16 milímetros.

La medida era como el calibre de una pistola. El resultado, quizás, como la bala que atraviesa el cuerpo y lo deja inerte. A Jara le dijeron «16 milímetros» una mañana de septiembre. Cifra que en hospital suena diferente a tienda de armas, aunque el desenlace pueda ser el mismo. Era inmensa la proporción de la noticia, incluso si una fuente de ese tamaño no se usa ni para un pie de foto. Ese fue, más o menos, el espacio que le dio ella: el de asterisco al final de página. «No te preocupes, voy a clase y luego ya lo hablamos», zanjó.

Tampoco se produjo esa charla después, debido al café con Grego y a una cena con Paula. A Jara, esos 16 milímetros no le hicieron quedarse parada sino que la empujaron a planificar la primera excursión de vuelta del verano. Tocó Guisando, donde ya habíamos catado la terraza del camping y sabia que podía pasarse todo el día así:

El plan no tenía más misterio que elegir una mesa donde seguir la tónica habitual: darse un chapuzón, leer, convencerme de jugar a algo. Pronto, las jornadas estarían marcadas por las consultas y no por el despertador. En cuanto volvimos a Madrid, los pasos se aceleraron: biopsias, tomografías, análisis. El sueño de la palabra «benigno» se había difuminado y había dado paso a las mañanas con Berta, las celebraciones con brindis de ojos llorosos o el prefijo ‘onco’ en el tiquet de consulta.

Horizonte que llegó un 16 de octubre invernal. La cita, a primera hora. En unos instantes que solo se congregaban especialistas, estudiantes de Medicina apurando risas en la entrada y sombras deambulando con preocupación. Ni siquiera el puesto de churros aportaba la calidez que buscaban los sintecho habituales y los sinconsuelo esporádicos. Con un café templado, ropa de otoño y las restricciones del virus, la única compañía hasta el próximo aviso importante de móvil eran los luminosos de la fachada:

Desvelado y con el término «ganglio» azotando al cerebro, las horas se quedaron en suspenso. Amanecía en el Templo de Debod y Burning cantaba en los auriculares eso de «Es una roca salvaje, con un cuerpo de cristal. No me importa decir, que hoy yo vivo por ti. Ríe con desgana y, si le da la gana, se va a volar por ahí». La ciudad subía persianas al ritmo que crecía el desasosiego y las calles se estrechaban con la angustia. Pero Berta se anticipó a la doctora. Entrecortando las frases por el llanto, pronunció el sintagma mágico: «Todo ha salido limpio».

Fue colgar y recibir un torbellino de llamadas. Cucho no había terminado de trabajar, pero ya estaba de camino. «Es que no aguantaba. Venía en el coche que se me saltaban las lágrimas», confesó. A la celebración se unieron Harris, Marina, Vane, Eli y Naza. Jara ya estaba en planta, con drenajes y ganas de volver, aunque no pudiera hacer tareas básicas como lavarse el pelo. Tampoco le importaba demasiado: Gonzalo preparaba la pila y la ducha a lo barbero de barrio y enjuagaba hasta las puntas. Algo parecido a esto:

Una dificultad que se atenuó al cabo de varias semanas. Mientras, continuaba el proceso y Bárbara Blasco imprimía una segunda de edición de Dicen los síntomas. En él, escribe: «La mayor perplejidad proviene sin duda del interior. Nada como el anormal funcionamiento de un órgano, un bulto foráneo, una falta del periodo para que el mundo ahí fuera se transforme. Hay una verdad teológica en la anatomía».

Y los fines de semana, en parte, mutaron. Más de espacio que de dinámica. A Vallecas se acercaron sucesivamente amigos y familiares. Un garito del mercado se convirtió en refugio para chocar jarras y el salón en una timba continua. Nada ahuyentaba a los de siempre. Y Jara iba añadiendo apósitos a su cuerpo al mismo tiempo que retiraba las copas para no mojar el tablero. La seriedad de la partida seguía intacta:

Visitas al hospital aparte, la vida transcurría a ratos, surfeando por los meses más fríos con brío y aterrizando en los albores de Nochevieja con un buen nivel de defensas. Un balance que Jara mantiene en su aniversario, con una tarde de quimioterapia de regalo y la dificultad menguante para cambiarse de ropa.

Porque le cuesta quitarse los jerséis tanto como a Eva Baltasar en Boulder, su última novela. «El cuello alto me atrapa el cráneo para recordarme que nacer no es nada, el peligro es renacer», dice la autora, sin saber que esos 16 milímetros iniciales se convirtieron en casi 19 en el momento de la operación y que a Jara le dio igual: ni siquiera esperó a que el tratamiento hiciera mella para raparse y demostrar que pocas cosas la detienen.

Que renace tantas veces como se le antoje y con la misma actitud de siempre: la de hacerle un corte de mangas al cáncer de mama, a los disparos de un calibre determinado o a lo que le venga por delante. Para eso estrena otra cifra muy diferente: la de los 37 años recién cumplidos. Y no los aparenta. Menos, si nos fijamos en su despreocupación y en esa forma de seguir preguntándole al mundo «dónde y cuándo es la siguiente, que yo me apunto»:

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