Cambalache.

La extremada educación y cortesía de Pablo desde que ha vuelto de Sudamérica te convierte a su lado en poco menos que un miserable. Por ejemplo: si has comprado un par de cigarros a precio de Cohiba en un chino y llega un adolescente pidiendo uno, sus palabras serán, aproximadamente: “Tome, es suyo igual que mío, parcero”; si al rato se aproxima un pidepelas y suplica un euro para un chute, él le dará el doble añadiendo “Con mucho gusto, caballero”.

Esa es, al menos, la impresión que me han dado todas estas tardes de banco y pipas. Que no han sido pocas: desde que los días se estiran como amaneceres en la sabana, Pablo se acerca a la belleza vallecana del ladrillo visto nada más salir del colegio y aguarda hasta que se hace de noche, despidiéndose en un escenario tal que así:

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Aparte de una confluencia de ternura latina y caballerosidad inglesa, Pablo se pierde en discursos sobre el futuro y la existencia como si se acabara de atragantar con un libro de Jodorowsky. “He aprendido mucho de mi padre”, “Mira a mi madre, qué feliz está” o su preferida “Canijo, ¿cómo soportas la carga de una rutina aplastante? ¿Cómo haces para reprimir esa fuerza interior que nos dice ‘sal, conoce el mundo, descubre cómo son los coches en Holanda, con qué mano comen la pizza en Italia o a qué ráfagas responde el faro de Montevideo’?”.

Ese afán por descubrir nos llevó el otro día al concierto de Malevaje, grupo de tango castizo que ha pasado de reliquia de youtube a minoría de salas. Cada verso que entonaban era respondido por un “Esta letra define mi historia” de Pablo. Hasta que llegó el Cambalache de Enrique Santos y Gardel: Que el mundo fue y será una porquería / ya lo sé, / en el 506 / y en el 2000 también. /Que siempre ha habido chorros, /maquiavelos y estafaos, /contentos y amargaos / valores y dublés. Entonces resopló y dijo “qué cojones, que vuelva el sandungueo” y acabamos en el Cocodrilo. En este bar de Lucero nos hicimos fotos con gafas de sol como si fuéramos Jhonny Cifuentes y Burning nuestra banda, hablamos de cosas prosaicas y nos enteramos de que Álvaro, su hermano, aprendía idiomas gracias al porno: “Ya todo lo busco en inglés”, aseguró, “y hasta puedo mantener una conversación por chat en checo”.

Al rato nos volvimos a juntar unos cuantos y Pablo sacó un retrato con su nueva cámara en una discoteca de Lavapiés que, más que una escena nocturna, se parecía (como se puede comprobar abajo) a una pieza de cámara de la familia real danesa:

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Entre medias se cruzó un viaje improvisado a Senegal. Las ansias por descubrir también de Jara hicieron que de un día para otro empacáramos un petate con mosquitera y tanteáramos la posibilidad de sellar el pasaporte en el aeropuerto de Dakar. No hubo problemas y un mediodía indeterminado ya estábamos en un autobús colectivo viendo cómo los vendedores ambulantes se agolpaban en la puerta y los bebes trincaban de ubres estriadas como si de huesos de mango se trataran. Cada día había un momento -independientemente de la superficie o medio de transporte- en que Jara mascullaba algo así como “Me voy a dormir un pliqui, que me va a dar un jama” y se tiraba a descansar con los brazos en la nuca y la rodilla torcida, para que se notara que es de dentro de la M-30.

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De todos estos días me acordé ayer, cuando escuché decir en el gimnasio “Los puños solo tienen dos posiciones: atacar y defender”. Esa sentencia me trasladó a las lecturas del viaje y en especial a El combate, donde Norman Mailer escribe aquello de: “Archie Moore fue el primero en afirmar que no todos los golpes fuertes eran tan fuertes, que no todas las trampas merecían evitarse, que no todas las oportunidades tenían que aprovecharse, que no todos los agotamientos deberían considerarse definitivos, ni todas las cuerdas molestas para la espalda de uno, ni todos los rincones exentos de espacio para pelear, que ningún golpe que le derribara a uno era parecido a cualquier otro y que no se producía ninguna paradoja sin su correspondiente compensación de potencia”.

Me acordé de Senegal, del vecino de vestuario que explicaba cómo “la gente se cree que en Vallecas somos una manada de pobres, pero sales cualquier noche y todo está lleno”, de las tardes en el banco de enfrente del portal comiendo pipas e imaginando las señales del faro de Montevideo, de las siestas de Jara en una piragua africana, de los libros con el Gambia de fondo y de que, en suma, la refinada educación de Pablo no es más que una forma de protesta a este cambalache vital en el que “si uno vive en la impostura / y otro roba en su ambición / da lo mismo que sea cura, / colchonero, rey de bastos / caradura o polizón”.

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