Si fuera viernes.

La especie de pelusa que me dejo crecer desde hace unos días es lo único que distingue mi vida de la de hace diez años. Que haya dado un paso atrás no es precisamente una metáfora, como diría Jabois. Por retroceder, hasta he cambiado de móvil a uno que lo más divertido que me deja hacer es jugar al gusano.

No solo eso. Separo los días según el plato de comida y las noches por sus locales. La otra madrugada, sin ir más lejos, acabé con Marta en Casapatas. Llevaba varios días recorriendo los tablaos de la capital y el broche fue un plato de ibérico frente a un espectáculo de flamenco. Ella decía sentirse como en Pretty Woman, y lo único que le faltó fue pedir unos cacahuetes para acompañar al vaso de agua del grifo.

Poco antes había suspirado en una terraza de paquistaníes: “Este es el mejor momento del día”, y yo me acordé de ese cierre que nos aporta Orejudo en uno de sus libros: “Aunque le había dado mi palabra de que nunca publicaría nada de lo que habíamos hablado, decidí permitirme yo también un momento de descanso y cometer por primera vez en mi vida una pequeña traición”.

Esa traición no resultó ser rememorar cada estupidez expuesta al abrigo de una lata, sino acompañarla como perros hermanos por las calles de la ciudad y refrendar aquellos versos de Lluís Pons Mora en homenaje a Bukowski:

Nos guiábamos en la oscuridad sin ojos, a veces,
llegado a un punto vomitabas sobre cualquier coche,
o rodabas por la acera, espantando a las pibas.
Al menos a las blandas, todo hay que decirlo.
 
Eran noches jodidamente mágicas.
Las recuerdo y las confundo tan bien.
Noches de esas que ya no quedan.
Noche de esas que esquivo o me esquivan.
 
Poco a poco aprendimos a perder lo imperdonable,
pero a ganar planetas y hechizos de nocturnidad.
Poco a poco se fue tan rápido casi todo
al carajo en tantas ocasiones. Demasiado pocas, pienso hoy.
 
descarga
 

Cada cierto tiempo, ella miraba el reloj y exhalaba: “Ay, si fuera viernes”, deseando estar siempre en el precipicio de un fin de semana cuyo prado solo se alcanza el martes. Con esa premisa de un receso inalcanzable terminamos marchándonos.

Yo llegué a casa y pensé en un interrogante que plantea José Ovejero en su último libro. El autor se pregunta si cuando dejamos de esconder a nuestra pareja los ruidos que hacemos en el baño -apuntar la orina, cortar el papel higiénico- significa el comienzo o el final del amor. Entonces escuché el descomunal chorro nocturno de mi padre y pensé que en ese torrente líquido se concentraban más de treinta años de matrimonio.

Me acosté aliviado. Y llegué, sin darme cuenta, al viernes, donde -por otra parte- todo sigue siendo igual que hace diez años, salvo ese intento de barba que no termina de cuajar.

2 comentarios

  1. Yo he compartido esos dignos sonidos ya desde la primera noche con toda hembra que se me ha acercado. Lo que nunca escuchará ninguna es la liberación de Willy. Pero entiendo la idea que hay tras los 30 años de matrimonio. Pero por favor, no equiparemos el cortante STAT! de cuando cortamos su buena rodaja de celulosa con el majestuoso cantar de las aguas cuando estas se ven invadidas de la única y gran Masa.

  2. Y dejame editar los comentarios, que me emociono, repito palabras y digo sinsentidos. Joder con el blog, está bien chulo, pero lo de no poder editar los comentarios es como para no volver a visitarlo.

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