Lexatín.

Me dijo: «Primo, de esto no te mueres». Y yo, acostumbrado a hacerle caso, me lo creí. Aunque costara: tenía un aparato oxigenando la sangre y un ejército de sanitarios controlándolo. Acababa de ingresar en un hospital en pleno estallido de coronavirus y aún no sabía mucho de lo que iba a ocurrir. Hacía poco había estado hablando en esa nueva modalidad que son las videollamadas con Cobra, Andrés, Xavi y Juanas y se lo comenté, por si acaso: «Chicos, me empieza a doler la cabeza». Me contestaron: «Lo raro es que no te duela, si vives en una resaca perpetua».

Esta vez era de verdad, como la habitación donde pasé unos días mirando la programación de la tele en el móvil hasta que se me fundieron los datos. Cada mañana apuntaba tres o cuatro telefilmes que me pautaran las horas del día entre análisis y radiografías. Tuve suerte: pille un ciclo de cine noventero en un canal y me vi todas las reposiciones de programas truculentos sobre enfermedades o crímenes. Además, me ponía en bucle el último disco de Soleá Morente y de Los Enemigos, que me dejó tibio.

También leí A plena luz, de Moehringer, donde me encontraba frases perfectas para el momento: «Nada en el mundo se parece al ruido de los hombres enjaulados», sostiene el presidiario Willie Sutton, protagonista, asemejando esa estampa con la que vivía en aquel momento: sin contacto con el exterior, sin ventanas ni puertas abiertas, mis noches se plagaban de chirridos indistinguibles. Otra más: «En un aprieto, el instinto es tu único socio».

Me apropiaba de esas frases de novela como me apropiaba de esa letra de Soleá Morente en que canta: «No puedo dormir y, como siempre que me pasa esto, tomo lexatín. Intento entender por qué al final siempre pasa lo que decías que me iba a suceder», mientras recordaba a mi prima y sus palabras esperanzadoras, a mi madre, que me confesó cómo tiraba de algún sedante durante las madrugadas en que yo estaba en el hospital, o de la actividad en meses anteriores.

Por ejemplo, recordaba ese viaje a Senegal con Cerezo, huérfano de sus festivales flamencos y de sus raciones en El Laurel. En Saint Louis, salía de noche a trabajar y volvía apurando el atardecer en el Atlántico. A pesar de los reportajes que le tuviera organizados, lo primero que quería era abrirse una Flag bien fría -óptima, según su definición- y mirar al horizonte como marinero en puerto. Lejos de su Alhama de Murcia, maullaba al compás de la cuarta cerveza. La vez que me fui con él a su curro, nos subimos a la furgoneta y aprovechó que yo hojeaba un periódico para subir el volumen de José Mercé y resoplar: «Esto es lo que me está salvando la vida: el flamenco».

Y tenía razón: había perdido peso, estaba moreno como nunca y no tenía ni ganas de hacer fotos. Para muestra, esta instantánea de cuando me recogió en la estación. Ya entonces (llevaba 24 horas en el país) había confirmado que una conversación con un senegalés puede alargarse horas solo diciendo repetidamente ça va con distinta entonación:

Se lo conté a Jara después, organizando un viaje a Huelva. Llevábamos La imagen secreta, de Montero Glez, donde narra el origen del flamenco con anécdotas y aforismos. En una página escribe esto, que ahora suena como un dardo atravesando un globo: «Aún no éramos conscientes de lo jóvenes que éramos entonces; cuando lo fuimos ya era demasiado tarde».

Pasa siempre: cuando sabes las cosas es ya demasiado tarde. Quizás por eso no me di cuenta de que tiraba mucho de Mamá Ladilla en mis carreras por Isla Cristina, tarareando eso de «vamos a morir, nuestros tejidos se desgastan y en un par de telediarios dejaremos de existir; vamos a morir, nuestros cuerpos dicen ‘¡basta!’, no hay un solo corazón que no se harte de latir». Lo cantaba alegremente, antes de ponernos First Dates y que Jara se quedara embelesada, como con las películas antiguas de cine negro:

Nos costó saber que era de los últimos viajes de este año. Que pronto llegaría el colapso. Y mira que nos habían dado señales: en enero, durante la semana que pasé en Belfast, John me lo había advertido varias veces. La segunda noche (en la primera, como era de esperar, me encasquetaron quitarle el óxido a unas llaves inglesas y distribuirlas según su tipo, que solo ellos eran capaces de distinguir) fuimos a un pub del centro y, con unas rondas por delante, John tiró de ese tono pedagógico y dijo: «Alberto, puedes seguir pensando en lo próximo y dejar que pasen los días, pero la vida no se puede rebobinar».

Cierto que nos habíamos recreado en los meses que estuve allí, los años posteriores y el devenir de cada voluntario. Cierto también que el alcohol se empezaba a notar. De hecho, cuando me soltó esa frase lapidaria lo encadenó con un «Ahora quieres seguir por ahí, ¿no?» como si supiera que no importa que vaya con 20 o con 36 años para decantarme por continuar en un club.

Terminé en el Empire, con una banda que nada tenía que ver con esas salsa nights de los miércoles en las que nos movíamos de forma ridícula, haciendo creer que éramos del Valle del Cauca colombiano. Iba con Gonzalo, otro español, y pronto nos atajó un grupo. Al rato estábamos en una casa, compartiendo latas con estudiantes irlandeses. Eso cambió en los días siguientes, que me tuve que distribuir para ver a Hamish, Alistair, Solène o Sam. Una mañana hice lo posible por subir a Cave Hill. Vi en la distancia esa ciudad en la que había albergado todo un abanico sentimental y pensé que ninguno de los dos había cambiado tanto. Por un momento, recordé eso que se pregunta Rafael Reig en su Amor intempestivo: «¿A partir de qué edad empieza uno a echarse de menos a sí mismo?». Estaba despejado y paseaba solo, sin una mochila llena de botellas como cuando el plan de andar tenía que tener algún aliciente:

Vendrían en nada las semanas de encierro. Esas en las que Jara salía a la terraza con una toalla y un vermú, imaginando que Payaso Fofó era el paseo marítimo de Torremolinos. Antes aún tuvimos una salida improvisada que nos devolvió a los lugares de infancia de nuestros padres. Salamanca, Martín de Yeltes, Arévalo o Martín Muñoz de la Dehesa: reposaban en nuestras cabezas sin más referencias que las que nos habían dado en historias deshilachadas.

Por fin les pusimos tierra. En cada uno hicimos algo distinto. En todos nos reímos. Y en algunos inmortalizamos a nuestros padres en caminos remozados donde se encontraban con vecinos del pasado. Rincones donde se habían embarrado durante la infancia que de repente parecían una maqueta:

Y llegaron los días de trayectos a urgencias o cócteles en la terraza, ya confusos y mezclados. Aprendimos lo que poco antes había leído en Los sueños de Einstein, de Alan Lightman: «La tragedia de este mundo es que nadie es feliz, no importa que se hayan detenido en una época de tristeza o de alegría. La tragedia de este mundo es que todos están solos. Una vida del pasado no se puede compartir en el presente. Todas las personas atrapadas en el tiempo se quedan atrapadas en soledad».

Como pudimos, sorteamos el bache. Jara con toallas de playa en el asfalto, mi madre con alguna ayuda nocturna en forma de pastilla y yo acordándome de esos viajes previos o de expresiones que llegaban de otra vida, de otras épocas. Como cuando vi a mi tía Belén y me dijo: «Ya sé que has estado bien amolado. Me lo contaba tu madre, que alguna vez se tenía que tomar un lexatín para dormir». Juraría que ese verbo solo lo había escuchado en boca de mi abuela, que solía referirse a su estado de salud con un «amolada».

Salimos de Madrid en cuanto nos dejaron. Visitamos a Cerezo, que había vuelto a Alhama y estaba por fin en su ambiente: cargando latas de Estrella Levante para salir a la mar o para encallar en cualquier barra murciana. Aquí, la prueba de su renacimiento, mirando con optimismo al horizonte rodeado por Debla, Irene y Jara:

Seguimos con planes en el Mediterráneo. Primero con un viaje exprés en el que toqué todas las provincias de la Comunidad Valenciana. Estuve en Castellón con Carles, en Valencia con Almu y Aléx y en San Juan de Alicante con Cobra, Xavi, Andrés y Juanas. Decidimos reencontrarnos en un apartamento para celebrar el fin de las videollamadas. Había poco tiempo que perder y lo empeñamos en jugar al mus y probar todos los chiringuitos de la zona. Más o menos, esta fue la tónica:

En una de las paradas, Cobra se quedó dormido en un taburete. Durante décadas de amistad pensamos que un desfallecimiento de Cobra en un bar era algo imposible y, por tanto, lo retratamos con una cámara. No sirvió como prueba fiable: al minuto se incorporó y dijo: «Chavales, estoy fresquísimo». Acabamos en la piscina, al amanecer.

Antes de irnos a nuestras respectivas ciudades, prometimos vernos pronto, previniendo un nuevo colapso. Rememoramos la conversación previa al hospital y me dijeron: «Teníamos claro que si alguien lo pillaba ibas a ser tú. También teníamos claro que no te morías». Me alegró que coincidieran con mi prima Elena.

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