Memorias del lager.

Las historias trágicas, lejos de desvanecerse, se repiten. No solo eso: te persiguen. Lo hacen sin pudor ni educación. Descarnadas. Sobre todo si te dejas caer inmerso en su horror. 

Y pasa independientemente del formato. Desde el abrumador Si esto es un hombre hasta el épico documental Shoah. Incluso si en todas hay elementos comunes que rozan el síndrome del burnout. No. Con MAUS no pasa. Primer Pulitzer a una novela gráfica y testimonio brutal del genocidio nazi. De cualquier genocidio.

Este tipo de relatos solo falla cuando se pretenden acentuar. Cuando te dirigen la lágrima. Ocurre en el Niño Disney de pijama de rayas o en el tráiler de la película La llave de Sarah.

No pasa en esta obra maestra, que te engancha y contrasta el pasado por olvidar con un indefinible presente, cargado de dudas y secuelas. Un cómic, o novela, o ensayo que no basta con decir que es una obra capital, sino que te persigue, te inunda y te da pena que acabe.

Si lo sé, me lo vuelco de la biblioteca, ¡para lo urracas que son!. Porque- atención- te permiten coger 12 libros, pero solo para dos semanas. Y luego, por cada día de retraso, dos de multa… ¡Serán desgraciados! Si es que te ponen ellos la miel en la boca. La chuchería del libro goloso, fácil, nuevo, pero sólo dos semanas.

Tengo un plan. Visto que llevamos 4 meses de retraso por un libro de Cullera, he pensado en ir cada mañana a coger de doce en doce libros y devolverlos con marcador, para que parezca que me los he leído todos. Así, en 24 horas. Que se acojonen.

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