Siete años nuevos.

Teniendo en cuenta que cumplo años el 31 de diciembre, se podría decir que cada año nuevo es más nuevo para mí, a pesar de que desde que tengo algo parecido a la memoria escribo erróneamente el año en que vivimos y la edad en la que estoy hasta finales de abril y que (sin coña) hace unos días no estaba muy seguro de qué cifra estrenaba. Como es así, para solucionar mi despiste en impresos y formularios tiro de agenda. Para recordar cuántos años tengo tiro de la gente que me rodea. En este caso, fue Arcenillas el que, estando en un banco malogrado de San Salvador, hizo cuentas y dijo: 32. Poco después me tocó pedirle la fecha de nacimiento a un ciudadano y fue de nuevo Arcenillas el que hizo la operación matemática que resolviera su edad.

El breve transcurso de 2015 a 2016 ha sido en este caso, no obstante, un letargo canino. En las horas que ha necesitado el calendario para desprenderse de la pared y convertirse en trofeo tengo la sensación de haber avanzado unos siete años. Solo en salud. Mi inteligencia sigue intacta.

Los factores de esta percepción son bien sencillos: en mi primera noche mis músculos de cuello y mandíbulas estaban tan cargados que a la mañana siguiente tenía un trozo de muela en la lengua (tampoco es coña); en las siguientes jornadas al polvo, rehogadas durante 18 horas  de café y cigarrillos, mi cuerpo se quedaba inerme, como una porcelana puesta al sol. Y con la ingesta diaria de un plato de frijoles como único sólido he pasado por fases de diarrea, estreñimiento y la sensación extraña de no saber si tienes órganos o guantes de enfermería. Tres motivos que pueden asociarse a una suerte de madurez física, que no mental.

Nuestros colegas autóctonos, Salvador y Mauricio, no parecían encontrarse en la misma situación. Eran capaces hasta de pedir nuevas lecturas de importación:  FullSizeRender (4)

Cuando todo esto parecía cosa del pasado, nos movimos hasta Tegucigalpa, donde me di cuenta que por más Caribe o Pacífico que hubiera en esta región, el único baño que podía catar era en algo parecido a esto:FullSizeRender (5)

Por eso seguimos en las mismas. Subimos hasta San Pedro Sula y recogimos a Miranda y Orlin, dos periodistas que parecían salidos de Nightcrawler, siempre con una cámara y un pie en el acelerador. Cuando todo se calmaba, desafiábamos al estómago en cualquier chino con platos compartidos para cuatro personas. Ahí seguían siendo compañeros de mesa o trabajo, pero también de fatigas, como muestran sus caras:
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Llegó la Nochevieja y creíamos que ni el trópico iba a mermar nuestra despedida de 2015. En el camino, sin embargo, a por una cocacola desde el hotel a la plaza principal -a dos cuadras-, vimos cómo adictos al pegamentos, ladradores humanos y puestos esquineros retorcían la mirada y recogían el dinero mirando a los dos lados. El resultado, claro, fue desolador: no solo pillamos lo primero que había sino que el hambre provocó una espera agónica hasta las 12 que concluyó con un refrito de Pedroche en Sol, unas uvas como manzanas y una charla posterior que acabó en veinte segundos tal que así, con un Arcenillas durmiendo a pierna suelta:FullSizeRender (3)Porque incluso él, que a veces parece el Tim Robbins de Un día perfecto, dice haber envejecido siete años y escucha a Sabina por las noches, tarareando sus melodías y recitando alguno de sus versos, como este:

Yo quiero morir de vida

Que me maten lentamente

las noches locas, la urgente

felicidad, la bebida,

el tabaco, la partida

de póquer y las ofertas

de tentaciones expertas

con lencería pecado.

Morir mientras soy amado,

vivir porque me despiertas.

Líneas reconfortantes para un fin de año de vestidos tacaños, hoteles de paso y cócteles de (solo) papaya.

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