No todo son libros

No todo son libros buenos. Libros devorables. Libros que empiezas y no encuentras el momento de dejarlos caer. Hay de todos los tipos. Algunos se atragantan y los vas engullendo a golpe de Ultralevura. Otros los hojeas y los vuelves a dejar en la mesita de noche o en las mesas expositoras de las librerías. Otros van por capítulos, quizás imbricados en lecturas más fantasiosas. Pero existen los que, por más empeño que pongas, nunca jamás los sacarás.

A mí me pasó hace un par de años con Murakami. Por lo general, Murakami es el típico que paladeas con gusto un rato hasta que lo dejas y esperas periódicamente al siguiente. Un Paul Auster a la asiática, en definitiva.

Pero con ‘Crónica del pájaro que da cuerda al mundo’, una enciclopedia de 1.100 páginas que ni el reciente ‘1Q84’, que amenaza con otra entrega, no tuve más remedio que ir dosificándolo con mimo. Tanto, que siempre encuentras alguna excusa para no llevarlo y cargar con otro. Hasta que, con un periodo de año y medio en barbecho, lo acabé.

Este verano, desde julio, las circunstancias y la concentración han provocado que fueran casi más los libros abandonados u olvidados con el marcador entre sus encías que los que terminaba. Los que terminaba eran como pastillas Juanola. Calmantes para la tos en cajitas de metal que ni siquiera requieren receta ni burocracias. Alivios sintomáticos e intercambiables.

Sin embargo, ahí van mis fracasos, mis gatillazos lectores, mis juguetes condenados al ostracismo por la llegada de una videoconsola con más aplicaciones:

Acceso no autorizado: a las pocas páginas, y con un texto tan ligado a la actualidad, me temo que si no he pasado del medio centenar de páginas ahora, en un año convulso de 15 emes y dos campañas electorales, jamás volveré a hincarle el diente.

El mar, de John Banville: después de las reverencias a los Infinitos, que leí como si fuera un deber del insituto, cogí este anterior por una maldita lista de esas que hacen los escritores canonizando sus criterios. No pasé de la décima página. Me escudé en que hacía poco que había leído a ese autor y que más adelante…

Y, por fin, dos que anoto en mi libreta cada lunes, tacho y vuelvo a anotar el lunes siguiente, porque aún estoy en periodo de devolución de la biblioteca y tengo intención de acabarlos aunque sea desfondado, marcando el final y copiando el título en la libreta como un trofeo inmerecido: Los vagabundos del Karma, de Kerouac, y A la caza de la mujer, de Ellroy.

A ambos los llevaba buscando desde hacía meses. Han sido ese quiero y no puedo, esa distracción para con otros, hasta que por fin los tengo en mi haber y se me resisten.

Ya ves, libros también hay para todos los gustos y momentos. Que ganas tengo de no tener inquietud por nuevos títulos y abandonarme a la plácida relectura.

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