Un timo.

Lo primero que hice al llegar a Kiev fue fijarme en las mujeres, claro. Y la respuesta a la eterna pregunta es fácil: sí, están tremendas. Todas son pibones. Pibonazos. Aparte: tienen bastantes tetas. No exageradas. Tampoco minúsculas. Sin embargo, resaltan en un cuerpo esbelto y categoría ‘tiny’. Se alejan de las curvas caribeñas y el cimbreo secular brasileño. Pero. Apenas sonríen. Y, copiando aproximadamente a Oliverio Girondo, a mí:

“Me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo.

Que tengan un cutis de durazno o de papel de lija.

Le doy una importancia igual a cero al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco

o insecticida.

Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias.

Pero, eso sí (y en esto soy irreductible), no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar.

Si no saben volar, conmigo están perdiendo el tiempo” 

Inciso necesario: que el país está en armas es reciente, pero que las mujeres son de escándalo es algo ancestral. Mirad, si no, quién atiende el centro médico del Maidan:

la foto (3)

¿Acaso no darías la patria por eso? ¿No te dejarías, al menos, una pierna o un brazo o un trozo de cráneo con tal de permanecer meses bajo sus cuidados paliativos?

Lejos de enarbolar la bandera europea o cualquier otra, y ejerciendo (como apuntó Xavi) de corresponsal de mi propio blog, dejé de lado el puesto sanitario y seguí mis paseos por la plaza.

Había llegado una noche antes y me quedé en un edificio de 24 plantas que no tenía nada que envidiar al lujo y la elegancia de Móstoles. Vi varios militares decaidos que fumaban mirando al horizonte, gente que tocaba el piano en plena calle, tipos que te asustaban cuando querían invitarte a algo y, sobre todo, a muchas personas con mis mismas zapatillas del Lidl.

Al día siguiente me cambié a un hostal del centro que estaba vacío. Hubo suerte: el único inquilino era publicista y trataba con medios de comunicación. Cuando pensaba que le importaba una mierda mi oficio, se prestó a pasar el día a mi lado resolviéndome problemas del idioma.

Salimos de nuevo hacia la plaza. Él me iba explicando el significado de las pancartas y aprovechaba su papel de lazarillo para entablar diálogo con cualquier jovencita y aclararme “este es un ejemplo de chica guapa ucraniana”. Yo le metía cada media hora en algún café para consultar el correo y escribir mensajes hasta que, lejos de enrolarnos en la comisión sanitaria y compartir mendrugos de pan con las voluntarias de la caseta, nos sentamos en una terraza y comimos su gran manjar, la sopa de remolacha:

la foto (2)

Olvidamos la guerra y hablamos de amor. Normal, se lo olía: cada rato me veía encender el móvil como si de un niño descubriendo una caja nueva de clics de playmobil se tratase. Justo, además, había hablado con Pablo unos días antes y me había acusado de ir a Ucrania sin él. “Joder, quedamos en que cada vez que nos fuera mal con nuestras chicas, iríamos allí”, se cabreó desde Honduras. “O mejor: cada año, porque el amor es un timo”, zanjó.

Sin profundizar en los sentimientos ucranianos y con mucha gente a la que molestar en sus tenderetes de la plaza, volvimos a los edificios ocupados y nos metimos en cada lobby de hotel. Era fiesta nacional y no había ni dios. Es más, lo único que iba a haber se canceló por si acaso. Total, que estaba todo más tranquilo que el parque de  Las Matas. Me crucé más de cuatro veces con periodistas de tele que bostezaban y miraban el reloj para acabar su turno. “Tenemos que estar dando vueltas por aquí hasta que se haga de noche”, me dijo una reportera del Canal 5.

Les copié. Pero, a medida que el panormama tornaba de la revolución a los cubatas, me volví al hostal. Cambié la ropa de batalla por gayumbos y me quedé en la cocina escribiendo mails y viendo a Jara por escaip con una resolución soviética. Cuando me iba a dormir, mi compañero de hostal me dió las buenas noches y me guñó el ojo, haciendo hincapié (como había insistido durante la comida) en que el amor merece la pena y en que lo único que el verdadero timo es la política. No le hizo falta convencerme. Le bastó recordarme la foto que había hecho del centro de prensa:

la foto (4)

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