Endogamia.

Hay líneas de metro endogámicas. Que solo copulan entre ellas y procrean, a lo sumo, hijos bastardos como el metro ligero o los ramales. Un ejemplo es la nueve de Madrid. Su color lila ya da cierta orientación de secundaria, de relleno, lejos del gris, el azul o el amarillo: gamas cromáticas de esencial importancia. Líneas que jamás te llevarán al sitio que pretendes sin tomar otro enlace. Sin asirte a una rama principal. Paradas juveniles que solo conectan a pandillas de instituto. Porque, ¿quién necesita ir de Sainz de  Baranda a Duque de Pastrana?

A esa inútil reflexión llegué hace un par de sábados, cuando me tocó ir a un restaurante de moda en el que “negociaban” con los clientes la tortilla de patatas. Había estado el día entero leyendo la prensa y el camino se me hizo aburrido. Anduve al lado del mar de vías de Chamartín y llegué a una plaza donde cuatro chavales se daban calmantes. Los envidié. Llevaba bajo el brazo Hitch 22, una biografía de Christopher Hitchens que retomo cada cierto tiempo y que se puede resumir como Memorias de un tipo que ha estado en todos los saraos.

Menos mal que cada hora me llamaba mi hermano Jorge, alterado, y me preguntaba “¿Me has guardado los periódicos del viernes?” como si estuviera cuestionando su dosis de yerba. Cada vez que le contestaba afirmativamente, insistía “¿Con La Guía del Ocio, el Metrópolis y el suplemento de Motor?” de la misma manera que quien pregunta por la pureza de la farlopa.

Había guardado todos. Es más, apenas les había echado un vistazo, porque es un placer atacar a seis diarios cuando hay elecciones en Alemania o habla el Papa: te los quitas en diez minutos. Aparte, iba con prisas porque había quedado con Juanas, Mer y Pablo para ver a Lucía en Casa Chinitas. Mer iba ilusionada, como si en lugar de ir a ver flamenco la lleváramos a Cortilandia. Nos pasamos todo el rato cuchicheando. Hasta que llegó Lucía y nos dedicó un taconeo que dejó tieso hasta al japonés de primera fila:

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Luego salimos con el grupo de bailaores y Pablo se introdujo en un antro de diseño como quien hace espeleología, con un aire de contrariedad más propio del que es de Rosendo y del Madrid a la vez. Y que, al final, se tradujo en una comunión absoluta que acabó con una buena ración de chistes. Terminó pronto, porque teníamos pendiente ir al día siguiente a ver a Johnny Cifuentes, el líder de Burning, a su bar, que queda a unos pasos del piso de Lucero. Nos recibió igual que en esta esta foto, aunque sea de hace unos cuantos años:

BURNING

Estuvimos con él y nos despedimos hasta la mitad de la semana. Aproveché para llevarme algunos libros de su estantería sin que me viera. Pillé Apocalipsis con grelos, la biografía de Siniestro Total escrita por Jesús Ordovás. Se me pasó el trayecto en un suspiro, leyendo sentencias como esta: “Hay que reaccionar. Volver al 79 y recuperar la new wave. Desde los ochenta la música ha dado un giro terrorífico. Ha habido tres épocas. El principio con Elvis y Chuck Berry, del 55 al 65: años gloriosos; después el terrible jipismo y, ya en el 75, los Ramones. Menos mal que nos quedan los Ramones”.

También cogí Amor líquido, de Zygmunt Bauman. El mismo ejemplar que leímos con fruición en una azotea de Katmandú. Lo manoseamos, lo subrayamos y hasta lo forramos. Nos lo íbamos pasando cada mañana como si fuera un conjuro contra la fealdad. En cuanto uno se ponía a hacer flexiones, otro le paraba y expelía declaraciones de este tipo: “Mientras las relaciones se consideren inversiones provechosas, garantías de seguridad y solución de sus problemas, usted estará sometido al mismo azar que cuando se tira al aire una moneda. La soledad provoca inseguridad, pero las relaciones no parecen provocar algo muy diferente. En una relación, usted puede sentirse tan inseguro como si no tuviera ninguna, o peor aún. Solo cambian los nombres que pueda darle a su ansiedad”.

El otro asentía embobado. Hasta que terminamos el libro y Pablo me dijo: “Canijo, ¿tú has entendido algo?”. No supe qué contestar.

¿Cómo lo íbamos a entender, con esta cara, a medio camino entre mística y carabanchelera?

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Se los devolví el jueves, que quedamos para hacer una “carrera salvaje”. Este eufemismo no era más que cruzar la Casa de Campo fuera de cualquier senda marcada y llegar a las vías del ferrocarril. Allí me paré y cogí de milagro un tren que me llevó directo a casa de mi hermano, sin hacer ningún transbordo. Y con la mochila llena de periódicos atrasados. Porque esta ciudad es así: a veces te acoge en su vulva con extrema carnalidad y otra se muestra áspera y distante como una amante despechada.

Él cogió con ansia los suplementos y yo me fui a dormir hasta que llegó el viernes, que me levanté temprano, compré los periódicos en un quiosco del centro y me encontré con esta frase: “Los optimistas pertenecen a la misma especie que la conocida como pesimistas, solo que están mal informados”.

Me acordé de nuevo de Jorge -que debía de seguir durmiendo y, por tanto, desinformado- y de su optimismo congénito. Justo cuando había terminado el café y me dirigía a una línea de las de verdad, sonó el teléfono: “¿Has pillado ya el material? Pues que no se te olvide: guárdamelo, que estoy en ascuas”, me gritó. Pagué y me fui pensando en que lo verdaderamente endogámico no era el metro sino la forma que tenemos en la familia de tratar la prensa.

2 comentarios

  1. Ésta me ha gustado especialmente. Es de las mejores que he leído en tu blog.

    1. Gracias. Sé que si meto el metro de Madrid te gustará. Es nuestra clave, llorón.

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