Un lugar en el mundo.

No hay nada que más nos guste que poner Españoles por el mundo y criticar a todos los que salen. Si están en países occidentales, porque son unos pijos sosos; si hablan desde África o Sudamérica, que son unos alternativos chic y que se han ido por complejo. No tienen ningún sentido, lo sabemos. No lo hacemos con mucha maldad, tampoco. De vez en cuando, de hecho, soltamos algún “pues este es majo”. Pero por lo general nos gusta hacer mella con cualquiera de los que salen en la pantalla. Principalmente responde a la gran envidia que nos corroe viéndoles fuera. En ese “donde mejor se está es en otro sitio” que decía el clásico. Porque si estás aquí deseas largarte y si te encuentras en el extranjero deseas volver. Somos así de catetos, lo sé.

Eso sí, jamás me creo (y es con el que más me cebo) a quien dice que no extraña nada de España. No me lo trago. Y si lo dice, desconfío. Desconfío de aquel que siempre está contento y que ha encontrado un lugar donde todo le apasiona. Son momentos de indignación y reflexión que se me pasan rápido con un buen programa del Discovery Max.

En fin, que con una estampa similar a esta de hace unas semanas

hicimos lo propio este martes en Tavernes. Esta vez en bañador y chanclas después de un baño. Yo estaba asado, y quería arrimarme a la barandilla de la terraza para que me diera más aire. Celia tenía frío y repetía “me tenía que haber traído una rebeca”. Sí, dijo rebeca.

El reverso de esas noches al fresco viene después, en las mañanas de tren hasta Valencia por arrozales que parecen sacados de Saigón y que te hacen retroceder 40 años sin inmutarte. Solo digo que cada vez que voy a cogerlo por los caminos de huertas me creo el chico protagonista (¿hijo de José Sacristán?) de Un lugar en el mundo, la peli de Aristarain.

Aunque lo que más me gusta (sin venir demasiado a cuento) es el descaro de las gitanas. Cada vez que salgo a correr y atravieso El Cabanyal me cruzo con grupo de chicas desvergonzadas, salerosas, osadas, que hacen vida en la calle sin el más mínimo remilgo. Gritan, cantan y son malhabladas. El otro día, me acordé de ellas cuando entró una pareja de gitanos al andén de Tavernes y yo me quedé mirando. Ambos tendrían 20 años y ella estaba embarazada y con muchos tatuajes por el pecho y por la rabadilla. Cuando ya volví la vista al libro se me cruzaron y él me dijo “Tú por qué miras a mi novia, primo. A que te reviento”. Una proposición improvisada que podía haber acabado con un buen par de hostias bien dadas pero que pasó por un intercambio casi amable de pareceres: “Pero qué dices, tronco, si no hacía nada”. “¡Ay, el payo!”, suspiró.

Antes me había comprado el abono mensual que nos tiene esclavizados y el tipo de la taquilla, al ver que me tardaba un rato en aniquilar la tarjeta de crédito, dijo: “¿No tienes nada suelto?” y agregó: “Siempre hay que llevar fifti-fifti, nano”.

De esos polvos salieron estos lodos, pensé. Y llegué a una redacción sin aire acondicionado y con goteras. Un escollo que pudimos sortear gracias a la última tecnología:

Para que luego digan que el papel está muerto. Que no tiene futuro.

Luego, en la ciudad, uno encuentra sus vías de escape. Ya sea una mujer rodando los cincuenta años que luce un tanga negro bajo un vestido ligero (y transparente) de lino, un tipo con pinta de grillo que te sonríe y de repente se convierte en el gesto más cándido y sincero que te une al mundo o un dueño aburrido de hostal que lee una novela rusa en un volumen de cuero con ribetes dorados y con el texto alineado en dos columnas.

Pero, eso sí, lo mejor de lo mejor, lo que te quita el hipo y te da alguna esperanza pequeñita en estos medios de incomunicación algunas veces clonados, son fotos como la que ilustraba ayer la noticia de Andrea Fabra. Ahí entiendes que la imagen aporta a la noticia y no al revés. Ahí va (es de Gorka Lejarcegi):

Una respuesta

  1. De tí aprendí que por la vida no se puede ir sin dinero encima. Fue en el segundo de los seis viajes a la estación de autobús y ya no volví a ser el mismo. Lo digo por la dormidina, que me ha enganchado, porque lo que son los bolsillos, siguen llenos sólo de ruina y trozos de tabaco. Nunca de pecunia.

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