De óxido y hueso.

El otro día intenté hacer un experimento del que sólo yo estaría al tanto. Consistía en escribir un resumen emocional de una película antes de verla y luego comprobar si distaba mucho de la impresión posterior. Lo pensé de repente, teniendo en cuenta que a los diez minutos olvido cualquier recuerdo audiovisual. Lo iba barruntando según volvía de la biblioteca. Había cogido De óxido y hueso después de perseguirla durante meses y me relamía con lo que me esperaba.

¿Por qué ese ansia? Pues porque El profeta fue de lo mejor que vi hace dos años. Luego llegaron Lee mis labios y De latir, mi corazón se ha parado. Todas del mismo, un tal Jacques Audiard. También porque hace semanas que evito tomar prestado cualquier título que no haga referencia al amor en el título. Pero eso ya son mariconadas contextuales.

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En fin, que ya me hacía a la idea de escribir algo así como “una película dura pero tierna” o “un romance trágico pero conmovedor” y demás frases que encajan igual con De óxido y hueso que con Postdata:Te quiero cuando, al final, me senté por pereza a ver la peli. Como he dejado pasar unas horas, ya no me acuerdo de nada. Solo recuerdo ciertas partes de gran intensidad cinematográfica (sea lo que sea intensidad cinematográfica, como diría Álex imitando a Millás) y, cómo no, la presencia de Marion Cotillard que, sin espoilear nada, da lo mismo que salga amputada o mellada: es brutal.

Con este pasatiempo tan triste tiré a casa de mi hermano. Allí me esperaba en bañador. Me estuvo pidiendo libros como si no tuviera una pila de lecturas pendientes en la mesilla de noche. Todos míos. Por fin fui yo el que le robé Mil cretinos, de Quim Monzó, y me largué a Madrid. En el trayecto me leí la mitad y escribí a Toni. “Para mí es un semidiós”, contestó al instante tras una larga temporada de vacío conversacional. “Tengo todos y los releo cada día”, escribió de nuevo, sin que yo le hubiera puesto en duda, y me mandó una foto con los quince recopilatorios de cuentos de Monzó que tiene raídos en edición de bolsillo.

Yo me levanté en la parada justo mientras leía esto: “Si elegía biografías, por ejemplo, como no hay tensión creativa se dormiría rápidamente. Pero pronto descubrió que eso tampoco es verdad y que entre una vida real y otra de ficción con frecuencia existe la misma tensión creativa”.

Una tensión que creció rápidamente en mi existencia tan peregrina cuando vi que faltaban, en hora punta, doce minutos para que pasara el metro. Entonces me di cuenta de lo que me molesta estar esperando como un clavo dirigiendo miradas esporádicas al marcador y que, justo cuando aparece el tren en la estación, lleguen tres personas corriendo y lo cojan.

Me dan ganas de entorpecerles la entrada y hacerles aguantar su espera correspondiente. Los mismos diez minutos que he tardado yo en escribir esto o en olvidar la peli que vi el otro día, que se llamaba De óxido y hueso y era lo que muchos calificarían, por poner un ejemplo sacado del Variety, de “tierna y fuertemente desromantizada historia de amor”. Ahí es ná.

Una respuesta

  1. ¿Diez minutos de retención? Te has pasado. Ni diez segundos. Eso sí, luego para los nombres eres un crack. Hasta para el de los extras.

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