Detrás del uno viene el dos.

Era viernes y acababa de tener una pesadilla: me levantaba para ir a trabajar y cuando llegaba a la mesa de los periódicos del día, Maná no estaba en la portada. Consultaba corriendo las páginas de economía y, atención, Paul Krugman no tenía una tribuna.

Desesperado, inquieto, con una bola de algodón arañando mis cuerdas vocales, llamé a mi madre y le dije: “Creo que estos últimos días tengo un poco de ansiedad”. Ella me contestó: “Lo que te pasa es que no has trabajado en serio en tu puta vida”. Me quedé callado y ella lo arregló con un “No te preocupes. Piensa en lo que decía la abuela: detrás del uno viene el dos”.

Con esa lección de pragmatismo arreglé un día de deberes atrasados y me preparé para ir a Viveros. Primer concierto de la Feria y una cola de latas del Opencor en la puerta. Como era temprano (las nueve), en el retrete todavía hay papel.

Al día siguiente, había quedado con Roque en que pasaba a buscarme por casa. “Te doy un toque y bajas”, me escribió. Entre este acuerdo y la realidad siempre se interponen cuatro o cinco llamadas:
– Roque, ¿tienes tú balón o lo pillo?

– Roque, espérame unos minutos que he venido a comprar y he tenido que dejar que pasara una punki porque tenía el perro fuera.

– Roque, dame tres minutos que a la abuela de enfrente no le va la tarjeta.

Al final llegamos a la playa. Íbamos cuatro en el coche. Roque hizo hincapié durante todo el camino en uno de los aspectos más llamativos del Perelló: “Hace unos años quitaron una valla que había en la playa y la arena se comió la entrada”.  Lo repitió varias veces hasta que zanjó la hipótesis con un “la fuerza de la naturaleza”.

Cuando nos preparamos para ir a por la paella, Roque dijo “Chicas, nosotros vamos a por la paella y vosotras os quedáis aquí, relajadas”, como si nos dispusiéramos a cruzar las Rocosas y volver con un par de bisontes. A la vuelta, Roque llevó la batuta de cómo colocar los vasos de plástico y pidió una mesa más para su madre. Al final, se sentó con todos y Roque contó sus sueños de infancia:

“Un día me imaginé que iba a mear en medio de la noche y, cuando volvía, mi madre ya me había hecho la cama”

Así seguimos hasta que se hizo prácticamente de noche. Antes, echamos unas fotos en las que no saliera el mantel pegajoso de lima o las mondas de la sandía:

El problema llegó con los jintónics. Al principio la generosidad con la tónica contrastaba con la tacañería de la ginebra. Al final, Roque sacó el Larios de su viejo y la ecuación dio un vuelco.

Entremedias, Roque seguía divagando sobre sus años mozos. Las 32 castañas que celebraba y los cubatas le empezaban a afectar y tiró de los recuerdos de facultad: “Yo en los exámenes fumaba muchísimo”, dijo mientras su madre le miraba de reojo, “pero porros, ¿eh?, solo porros”, se justificó.

Por la noche, con la piel curtida del mar y el olor a frutas tropicales del champú, hablé con Néstor y me contó que estaba mucho más a gusto en su sección de deportes porque con las olimpiadas había mucho más curro. Yo le pregunté si también influía que le hubieran llevado un par de becarias sumisas y engalanadas y él no soltó prenda.

Ayer, con la siemprestudiando -en honor a Pablo Gutiérrez y su Nada es crucial– en un cuarto repleto de apuntes y las ganas de ver películas que le sirvieran para los exámenes, como El Gatopardo o Farenheit 9/11, pasé el día en una cama desecha de sábanas rotas y el ruido tímido de un festivo entrando por la ventana. De vez en cuando me asomaba a escupir desde el cuarto piso y ver cómo se deformaba la saliva mientras se aproximaba al suelo. Por la noche, cansado de mi propio olor a sudor, tratamos de tomar el aire y fuimos hasta la feria.

Celia, que llevaba desde hace dos semanas con la ilusión de subirse a la noria, compró los tiquets y me obligó a hacerle fotos a lo Wong Kar Wai:

De fondo no sonaban los The Mamas and The Papas sino Estopa, así que volvimos a casa y pusimos un concurso de Jesús Vázquez. Yo me quedé enganchado hasta el final y cuando me iba a dormir agarré el suplemento salmón y terminé desolado: “fracaso”, “desilusión” y “sufrimiento”. Las profecías de Krugman seguían allí. Escupí con parábola, sin ninguna esperanza en verlo desintegrarse, y recordé que, como decía mi abuela, después del uno viene el dos.

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