Nitroglicerina.

Cuando Benzema chutó al larguero a mi padre casi le da un infarto. Y no por ser un forofo azulgrana ni porque del primer clásico de la temporada se pudiera vislumbrar el campeón del título, sino porque su corazón lleva soportando las iras del organismo desde hace dieciséis años. Y una obstrucción de una arteria coronaria es más peligrosa que un lanzamiento del francés, aunque a veces no lo parezca. Poca broma, como diría Toni.

El balón rebotó. Mi padre pidió otra tónica. La tertulia siguió en el bar donde estábamos reunidos y el fotógrafo David Ramos inmortalizó el momento así:

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Al final del partido, mi padre pagó la ronda y se subió a casa festejando la victoria sin brillo del Barça. Nosotros nos fuimos hasta Sanse al cumpleaños de Julito y montamos un picnic de ganchitos y mirindas como si estuviéramos en la guardería. De vez en cuando comenzábamos algún debate estéril tratando de despistar a Ester, que vigilaba cómo daba Nir el biberón, a pesar de tener entre medias a Luis defendiendo a la policía o, lo que es aún más difícil, a Ancelotti:

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Volvimos tarde. Mi padre dormía junto a un pastillero en forma de corazón y tenía el periódico del sábado abierto por la página del crucigrama con una firma certificando su consecución. Nada hacia presagiar que el domingo le doliese de nuevo el pecho. Ni siquiera tras ver a Messi perder puntería. Por la noche, de hecho, pegó un grito sordo en medio del salón diciendo: “Ha muerto Lú Rí”.

Me acerqué hasta la esquina del ordenador y, efectivamente, vi la foto de Lou Reed abriendo las publicaciones digitales. Entonces me pareció que mi padre llevaba chupa, una camiseta de la Velvet y sollozaba como Nate en A dos metros bajo tierra cuando muere Kurt Cobain. “Siempre nos quedará su música”, lo consolé, imitando la secuencia de la serie.

Sirvió de poco. A la mañana siguiente tuvimos que ir hasta la consulta y pedirle al doctor algún consejo. Cuando volvimos, mi madre esperaba en la cocina. Nada más escuchar la puerta, sacó un paquete de tabaco, se encendió un cigarro y nos preguntó “¿Qué os han dicho?”

Por la noche, el mismo pinchazo que llevaba aguantando dos días se intensificó. Mi padre se colocó una pastilla de nitroglicerina debajo de la lengua como si fuera una Juanola contra la tentación de fumar y nos fuimos al hospital. Antes, se aseguró de cerrar las ventanas por si llovía y de coger un tique para comprar El País a la mañana siguiente. Mi madre y yo esperábamos en el coche con las llaves puestas y, mosqueados, le dijimos: “Vamos, que parece que es a nosotros a quien nos está dando un infarto”.

Al llegar a Urgencias no había nadie. Dejamos el coche en la entrada y, cuando mi padre ya estaba en una camilla, mi madre se salió con un piti en la mano. “Estoy nerviosa y además me he dejado la cama desecha”, apuntó. Al momento llegó mi hermano y nos juntamos los tres en una habitación de la UCI como si de una peli de Sánchez Arévalo se tratase. Cada media hora nos turnábamos para bajar a la puerta y decirle al vigilante que en dos minutos quitábamos el coche, que no llamara a la grúa.

Les dejamos allí, con un monitor marcando unas pulsaciones dignas de Indurain y doce parches con tubos repartidos por el cuerpo, a lo Makoki.

Sólo faltaba el aviso del cateterismo, que llegó por la mañana. Metieron a mi padre para intervenirle y mi madre se quedó respondiendo mensajes de móvil en la puerta, esperando a que le sacasen el corazón para darle un beso, como a un recién nacido. Yo llegué al rato y tiré directamente a la habitación. Ahí estaba mi padre, con dos stents nuevos en las coronarias y preguntando si iba a desayunar. Mi hermano se encontró a mi madre en un pasillo donde sólo pasaban médicos hasta que me llamaron y les avisé de que ya estaba en planta y de que antes de venir compraran el periódico.

Al subir nos juntamos de nuevo y mi padre posó para una foto así, como si fuese la portada de El Mundo Deportivo el día después de la operación de Puyol:

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Durante el día hizo el crucigrama y se cercioró por teléfono de que había mirado el buzón y las ventanas seguían cerradas. Por la noche, los hijos nos despedimos para dejarle escuchar el partido del Barça, que ganó por tres goles y cerró tres días de un gran susto, como la escuadra de Benzema, arreglado a base de nitroglicerina.

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