Crónica de un viaje por el litoral.

Un viaje en autobús siempre empieza en la estación. Podría parecer una perogrullada, pero no lo es. Hay viajes en tren que te sorprender cuando ya has cruzado medio Albacete, o viajes en coche que, en lo que miras la mochila o colocas la música ya estás perdido en la M-30.

Con el autobús no pasa lo mismo. No, al menos, si no es de línea. Si es de línea la preparación suele ser distinta. la gente mira su reloj con insistencia y otea el horizonte hasta que distingue su número en el luminoso frontal. Pero no hay nada más siniestro y a la vez entretenido que una estación de autobuses. Allí, el macanismo siempre es el mismo: recorrer sin comprensión alguna el panel informativo. Bajar a las locas a las pistas y, una vez allí, pasar momento de estrés hasta que por fin pillas asiento.

Ejemplo 1. Conversación típica previa al autobús.

Varón joven, unos 35 años, billete entre los dientes, mochila ladeada y mariconera semiabierta respaldada en la barriga incipiente:

– ¿Este es el de Córdoba? (…) ¿Es el que pasa por Sevilla?

– No, este es el de Jaén. (Silencio absoluto por parte del chófer, que se echa un piti rápido mientras levanta las puertas del equipaje).

– Joder, joder. (respuesta del de la mariconera)

Porque si las compañías de autobuses tienen alguna habilidad es la de poner carteles confusos en las que no aparezca por ningún lado el destino. Tipo: Gandía, Alzira si vas a Valencia o Torrelaguna, Cadaqués si vas a Barcelona.

Yo, el sábado, puede subirme a uno tal que así:

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Había pedido un asiento en la parte de atrás, pero- una vez estuve arriba- dije “qué cojones me importa, si luego me pongo donde me da la gana”, y como estaba a medio gas, pillé mi sitio preferido: penúltima fila a la derecha.

Esta vez tuve suerte: iba todo el trayecto bordeando el mar. Como el tipo no paraba y yo ya había hecho varios viajes al WC de las escalerillas, me dediqué a hacerme fotos con mi actitud general ante un viaje en bus:

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Hacía bueno y era de día. Me leí tres PAÍS SEMANAL y luego no sabía de qué iba cada uno. No importó: llegué a Barcelona y tampoco supe muy bien qué hacía allí al ver en Las Ramblas escenas extrañas más allá de los típicos marroquíes jujando con latas de cerveza y carteras robadas, guiris paseando como si estuvieran en Paris o adolescentes rosáceos de resaca. No, esta vez, después de pasar Plaza Catalunya, había, ni más ni menos, una geisa:

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En la foto parece que está hablando con alguien, pero no: os aseguro que caminaba meditativamente un pie por delante del otro y que no miraba hacia los lados. Un día y medio. Vuelta algo más tortuosa y llegada a casa, que un domingo por la noche lucía tal que así:

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Y así, pues, empecé la semana, que ya va por miércoles y se prepara para un fin de semana de más fallas y pocos autobuses. Esta crónica de un trayecto no acaba, por tanto. Seguirá en los próximos días y ahondará en temas más escabrosos como: quién come en los áreas de descanso o por qué siempre alguien tiene tu número de asiento.

Una respuesta

  1. Que risas…deberias probar los buses italianos…ex una experiencia muy similar, pero algo distinta…:-)

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