisión.

Eso, sin tener en cuenta que el reloj se acercaba a la una y que mi cabeza empezaba a sumergirse en las celdas del paracetamol y en el rechazo (ay) de lo único que no te cobran las compañías de vuelo. Maldita sea.

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