El mapa y el territorio, de Michel Houellebecq

“Un escritor debe tener cierto conocimiento de la vida, o al menos permitir que lo crean. De una forma u otra, Houellebecq debía formar parte de la síntesis”

No sabemos muy bien en qué consite este libro. Sí, es una crítica la mundo del arte, es un ejercicio de metaliteratura que cada vez está más extendido, y es un enrevesado laberinto de nombres reales, pero de lo que no queda duda es que, como acaba de hacer su amigo Beigbeder, estamos frente a una novela francesa en toda norma.

No me atrevo a decir que el maldito se haya domado, pero sí que es la novela más al uso del autor, aunque eso no signifique rebaja de calidad o falta de mordacidad.
Lo mejor: el retrato que hace de sí mismo.
Lo peor: el retrato que hace de sí mismo.
¿Por qué?
Porque aunque bucea en su nombre y acalla críticas aludiendo directamente a la Wikipedia, el Houellebecq más canalla y gamberro es el que se retrata con otros nombres. El que se desdobla en ‘swinger’ o en nihilista profesional.
Por eso, las casi 400 páginas de este premio Goncourt se me tercian más trámite que perdurable recuerdo.

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