Nirvana y obras completas.

El paso por el caserío de Haritz hizo que me replantease de lleno el futuro. ¿Cómo, pensando en abandonar la ciudad y vivir en un paisaje bucólico disfrutando del silencio? No, pensando en fumar hierba a todas horas. Permanecer atrapado en un penacho de humo, marcar las etapas del día por la cantidad de trufa enrollada y no por las comidas. Destinar parte del paro a enriquecer al morito de la esquina previniendo (inch’allah) que regrese a su país y alcanzar el nirvana lejos de preocupaciones, más o menos así:

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A estas conclusiones no solo llegué gracias a Haritz. También tuvieron que ver varios factores pasajeros pero, a su vez, determinantes. Uno de ellos fue llegar a un bazar de Todo a 100 e imaginarme que trabajar allí, con Melendi de fondo y una dependienta que decía “Ahora te atiendo, teta”, no estaba tan mal. Luego me metí en el río y me enterneció una visión tan corriente como estúpida: un adolescente empujaba de la cintura a una chica de su edad que montaba en monopatín. La llevaba firme, respondiendo con bravura a cada gritito o desequilibrio suyo. La imagen me pareció dulce, entrañable, cuando en realidad tendría que haberla valorado como lo que era: una mariconada.

En este estado de perdición, de salir de casa a la hora en que friegan los portales y de acostarme cuando cierra el Opencor, llegó el fin de semana. Teníamos reservados un par de días de playa y pelis. Yo, aparte, me tenía que terminar Donde el silencio, de Luisgé Martín. Nada más hacerlo, se lo pasé a Celia y le dije que me había gustado mucho. Ella lo cogió y, manoseándolo, dijo: “Es un poco capullo, ¿no?, siempre escribiendo desde un resort“. Yo, sin meditar demasiado, contesté: “Si yo fuera un escritor con cierta fama también viajaría por hoteles con wifi y no por habitaciones con el agujero del retrete al lado de la almohada”. Ella me echó en cara un posible amancebamiento y ya tuvimos la tarde liada.

Solo lo resolvimos con una sesión de Woody Allen y con un ciclo impremeditado de Adriana Ugarte: Lo contrario al amor y Castillos de cartón. Eso aligeró el enfado y nos devolvió la felicidad de días pasados, cuando nos juntamos con casi todos los primos y pasamos el día saltando a la comba, empujándonos a la piscina y viendo el fútbol con unas cuantas latas. Algo muy maduro que culminó con esta foto:

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Pasado el óbice del desempleo y empujado por ese entusiasmo infantil de la nostalgia, contacté con un camello para el lunes y configuré mi estrategia de los próximos meses. Lo vi perfectamente claro: tras varias semanas de negativas y rechazos periodísticos, planeé reunir mis obras completas con los reportajes inéditos. Sí. Me importa un bledo que Juan Cruz y toda la tropa de Alfaguara estruje las tetillas de Gay Talese para conseguir otro libro jugoso de sus crónicas sobre sus compañeros de guardería. O que venga Javier Marías con un pendrive de artículos y le hagan la ola para promocionar otro volumen de columnas. Yo voy a ordenar mis textos rechazados sin orden ni concierto. Los voy a encuadernar sin prólogo y con un capítulo extra de aquella noticia publicada cuando no teníamos corrupción, para joder a los que se lo descarguen. Y en tapa dura, con dos cojones.

Volvía de la sauna pensando en esta gloriosa idea y en que mi única alegría cotidiana había sido negociar con el quiosquero que me diese El Mundo con tiques de El País, cuando me encontré con que Celia se me había adelantado y ya estaba en el sofá así, encontrando el nirvana por su cuenta y con un buen alijo en la mesita de noche:

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