Poética del descampado.

Aunque haya sido elegido por la prestigiosa revista estadounidense Granta entre los 22 mejores escritores menores de 35 años en lengua española, su discurso es más didáctico que literario. Es incapaz de separar la escritura de la pedagogía. Y es que Pablo Gutiérrez (Huelva, 1977) escribe sin presiones editoriales porque su oficio es el de maestro. La semana pasada se imprimió una tercera edición de su última novela, Nada es crucial (Lengua de Trapo, 2010) y en su mesita de noche ya guarda la siguiente. No obstante, insiste en que lo que paga las facturas y la hipoteca siguen siendo las clases que da en un instituto público de Sanlúcar de Barrameda (Cádiz).

Su prosa es cuidada y lírica. Aparte de referentes poéticos como Goytisolo, Benedetti o Neruda se dice seguidor de la corriente más actual de Kundera, Amis o Borges. Pero, lejos de escuelas literarias, Pablo Gutiérrez asegura escribir “como piensa” aunque poniendo, eso sí, esmero en el estilo. No le gusta la literatura de género, por eso se limita al trasiego diario para hilvanar sus historias. En ellas se palpa—como en la ciencia ficción o la novela negra— la supervivencia del ser humano, la soledad o la culpa, motivos principales de su obra.

PREGUNTA: Cuando apareció en la lista de Granta en 2010, le compararon con Calvino, Kafka o Javier Marías, ¿qué le parece?

RESPUESTA: Fíjate qué tontería. Calvino me gusta porque es muy divertido. Javier Marías nada y, además, está en las antípodas de mi escritura. Supongo que será un crítico británico o estadounidense y Marías es lo que sale de aquí como literatura más culta, digamos, por encima de Ruiz Zafón. Entonces era fácil hacer el vínculo. Pero vamos, está completamente equivocado. Por otro lado, es muy fácil que todo el mundo tenga algo de Kafka. Cualquier cosa que se salga de la verosimilitud de una novela se dice ya que es Kafka.

P: ‘Nada es crucial’ se repite a menudo en sus textos, ¿por qué?

R: Nada es crucial es una especie de mantra, una frase de supervivencia. Me gusta porque es sencilla, una ecuación matemática. Además, crucial deriva etimológicamente de cruz, y en la novela hay un discurso muy potente contra el cristianismo, el catolicismo, las sectas…

P: Sí, en la novela tienen mucha importancia los llamados ‘neocristianos’, que son fanáticos religiosos y se parecen a los ‘kikos’ actuales, ¿cree que ahora el cristianismo es menos radical?

R: Si lo comparas con la transición, están mucho más suaves. Su discurso se va ajustando porque no quieren desaparecer, pero esconden unas ideas tremendamente conservadoras: la diferencia clarísima entre hombre y mujer, el celibato, que es en realidad la negación de la sexualidad y el poder que conservan en el sistema educativo, que para mí es la gran traición del Partido Socialista.

P: En la novela se juega mucho con el concepto de culpa, ¿qué papel tiene esta en la sociedad en que vivimos?

R: Es curioso: cada año se repite la noticia de que una portería ha matado a un chaval en el patio de un colegio. Después el seguimiento es el de las medidas de seguridad del colegio, el de las demandas de los padres, pero nadie se para a pensar en lo que estuviera haciendo el cafre del niño. Creo que ahora más que nunca tendemos a excluirnos de nuestras culpas, a mirar hacia fuera y librarnos de responsabilidades.

P: También se dice que la soledad y la locura son las enfermedades del siglo XXI.

R: Cuando una persona está enferma y trata de buscar la solución, generalmente la primera pregunta al médico no es “¿me curaré?”, sino “¿qué me pasa?”. Los protagonistas de la novela también giran en torno a eso: tienen que averiguar qué les pasa y no van a tener curación. Están condenados: son el lumpen. En la vida real no hay curación. La escala social más que una escala es una planicie. Hay una inmovilidad social tremenda. Lo que llamamos clase media es un concepto muy engañoso. Se utiliza para identificar a un colectivo que tiene que trabajar, que no tiene privilegios rentistas, pero que sostiene el país. ¿Es el mileurismo la clase media? El mileurismo ahora es un objetivo, ya no es una situación contra la que protestar sino a la que aspirar.

P: ¿Dónde se encuentran ahora los descampados sociales?

Un bloque de vecinos es el descampado actual más evidentemente, donde de ocho personas, cuatro están en paro. Pero hay otros muchos: la política, donde se ve mucha falsedad y una clase dominante que va a mantener los privilegios pase lo que pase. Ya han vaciado de contenido todo lo del 15-M tratando de asumirlo y sin proponer nada, sin ninguna respuesta clara. En las próximas elecciones tenemos la certeza de que sea cual sea el resultado va a ser negativo. Y la mayoría de gente piensa igual: no va a haber ninguna decisión que cambie la situación, nadie se va a atrever a tomar decisiones importantes y en cualquier caso esas decisiones vendrán desde fuera, no tendremos ninguna independencia para tomarlas.

Los descampados sociales siguen existiendo. Los barrios marginales que hay en todas las grandes ciudades son enormes. En los que las situaciones de opresión y marginalidad son tremendas. Y eso que luego, en el tránsito normal de las calles del centro, parece invisible. Pero, ¿qué esperanza tienen los chavales que están marcados en las clases bajas? Pues la verdad es que poca.

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